15.

1413 Words
Las clases de danza le mantenían en forma. Tenía pechos de buen tamaño, redondos y firmes, de aureolas oscuras. Sus caderas no eran muy anchas, pero formaban una hermosa curva y sus nalgas eran llenas. Sus piernas largas y torneadas se tambalearon un poco, pero logró salir de la habitación con paso largo, sacudiendo el cabello, ahora algo alborotado. Volvió con dos vasos, le tendió uno a Eduardo y dejó el otro en la mesita de noche. No volvió a la cama de inmediato. Se acercó al mueble que estaba frente a ellos y activó un parlante. Su teléfono estaba lleno de notificaciones, pero las ignoró y activó el reproductor. Let´s get it on de Marvin Gaye empezó a sonar y le subió el volumen. - Eso no es nada sutil - dijo él. - Creo que este no es el momento de ser sutil - respondió ella acercándose a la cama. Se sentó en horcajas sobre él y apoyó los brazos en sus hombros. Besó su mejilla, apenas con un leve roce y descendió hasta su cuello. Él echó la cabeza hacia atrás y exhaló un suspiro, lo que la hizo sonreír. Acarició su pecho mientras sentía como la humedad que su v****a despedía se deslizaba hasta su vientre. Buscó de nuevo sus labios. Cuando percibió que el deseo volvía a despertar en él, se deslizó por su vientre y lamió suavemente su pene. Él bufó y ella repitió la caricia. Recogió algo de lubricante con su lengua y lentamente lo introdujo en su boca. Él se rindió. Cerró los ojos, mientras su pecho se llenaba de aire. Hizo lo mismo que él había hecho con ella. Sin prisa, suavemente, saboreándolo, concentrada en cada reacción, mientras iba poniéndose más duro en su boca. Entonces, cuando sabía que estaba en la cúspide de la excitación, lo llevó con más fuerza hasta el fondo de su garganta y oprimió los labios alrededor de la base. - Maya… - susurró él y levantó la cabeza para mirarlo. Todo su ser se estremeció. Jamás había visto en él esa expresión. La tensión en la quijada, los labios apretados, los ojos entrecerrados. Se estaba conteniendo y eso la hizo desear romper su resistencia. Continuó con más intensidad y algo de semen escapó de él. - Maya, ven - le tendió la mano. Volvió hasta él y dejó que la penetrara. Comenzó suavemente, con movimientos circulares. Su frente contra la de él, acompasando sus respiraciones. Eduardo descansó una mano sobre su pecho y la otra en su cadera. Ahora sonaba Donna Summer y ella seguía el ritmo de la música. Sin embargo, no pudo resistir por mucho tiempo, sus caderas ansiosas comenzaron a agitarse, demandando más. Él la abrazó con fuerza y hundió el rostro en su hombro. No había espacio entre sus cuerpos y se encorvó para que su pene pudiera entrar más profundo. Gimió, anticipando lo que sucedería. Perdió el control y todo su cuerpo se sacudió. Eduardo la tomó por la cadera y trató de apartarla. - No - dijo con voz ahogada - Continúa - - Maya, pero… - Hazlo, córrete - le mordió el labio - Córrete conmigo - y lo besó ansiosa. Sus brazos la cercaron con si fueran de acero y él comenzó a moverse, provocándole una sensación tan abrumadora que por un momento todo a su alrededor se nubló. De nuevo el grito gutural y la sensación cálida de su semen golpeando contra las paredes de su vientre, mientras todo su interior se derretía. Durante unos minutos no se movieron. Ella apoyó la cabeza en su hombro y él acariciaba su espalda. Jamás había hecho el amor de esa manera. Jamás un hombre le había provocado sensaciones tan intensas, orgasmos abrumadores. No quería separarse de él. Su olor la embriagaba, era excitante, pero a la vez, la llenaba de calma. Era extraño tener emociones tan contradictorias. Con cuidado para no incomodarla, Eduardo extendió el brazo y tomó el vaso con agua y lo acercó a su rostro. Se incorporó solo para beber un sorbo y volvió a abrazarlo. Finalmente, temiendo que su peso le molestara, se incorporó. - ¿Estás incómoda? - - No, creo que tú lo estás. No soy muy liviana - - No me molesta, quédate así, si quieres - Su tono ahora era dulce. Se levantó con cuidado y se acomodó a su lado. No hablaron. Solo escuchaban la música y él a veces marcaba el ritmo de la melodía con suaves golpes de sus dedos en su piel. ¿Qué hora era? Aún entraba luz por la ventana. Algo de somnolencia la había invadido, pero un movimiento a su lado le hizo volver a la realidad. - ¿Qué sucede? - - Solo iré al baño - susurró a su oído. Le vio ponerse el boxer y salió de la habitación. Exhaló un suspiro y se estiró perezosamente. Se colocó boca abajo con la cabeza apoyada en su brazo y acarició el lugar que él acaba de dejar. Le parecía que ya demoraba mucho, pero al incorporarse, estaba apoyado en la puerta, con los brazos cruzados en el pecho, observándola. Nuevamente se había ruborizado. Señaló su lugar en la cama y él se acercó. Se sentó y sin decir palabra, corrió su cabello, dejando la espalda despejada. Se inclinó para besar sus hombros y luego continuó por la espalda. “Podría acostumbrarme a esto” se dijo exhalando un suspiro de satisfacción. Luego acarició sus nalgas con suaves movimientos y toda su piel se erizó. Le hizo el amor dos veces más, sin señal alguna de cansancio y sin que disminuyera la intensidad de sensaciones. Ya había oscurecido y ella dormitaba, exhausta y satisfecha. Escuchó un roce, pero no se movió. Él le besó la mejilla. - Debo irme, Maya - susurró a su oído. Reaccionó rápidamente. - ¿Por qué? ¿A dónde vas? - - Son casi las ocho - respondió con una sonrisa - Debes descansar - se incorporó. - No te vayas - le retuvo ella y había algo de súplica en su mirada. - Pero, Maya… - Quédate, por favor - se sentó en la cama sin soltarlo - ¿O tienes que ir a otro lugar? - - No, no. Solo pensé que querrías descansar - - Estoy bien - sonrió - ¿Te quedas conmigo? - Él titubeaba. - ¿Qué debo hacer para convencerte? - se acercó a él. - No tienes que hacerlo - Maya sonrió. - ¿Tienes apetito? - - No mucho - - Veré que hay en la cocina - Se vistió rápidamente y recogió su cabello mientras cruzaba rápidamente el pasillo. Preparó unos emparedados, café para ella, mientras Eduardo tomó un refresco. Se acomodaron en el sofá y puso una película cualquiera, a la que en realidad no prestaba mucha atención. Dejó que la rodeara con su brazo y se dejó embargar por la calidez de su cuerpo. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien con un hombre. No tardaron en volver a la habitación y ella le indicó que se pusiera cómodo. Pasó al cuarto de baño para cambiarse, se puso una bata corta y al volver a la habitación, sintió su mirada sobre ella. Se acostó a su lado. - Sé que duermes tarde - dijo dándole la espalda - así que puedes ver tele. Yo dormiré un poco - - Suelo dormirme tarde cuando no tengo nada más en qué distraerme - respondió él sin moverse. - No te molestaré - trató de sonar indiferente. - Creo que ya lo estás haciendo - Sabía que sus nalgas rozaban su pierna y que intencionalmente se estrechaba contra él. - Yo no molesto - sin embargo, tomó su mano y la colocó en su cadera. Cerró los ojos, con una sonrisa de satisfacción en sus labios y se sumió en un reparador sueño. Despertó de pronto. La habitación estaba a oscuras, el televisor prendido y él dormía abrazado a ella. No recordaba cuando fue la última vez que un hombre había pasado la noche con ella en su apartamento. Era algo que evitaba, pero en esta ocasión, cuando Eduardo le dijo que se iba, no lo pensó dos veces. Fue algo impulsivo, como lo había sido besarlo. Volvió la cabeza con cuidado para asegurarse que dormía. Logró llegar hasta el control remoto y apagó el televisor. Un profundo silencio los rodeó. Lo mejor era volver a dormir.
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