Las puertas del ascensor se abrieron con un siseo casi imperceptible, revelando el piso cincuenta de la Torre Von Stein. El cambio de presión en mis oídos fue lo único que me recordó que acababa de subir a una velocidad vertiginosa hacia la cima de la ciudad. Al salir, mis tacones golpearon el mármol n***o pulido, produciendo un eco que parecía anunciar mi llegada a un mundo completamente distinto al que conocía.
El vestíbulo de la planta presidencial era un santuario de modernidad y poder. Las paredes no eran de simple concreto, sino de paneles de madera oscura entrelazados con líneas de acero inoxidable que brillaban bajo una iluminación cenital perfectamente estudiada. El aire estaba filtrado, fresco y teñido con un rastro sutil de algo metálico y costoso. Para cualquier otra persona, este lugar representaría la meta de una carrera; para mí, era el campo de batalla donde pensaba enterrar definitivamente el nombre de "la chica del escándalo" del pueblo.
Aquí, en Astoria, nadie conocía mi pasado ni los susurros que me habían perseguido durante años. Aquí, yo era solo una arquitecta con un portafolio impecable y un hambre voraz de futuro.
—Puntual, como esperaba. Ni un minuto antes, ni un segundo después —la voz de Valerie St. Claire rompió el silencio.
Estaba de pie junto a un ventanal panorámico que ofrecía una vista vertiginosa de la ciudad. Vestía un traje de seda gris perla que gritaba autoridad. Valerie era la personificación del éxito femenino en un mundo de hombres: elegante, de mirada afilada y gestos medidos. Había algo en su postura que me recordaba a una capitana vigilando su barco antes de entregárselo a un nuevo mando.
—Bienvenida a tu primer día oficial, Elena —dijo, acercándose para estrechar mi mano con firmeza—. He estado revisando de nuevo tus propuestas para la división de arquitectura sostenible. Tienes una visión que este lugar necesita con urgencia.
—Gracias, Valerie. Estoy lista para empezar —respondí, ajustando el maletín de cuero en mi mano.
Ella comenzó a guiarme por el pasillo, presentándome al equipo administrativo y a los directores junior. Todos se movían con una disciplina casi militar, hablando en susurros y manteniendo sus escritorios en un orden obsesivo. El ambiente destilaba un rigor que solo se logra bajo un mando extremadamente estricto, una jerarquía que no admitía errores.
—Nuestro CEO, el señor Von Stein, se encuentra actualmente en Londres —explicó Valerie mientras entrábamos en un despacho espacioso contiguo al suyo—. Está supervisando personalmente un problema estructural en uno de los nuevos complejos de Canary Wharf. No regresará hasta finales de la semana, lo cual es una ventaja para ti. Te permitirá asentarte, conocer los sistemas y entender la dinámica de la oficina antes de que tengas que lidiar con su intensidad en persona. Es un hombre que no tolera la curva de aprendizaje; espera que todos funcionen a su ritmo desde el primer segundo.
Asentí, tomando nota mental. El apellido Von Stein resonaba en las paredes del edificio como una ley universal. Para mí, ese nombre no era más que una marca, el título del imperio que me daría la estabilidad que mi hijo necesitaba. No sentía miedo, solo una curiosidad profesional por el hombre capaz de mantener semejante nivel de exigencia en cientos de empleados.
Mi oficina era, simplemente, una obra maestra del diseño interior. Una de las paredes era de cristal templado de piso a techo, ofreciendo una vista panorámica de los muelles de Astoria. El escritorio era un bloque sólido de nogal con detalles en cuero verde bosque, y las estanterías estaban integradas de forma que parecían flotar contra las paredes blancas de textura satinada. Me sentí invencible allí dentro.
Mi traje n***o de corte impecable y mi blusa de satén verde oscuro combinaban perfectamente con la estética del lugar. Sabía que trabajar en este nivel exigía una imagen de absoluta perfección, y yo estaba dispuesta a encarnarla.
Pasé las primeras horas sumergida en manuales de procedimientos y archivos digitales. A media mañana, mi teléfono personal vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de mi hermana Sofía.
“Elena, logré adelantar la cita. La directora de la guardería nos espera a las doce en punto. Es el lugar que vimos a tres cuadras del departamento. Por favor, dime que puedes venir”.
Sentí un ligero pinchazo de nerviosismo. Era mi primer día y ya tenía que pedir un permiso. Me levanté y caminé hacia el despacho de Valerie, quien estaba concentrada frente a tres monitores.
—Valerie, sé que los tiempos son ajustados, pero tengo una cita para la inscripción de mi hijo a mediodía en la guardería —dije, tratando de mantener mi voz estable—. Me comprometo a recuperar cada minuto esta misma tarde, incluso si debo quedarme hasta tarde.
Valerie dejó sus gafas de lectura sobre la mesa y me observó durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, una pequeña sonrisa suavizó su rostro.
—¿Qué edad tiene tu hijo, Elena?
—Tiene dos años —respondí, y la imagen de Thiago, con su cabello n***o y su energía inagotable, llenó mi mente—. Se llama Thiago. Fue un giro inesperado en mi vida, pero es la única razón por la que estoy aquí, luchando por este puesto.
—¿Y el padre? —preguntó ella con una naturalidad que me desarmó—. ¿Se ha trasladado con ustedes a la capital o vendrá después?
Me tensé por un segundo. Había pasado dos años esquivando esa pregunta en el pueblo, enfrentando juicios y desprecios. Pero Valerie no parecía estar buscando un chisme; buscaba honestidad. Inhalé profundamente, sintiendo el aroma del Ámbar Rojo que me había aplicado en las muñecas esa mañana.
—No hay padre, Valerie —dije con calma, sosteniéndole la mirada—. Fue un encuentro de una sola noche con un extraño en una fiesta. Soy madre soltera y no tengo contacto con él. Thiago es mi mundo y mi única responsabilidad.
Valerie se recostó en su silla de cuero, mirándome con una seriedad renovada. No había rastro de juicio en sus ojos, solo una especie de respeto silencioso.
—Tienes mi respeto, Elena. No es fácil contar verdades como esa en un entorno donde todos prefieren esconder sus fallos bajo la alfombra. Gracias por tu honestidad. Ve a resolver lo de la guardería. No hay prisa, el trabajo te estará esperando cuando vuelvas.
—Muchas gracias, prometo no tardar.
Salí del edificio sintiendo que me quitaba un peso de encima. Astoria, con su ruido y su caos de gran metrópoli, se sentía mucho más acogedora que las calles silenciosas de mi pueblo. Sofía me esperaba en la puerta de la torre con Thiago en brazos, al verme, estiró sus manos con un grito de alegría que atrajo las miradas de varios ejecutivos que pasaban por allí.
Almorzamos rápido en un café cercano y luego fuimos a la guardería. El lugar era impecable, lleno de luz y con un personal que irradiaba profesionalismo. Thiago se adaptó al instante; en menos de diez minutos ya estaba intentando construir algo con bloques de madera junto a otros niños. Al ver que estaba feliz y seguro, cerramos la matrícula. La directora sugirió que se quedara el resto de la tarde para empezar su adaptación, y Sofía prometió recogerlo al salir de su propia entrevista de trabajo.
Regresé a la oficina, El silencio del piso cincuenta se sentía más denso ahora que sabía que tenía un lugar allí. Me senté frente a mi computadora y comencé a repasar los archivos del proyecto Nebula, una estructura de cristal que Von Stein planeaba construir en el centro de la ciudad.
De repente, el teléfono fijo sobre mi mesa, el de la línea directa con presidencia, sonó. El timbre era agudo y persistente. Me aclaré la garganta, inhalé el aroma de mis muñecas para darme valor y contesté con mi voz más profesional.
—Corporación Von Stein, presidencia, buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?
Al otro lado de la línea, no hubo una respuesta inmediata. Solo un silencio absoluto, denso, cargado de una energía que pude sentir a través del auricular. Entonces, escuché un suspiro largo y pesado, seguido de una voz barítona, ronca y cargada de una impaciencia que me hizo enderezar la espalda de inmediato.
—Pásame con Valerie —dijo el hombre. Su tono no era una petición; era una orden. Había una vibración en su voz, algo que me resultó vagamente inquietante, pero lo achaqué a mi propio nerviosismo.
—Disculpe, señor, pero la señora St. Claire aún no ha regresado del almuerzo —respondí, tratando de no sonar intimidada—. ¿Desea dejar un mensaje o puedo asistirle en algo? Ella me ha dejado a cargo de los asuntos inmediatos.
—¿Quién habla? —inquirió él. Su tono no era de curiosidad, sino una exigencia cortante, como si le molestara tener que hacer la pregunta.
—Mi nombre es Elena, soy la nueva Directora de Proyectos y estoy asistiendo a la señora St. Claire —respondí, tratando de mantener mi tono profesional a pesar del vuelco que me dio el corazón al escuchar esa voz tan profunda—. Disculpe, ¿con quién tengo el gusto? Para poder informarle correctamente a la señorita St. Claire.
Hubo un segundo de silencio al otro lado, un vacío que se sintió cargado de una irritación gélida, como si mi pregunta fuera una insolencia o una pérdida de tiempo imperdonable.
—Soy tu jefe, Elena —soltó él, y su voz sonó como un latigazo de puro acero—. Dile a Valerie que me llame al móvil ahora mismo. No tengo tiempo para presentaciones.
Antes de que pudiera siquiera abrir la boca el clic seco de la línea cortándose me dejó con la palabra en la garganta. Me quedé con el auricular pegado al oído, escuchando el tono de línea ocupada mientras el silencio de la oficina de presidencia me envolvía de nuevo.
—Vaya... —susurré, bajando el teléfono con una mezcla de desconcierto y una pizca de indignación—. Así que este es el famoso estilo Von Stein.
No era solo que fuera brusco; era la forma en que su voz parecía ocupar todo el espacio de la oficina, incluso a través de un cable. Me froté las sienes, sintiendo que el nudo en mi garganta se apretaba. Si así era como trataba a su equipo directivo por teléfono, no quería imaginarme lo que sería tenerlo de frente, analizando cada uno de mis movimientos con esa misma impaciencia.
Había lidiado con arquitectos arrogantes y clientes difíciles en el pasado, pero nunca con alguien que emanara tal nivel de impaciencia y agresividad verbal en menos de treinta segundos. Si esa era la forma habitual de comunicarse del señor Von Stein, el trabajo iba a ser una prueba de resistencia constante. Sentí un nudo de preocupación en la boca del estómago. ¿Y si ya le había causado una mala impresión?
Poco después, Valerie entró en la oficina con su paso elegante. Al ver mi expresión, se detuvo y dejó su bolso sobre el escritorio.
—¿Qué pasa, Elena? Parece que has visto un fantasma.
—Ha llamado él —dije, señalando el teléfono—. El señor Von Stein.
Valerie enarcó una ceja y se sentó en su silla, mirándome con curiosidad.
—¿Y bien? ¿Cómo te ha ido en tu bautismo de fuego telefónico?
—Estaba a punto de tener un colapso nervioso —respondí, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo—. Seguramente tenía la yugular palpitándole en el cuello. No me dejó ni terminar de presentarme antes de gritarme que él era mi jefe.
Valerie soltó una carcajada limpia, una risa que resonó en todo el despacho.
—¡Ustedes dos se van a llevar muy bien, Elena! —exclamó, mirándome con una chispa de picardía—. Maximilian es un hombre de fuego, y tú tienes el acero suficiente para no derretirte. Vas a domar a la fiera, estoy segura de eso.
Pero yo no compartía su optimismo. Miré la enorme puerta de madera de nogal que daba a la oficina principal, preguntándome qué clase de hombre se ocultaba tras esa voz tan dominante. Por un segundo, un escalofrío recorrió mi nuca, pero lo sacudí rápidamente.
Tenía planos que revisar y un imperio que ayudar a construir. El señor Von Stein era solo un jefe, y yo ya había sobrevivido a cosas peores que un hombre con mal carácter.