Me quedé temblando, no de pavor, sino de una rabia líquida que me encendía las mejillas. ¡Qué hombre más insufrible! Era su nueva directora, una pieza clave en su estructura, y me trataba como si fuera una molestia en su zapato. Estaba atónita, mirando el auricular, cuando noté que Valerie estaba apoyada en el marco de la puerta, observándome con una ceja alzada y una expresión ilegible. —¿Acabas de colgarle el teléfono a Maximilian Von Stein? —preguntó con voz plana. —Valerie, discúlpeme... ¡pero es un maleducado! No puedo trabajar así —estallé, levantándome y caminando por la oficina. De repente, Valerie soltó una carcajada. Una risa limpia y sonora que llenó el despacho. —¡Esto se va a poner mucho más interesante de lo que planeé! —comentó, secándose una lágrima de risa—. Pero hici

