El lunes siguiente a la gala, el pueblo amaneció envuelto en una neblina gris que parecía filtrar los colores de las montañas. Mientras almorzábamos en un pequeño café de la plaza principal, lejos del brillo de la capital, el silencio de las calles empedradas se sentía como un eco lejano de la música de la fiesta. Sofía, con esa energía incombustible que la caracterizaba, sacó una pequeña bolsa de una boutique de lujo que había visitado antes de dejar la ciudad y la deslizó sobre la mesa de madera rústica.
—Te traje esto —me dijo, su voz cargada de una complicidad brillante—. Es la esencia de ámbar rojo que usamos el sábado. Me di cuenta de cómo cambió tu postura cuando te la pusiste en el hotel, cómo te adueñaste del aire. La compré antes de que tomáramos el transporte de regreso. Ahora es oficialmente tuya, Elena.
Al abrir la bolsa y ver el frasco de cristal tallado, sentí un vuelco en el estómago. El aroma que escapó del envase me arrastró de inmediato a aquel balcón, al roce de sus manos y a la intensidad de sus ojos gris tormenta. Era un recuerdo líquido. Pero, al cerrar el frasco, el aire frío de nuestro pueblo me devolvió a una realidad aterradora.
—Sofía... gracias, es perfecto —susurré, dejando el frasco sobre la mesa—. Ahora, necesito ir a un laboratorio. No dejamos de ser... precavidos. La rabia con Julián me nubló el juicio y no quiero que esa noche me deje un "regalo" que me marque para siempre.
Sofía palideció un poco, asintiendo con gravedad. Sabía que yo no era de las que tomaba riesgos. Gracias a la cobertura médica de la firma en la capital donde hacíamos la pasantía, pude agendar una cita para mi próximo viaje a la ciudad. Sin embargo, entre los trayectos de dos horas y la alta demanda de la metrópoli, la eficiencia a veces se mide en semanas.
El día de la consulta, tras el largo viaje por carretera, el consultorio olía a antiséptico y a una calma fingida. El doctor, un hombre de cabello blanco que parecía haber visto todas las historias del mundo, revisó mis análisis mientras se acomodaba los lentes sobre la punta de la nariz. El tic-tac del reloj de pared parecía martillar mis sienes.
—Señorita Elena, su salud está excelente. No hay rastro de ninguna infección —dijo, y sentí que mis pulmones se llenaban de aire por primera vez en semanas—. Pero... —se detuvo, mirándome con una mezcla de sorpresa y reproche profesional—, tendrá que cuidarse mucho mejor de ahora en adelante. Está embarazada.
El mundo se detuvo. El sonido de la gran ciudad desapareció, reemplazado por el latido desbocado de mi corazón golpeando contra mis costillas. ¿Embarazada? ¿Yo? La chica de las notas perfectas, la que nunca causaba problemas en un lugar donde todos se conocen. La ironía era un ácido quemándome la garganta: la única vez que busqué libertad en la capital, encontré una cadena de por vida.
Salimos del consultorio en un estado de trance. Sofía me llevó a una cafetería pequeña, lejos del bullicio de la facultad. Apenas me senté, las lágrimas se desbordaron, calientes y amargas.
—No sé quién es, Sofi. No sé su nombre, no sé si es un monstruo o un santo —sollozé, tapándome la cara con las manos—. ¿Cómo voy a decírselo a papá? Su honor, sus principios... me va a odiar.
—No estás sola —insistió Sofía, apretando mi mano hasta que me dolió—. Mateo y yo estaremos contigo. Pase lo que pase, ese bebé va a ser amado. Pero hoy... hoy tenemos que volver a casa. No puedes ocultar esto, Elen.
El trayecto de dos horas de regreso a casa de nuestros padres fue el viaje más largo de mi vida. El paisaje por la ventana se desdibujaba mientras el autobús avanzaba y yo ensayaba mil formas de soltar la bomba. Al llegar al pueblo, el aire de la casa se sentía denso, idéntico a la noche en que me obligaron a aceptar la boda de Beatriz.
Mis padres estaban en la sala. Mi padre, el auxiliar contable que siempre encontraba el equilibrio en los libros pero que era incapaz de negociar con su moral, revisaba unos papeles bajo la luz de una lámpara de pie. Mi madre bordaba en silencio, con esa perfección mecánica que siempre me había intimidado.
—¿Qué hacen aquí tan temprano? —preguntó mi padre sin levantar la vista—. ¿Pasó algo?
Me quedé de pie en el umbral, sintiendo que las piernas me flaqueaban. Sofía se puso a mi lado, como un muro de apoyo silencioso.
—Papá, mamá... necesito hablar con ustedes —mi voz salió como un susurro roto.
Ellos dejaron lo que estaban haciendo. La seriedad de mi tono encendió las alarmas. Me senté en el borde del sillón de cuero.
Me quedé allí, con la mirada clavada en mis propios dedos, que se retorcían en mi regazo como si intentaran estrangularse. El silencio en la sala era tan denso que podía oír el siseo de la lámpara de pie y el latido desbocado de mi propio corazón martilleando contra mis oídos. Sentía la boca seca, como si hubiera tragado arena, y el frío del cuero del sillón me recordaba la última vez que mi mundo se había desmoronado bajo este mismo techo.
—He... he cometido un error imperdonable —comencé, mi voz apenas un hilo quebradizo que amenazaba con romperse en cada sílaba. Tomé aire, pero el aire en la casa de mis padres se sentía escaso, asfixiante—. Aquella noche en la capital, la noche de la gala... —hice una pausa, cerrando los ojos con fuerza. Podía ver el destello de los ojos gris tormenta acechándome en la oscuridad de mis párpados—. Me dejé llevar por una impulsividad que no reconozco como mía. Conocí a un hombre.
Sentí la mirada de mi padre clavarse en mí, una presión física que me obligó a encogerme de hombros.
—No sé quién es, ni siquiera sé su nombre —continué, y una lágrima traicionera resbaló por mi mejilla, caliente y pesada—. Fue una locura de anonimato y máscaras... y no hubo protección. Fui imprudente, fui ciega y... —mi voz se quebró del todo, un sollozo ahogado escapó de mi garganta mientras me tocaba el vientre con manos temblorosas—. Estoy embarazada. Hay un hijo de ese extraño creciendo dentro de mí.
El silencio que siguió no fue de paz, fue una explosión interna. Mi madre soltó el bordado, sus ojos abriéndose con un horror genuino, mientras su mano volaba a su boca para ahogar un gemido. Mi padre, por otro lado, se quedó petrificado. El color desapareció de su rostro, dejando solo una palidez cenicienta.
—¿Un extraño, Elena? —la voz de mi padre era un hilo de acero—. ¿Me estás diciendo que mi hija, la que envié a la capital a ser una profesional, se comportó como una...?
—¡No la llames así! —intervino Sofía con firmeza—. Fue una noche de debilidad causada por el dolor que ustedes mismos le inflieron obligándola a soportar lo de Julián.
—¡Cállate, Sofía! —rugió mi padre, poniéndose en pie. Caminó por la sala, su respiración agitada llenando el espacio—. He trabajado años, cuadrando centavos para que no les falte nada, para que tengan un nombre digno. ¡Y tú vienes a decirme que no sabes ni quién es el padre del niño que traes en el vientre! ¿Tienes idea de lo que dirán los vecinos? ¿De lo que dirá tu tía cuando se entere de que su sobrina "la arquitecta" es una madre soltera de nadie?
—Lo sé, papá. Sé que los decepcioné —dije entre sollozos, el pecho me ardía—. Pero no voy a deshacerme de él. Es mi hijo. Si quieren que me vaya...
Me puse en pie, lista para subir por mi maleta, pero el grito de mi madre me detuvo.
—¡No! —ella lloraba ahora, una mujer cuya fachada de orden se había desmoronado—. No te vas a ninguna parte. Sería el escándalo final para este pueblo. Pero Elena... ¿cómo pudiste?
Mi padre se detuvo frente a la ventana, mirando hacia la calle oscura. Sus hombros, siempre rectos, se veían caídos.
—Te equivocaste de la forma más estúpida posible —dijo, volviéndose hacia mí con una mirada cargada de una tristeza infinita—. Destrozaste mis expectativas, Elena. Pero no dejarás la universidad. Si ese niño va a nacer, más te vale que seas la mejor arquitecta del país para que nunca tenga que bajar la cabeza. Te quedarás aquí. Criaremos a ese niño bajo este techo, pero no esperes que el camino sea fácil.
El corazón me dolió de una forma nueva. era el dolor de saber que había herido lo que más quería. Pero, en medio de la tormenta, una pequeña llama de determinación se encendió en mi interior.
—Gracias, papá —susurré.
—No me agradezcas —respondió él, retomando su asiento con una frialdad que me caló los huesos—. Ve a tu habitación. Tenemos mucho que planear si queremos que este desastre no nos hunda a todos.
Subí las escaleras escoltada por Sofía. Al cerrar la puerta de mi cuarto, me dejé caer en la cama. El alivio y el miedo luchaban por el control de mi cuerpo. Me toqué el vientre, todavía plano, visualicé a aquel hombre, sus ojos gris tormenta, su cuerpo, la forma en como me hizo sentir.
¿Estaría él en algún lugar de la capital pensando en mí, o yo era solo un fragmento borroso de una noche de alcohol y máscaras?