Punto de vista de Elena Maximilian me soltó con una delicadeza que contrastaba con la ferocidad de su mirada, pero antes de que mis pies terminaran de asentarse en la alfombra de seda, me atrajo de nuevo hacia él. Sus brazos me rodearon con la firmeza, una que no permite fisuras ni retrocesos. Nuestras bocas se encontraron en un beso que sabía a café amargo, a deseo contenido durante horas de oficina y a esa urgencia eléctrica que solo él sabía despertar en mí. Sentí su lengua reclamar mi espacio con una autoridad absoluta, explorando cada rincón de mi boca como si estuviera realizando un levantamiento topográfico de mis sentidos. Me sentía en el cielo, cautiva de su aroma a madera y ese rastro metálico de poder que siempre lo acompañaba. Sus manos bajaron hasta mi cintura, apretándome

