Aunque sintió curiosidad por la repentina intervención de Maya, no hizo ningún comentario. El auto estaba algo alejado y la siguió en silencio.
- Deja tus cosas atrás - se volteó solo un momento para mirarlo y ocupó el lugar tras el volante.
En cuanto él se sentó a su lado, sonrió.
- Hola -
- Hola, Maya -
- Sorprendiste a todos - encendió el auto y volvió a mirarlo - Eres un buen portero -
- Para nada. Tan solo fue suerte -
- ¡Oh! ¿Ahora te harás el modesto? -
- ¡No! - él rio - Te lo digo en serio. Tenía mucho tiempo de no jugar. No sé cómo lo logré -
- Pues ahora Franco no permitirá que faltes a un solo partido. Empezará a retar a todos los equipos que siempre nos golean -
Puso el auto en marcha y tomaron la calle principal.
- ¿Siempre vienes a los juegos? -
Asintió.
- Sí, casi siempre. Lidia se aburre mucho, así que mi función es entretenerla mientras los chicos juegan -
- ¿Son buenas amigas? -
- Las mejores. Nos conocemos desde niñas -
Se hizo un breve silencio.
- El otro día… - dijo ella de pronto - La barbacoa en casa de Franco… te fuiste temprano -
- Bueno, estaba ahí desde la mañana. Vi el juego con ellos, pero tenía que ir por mi hija -
- ¡Oh! Ya veo... - mantenía la mirada fija en la calle - ¿Qué edad tiene? -
- Tiene doce años -
- Ya es una niña grande -
- Sí, una preadolescente en todo su esplendor - la miró un instante - ¿Y tú? ¿Tenías un compromiso? -
- Sí, tenía un torneo - respondió brevemente.
Al ver que no decía nada más, preguntó: - ¿Torneo? -
- Doy clases en una academia de baile y el grupo de niñas participó en un torneo -
- ¡Oh! ¿Eres bailarina profesional? -
Maya dejó escapar una risa divertida.
- ¡No! En lo absoluto. Mi profesión “seria” - e hizo las comillas con las manos - es el diseño gráfico… Que, si le preguntas a mi madre, te dirá que no es realmente una profesión… Y bueno, no paga bien y para ayudarme me certifiqué en acondicionamiento físico, danza aeróbica y esas cosas. La dueña de la academia es mi amiga y por eso me coloqué allí -
- Ya veo…
Habían llegado al bar, a esa hora bastante lleno. Lograron reunir un par de mesas y con un gesto sutil, Maya evitó sentarse cerca de Michael y se acomodó en un rincón, entre Lidia y Eduardo.
- ¿Todo está bien? - preguntó su amiga, que no había pasado por alto lo sucedido.
- Sí, muy bien - respondió Maya con una sonrisa.
Ordenaron las bebidas y pronto entablaron una alegre conversación.
Alrededor de una hora después, Franco se les unió.
- Esa maldita máquina encendió en cuanto llegamos a la casa - farfulló con enfado - Mañana la llevaré de nuevo al taller, pero te aseguro que con gusto la enviaría a una chatarrera -
Lidia rio ante la exagerada reacción del hombre.
- ¿Pretendes que te crea? Amas ese auto más de lo que me amas a mí -
- ¿Qué dices? - se arrojó sobre ella por encima de la mesa, haciendo chocar las botellas y la besó.
- ¡Franco, basta! - exclamó Lidia, pero se había ruborizado - ¿Qué crees que haces? -
- ¿Ves? - se volvió a Eduardo y Maya que veía la escena divertidos - Seis años y aún está loca por mí -
- No seas tan engreído - dijo Lidia con un guiño - Anda, ve por una cerveza para mí -
- Voy contigo - dijo Eduardo y se volvió a Maya - ¿Quieres otra bebida? -
- No, estoy bien. Gracias -
Mientras se acercaban a la barra, Michael no perdió el tiempo de acomodarse junto a la joven.
El cantinero hizo un gesto de reconocimiento.
- Parece que todo salió bien - e hizo un gesto con la cabeza hacia donde Maya se encontraba.
- No es lo que tú crees - respondió Eduardo - Solo vengo con un grupo de amigos -
Al notar que Michael había tomado su sitio, se quedó en la barra y tomó su cerveza lentamente. Una vez que acabó, miró su reloj. Era mejor volver a casa.
Se acercó solo para despedirse, pero los reclamos no se hicieron esperar.
- ¿Cómo? ¿Te vas? Es muy temprano -
- Tuve un día muy difícil en el trabajo y mañana será igual. Vamos, chicos, ya no tengo veinte y luego del juego de hoy, si no me voy a la cama, mañana no podré levantarme -
Franco aún intentó convencerlo, pero no cedió.
- ¿Cómo te irás? -
- Pediré un taxi, no te preocupes -
- Aguarda - Maya se había puesto de pie - Yo también ya me voy. Puedo llevarte -
- ¿Qué? - Lidia la miró con sorpresa.
- Tengo clase mañana temprano - respondió ella tomando su bolso e hizo un gesto con la mano - Chao, chicos -
Michael se había puesto de pie también y la tomó del brazo. Dijo algo a su oído y ella sonrió con algo de nerviosismo.
- Hablamos luego. Adiós -
Se acercó a Eduardo y él le indicó que pasara primero.
Esa mujer le intrigaba. Apenas se conocían y creyó que no le había agradado cuando se conocieron. Pero ahora… ¿por qué hacía eso?
- ¿A dónde te llevo? - preguntó en cuanto salieron del bar.
- Te lo agradezco, Maya, pero puedo tomar un taxi -
- No, está bien. Puedo llevarte. Anda, sube -
- Bien, gracias -
Le dio la dirección y viajaron en silencio. De vez en cuando la observaba.
- ¿Hace mucho que vives por esta zona? - su voz lo sobresaltó.
- Algunos meses - dijo él mirando por la ventanilla.
- ¡Oh! Es por el divorcio, ¿verdad? - le miró un instante - Perdón, lo olvidé -
- No te preocupes -
- ¿Tu hija vive contigo? -
- No, vive con su madre. Paso con ella los fines de semana -
Ella no respondió.
- Allí - señaló unos portones oscuros en medio de la cuadra. Maya detuvo el auto y miró el edificio con curiosidad.
- Se ve un barrio agradable. Es muy tranquilo, ¿verdad? -
- Sí, lo es - se volvió a ella - Te agradezco que me hayas traído -
- Con gusto - la joven sonrió.
Salió del auto y tomó su maletín de la parte trasera. Volvió a asomarse a la ventanilla, no muy seguro de qué debía decir.
- Oye, Maya… - titubeó.
- ¿Sí? -
- Anota mi número… y envíame un mensaje cuando llegues a casa. Solo para estar seguro de que llegaste bien -
Ella le miró por un instante, algo seria, pero luego respondió: - Claro. Dame un momento -
Buscó su teléfono y le hizo un gesto para que le dictara el número.
- Listo -
- Gracias de nuevo. Ve con cuidado -
- Claro. Buenas noches, Eduardo -
- Buenas noches -
Permaneció en la calzada hasta que el auto se alejó. Entró al apartamento y dejó el maletín. Se cambió de ropa y entonces escuchó la notificación de su teléfono.
“En casa sana y salva” decía el mensaje.
Antes que pudiera responder, entró otro.
“Por cierto, es Maya.”
“Me alegra que llegaras bien. Descansa.”
La respuesta no tardó en llegar.
“Tú también”
Guardó el número y dejó el teléfono sobre la mesa de noche. Prendió el televisor, pero rápidamente se quedó dormido.