Con ella pegada a mi pecho, me recosté en el sofá sin soltar su cintura. Metí la mano bajo el vestido y la nueva lencería, deslizando mis dedos por sus pliegues. Necesitaba sentirla, asegurarme de que estaba tan afectada como yo. Estaba empapada, caliente y tan apretada que me costó no perder el juicio allí mismo. Saqué la mano, llevé mi dedo a la boca y lo chupé, mirándola fijamente a los ojos. —Mmm... Elena. Eres mucho mejor que la tarta de chocolate. Me miraba atónita, con los labios entreabiertos y el pecho subiendo y bajando con violencia. La jalé contra mí y la besé con una lujuria primitiva. Cuando respondió, metiendo su lengua en mi boca, me volví loco. Chupé su lengua, mordí su labio inferior y la apreté contra mi cadera con una fuerza que buscaba fusionarnos. Cuanto más la besa

