2.

1695 Words
La mujer tenía unos hermosos ojos almendrados color café y largas pestañas, cejas gruesas, pómulos algo sobresalientes y labios carnosos, que solo llevaban algo de brillo. - Lo es. Lo juro. Pregúntale a Tony - y señaló al bartender que seguía la conversación con disimulo - ¡Oye, Tony! Dile que soy un buen chico - - Lo que él dice - asintió el cantinero muy serio. Una nueva sonrisa asomó en el rostro de la joven y con un gesto casi imperceptible, Eduardo agradeció al cantinero, que se alejó para atender unos recién llegados. - ¿Y por qué tus amigos creen que necesitas ayuda? - apoyó los brazos en la barra, con algo de interés. Eduardo alzó la mano. - Divorciado, hace seis meses - y mostró la marca del anillo de bodas que aún resaltaba en su dedo. - Ya veo - volvió a fruncir la boca. - ¡Maya! - exclamó una mujer que llegaba en ese momento. La joven se volteó y le hizo un gesto con la mano. - Mis amigos han llegado - dijo a Eduardo. - Claro - se puso de pie. La recién llegada se acercó a saludar a su amiga. - Disculpa la tardanza. El auto nos dio problemas otra vez - miró con curiosidad a Eduardo. - Disculpen - murmuró él y tomó su soda, cuando dos hombres se unieron al grupo. - Hola, Maya - saludó el primero. Un tipo grueso, de tupida barba y calvicie incipiente - ¿Eduardo? - Se volvió rápidamente y las mujeres se miraron sorprendidas. - ¿Franco? - - ¡Hombre, Eduardo, tenía mucho tiempo de no verte! - el hombre le estrechó la mano con un gesto expresivo. - Es cierto, sí. Mucho tiempo - asintió él algo sorprendido por el encuentro. - ¿Ustedes se conocen? - miró alternativamente a Eduardo y Maya. - No, no. Estoy con unos compañeros del trabajo - y señaló su grupo - Los dejo. Fue un gusto verte, Franco - Volvió rápidamente a su sitio. La mujer recién llegada presentaba a Maya al otro hombre, un tipo alto, atlético, que le ofreció una sonrisa galante. De vuelta en su mesa, sus colegas estaba ansiosos por conocer los detalles del encuentro. - ¿Entonces? - dijo uno de ellos apoyándose en su hombro. - Esperaba a alguien - y señaló a las dos parejas que habían ido a ocupar una mesa al otro lado del salón. - Bien, otra vez será - - Sí. Oigan, mejor pidamos algo de comer. Ustedes han bebido demasiado y no seré yo quien dé explicaciones a sus esposas - Luego de un rato se levantó para ir al baño y aprovechó para salir a tomar algo de aire. En la calzada, Franco atendía una llamada. Revisó su teléfono. Tenía un mensaje de Tonya diciéndole que ese fin de semana iría a casa del abuelo, así que no se verían. - ¿Tu esposa? Seguro quiere saber por qué demoras - dijo Franco acercándose a él. - No, mi hija - Eduardo se acercó - Irá a casa de su abuelo. Me divorcié hace seis meses - - ¡Oh, amigo! Lo lamento - - Sí, son cosas que pasan - - ¿Sigues en el instituto? - Eduardo asintió. - Tienes tiempo allí, ¿no? - - Sí, quince años ya - - No sé cómo lo haces. Yo no podría trabajar quince años en el mismo lugar - - Tiene sus ventajas - se limitó a decir. - Sí, claro. Oye, dame tu número. De vez en cuando armamos un grupo para jugar fútbol. ¿Qué te parece? - - Tengo años de jugar - respondió Eduardo riendo. - ¿Y tú crees que yo juego mucho? - se palpó su vientre, algo sobresaliente - Solo nos juntamos a patear bola y burlarnos de nuestra pésima condición física… Y luego comemos hamburguesas y papas fritas -y soltó una sonora carcajada. Eduardo rio también y le dio su número. - Debo volver o Lidia se enfadará - - ¿Tu esposa? - - Algo así - se encogió de hombros - No estamos casados, pero vivimos juntos desde hace seis años - - Amigo, eso es un matrimonio - - Sí, lo sé - y volvieron a reír. Volvieron juntos al bar y se despidieron. Maya siguió al desconocido con la mirada y en cuanto Franco volvió a ocupar su sitio, se inclinó y preguntó en voz baja: - ¿Te preguntó por mí? - El hombre la miró con sorpresa. - No - se limitó a responder. Maya no dijo nada más y trató de mirar, en medio de la gente que iba y venía, el ruidoso grupo de hombres. Se preparaban para retirarse y ella se acercó a cruzar unas palabras con el cantinero. - Oye - le dijo tratando de que no le escucharan los otros clientes - ¿Es cierto lo que él dijo? - y señaló al grupo - ¿Vienen con frecuencia? - - A él nunca lo había visto - dijo el hombre con una sonrisa divertida - Pero el resto sí viene con frecuencia - - ¿Al menos te llamas Tony? - dijo Maya riendo. - No. Este lugar es conocido como el bar de Tony y como tengo tantos años de trabajar aquí, todos me llaman Tony - Maya sonrió. - Bien, gracias - //// Un par de semanas después, veía una película sin mucho interés cuando recibió un mensaje de un número desconocido. Era Franco que le invitaba a una barbacoa en su casa y de paso, verían el partido de fútbol. Sin dudarlo, aceptó. El partido era temprano y tendría tiempo suficiente para disfrutarlo antes de ir por Tonya, para que pasara el domingo con él. Franco no vivía muy lejos de su apartamento y pasó a comprar algunas bebidas antes. La casa era pequeña, pero agradable y el patio sí tenía un muy buen tamaño. Ya se había dispuesto de una pantalla, una mesa larga llena de aperitivos y un asador cuya flama comenzaba a arder. Unas tres parejas y un par de colegas de Franco se encontraban allí cuando Eduardo llegó. - Hola - saludó la pareja de Franco en cuanto le vio llegar - La otra noche no nos presentaron apropiadamente. Soy Lidia - - Mucho gusto, Eduardo - - Pasa, estás en tu casa - Lidia era una mujer de unos treinta años, piel blanca y llevaba el cabello teñido de rubio cenizo. Era de contextura media, hermosos ojos verdes y sonrisa dulce. Eduardo se acercó a saludar a Franco, que vigilaba la parrilla y comenzaron a conversar. Poco antes que iniciara el partido, llegó otra pareja y el hombre que los acompañó la otra noche en el bar. No pudo evitar preguntarse si Maya también vendría, sin embargo, no quiso mencionarlo. Disfrutó del partido, de buena comida y una muy amena charla. Realmente era un grupo muy agradable. Incluso Michael, el hombre que acompañó a Franco y a Lidia en el bar, le había resultado simpático, aunque de primera entrada parecía algo arrogante. Supo, por algunas frases que logró captar en una conversación que mantenían con otros invitados, que Franco y Lidia habían arreglado su cita con Maya de esa noche y habían vuelto a verse en un par de ocasiones. A eso de las cuatro, se despidió de los anfitriones. - ¿Cómo? ¿Tan pronto? - protestó Franco. - Tengo que ir por mi hija. Pasará conmigo esta noche - - Tráela. Nos quedaremos aquí hasta tarde. Solo conversaremos y pondremos algo de música - - Te lo agradezco, pero está en esa edad en que no le gusta codearse con extraños y mucho menos con amigos de su padre - - Por eso no tuve hijos - comentó Lidia sacudiendo la cabeza. - Bien, amigo. Estamos en contacto - Se despidió de Lidia y en el momento en que salía de la casa, un auto azul se estacionaba. De inmediato, bajó Maya. Vestía ropa deportiva, un maquillaje muy pesado y un enorme maletín. No había reparado en él hasta que subió a la calzada. - Hola - dijo Eduardo. Ella le miró con algo de duda. ¿Tal vez no lo reconocía? - Eduardo, ¿cierto? - - Sí - El taxi se detuvo frente a ellos. - ¿Te vas? - - Sí - trató de sonreír - Debo ir por mi hija. Un gusto verte, Maya - Pasó a su lado y subió al taxi. Ella se quedó allí, mirándolo alejarse, algo desconcertada. Tonya se encontraba en casa de una amiga y tardaba en salir, lo que comenzó a impacientarlo. Pidió al taxista que aguardara y bajó del auto. Sin embargo, ya su hija salía de la casa con cara de pocos amigos. - ¿Por qué demorabas tanto? - preguntó cuando llegó junto a él. Ella solo le lanzó una mirada y siguió sin decir palabra. En cuanto llegaron al apartamento, se apresuró a ir a su habitación. - Oye, Tonya - le detuvo su padre - ¿Quieres comer algo? - - No, no tengo hambre - - ¿Por qué estás tan molesta? - - ¿Por qué no te compras un auto? - fue su respuesta - Es ridículo ir a todos lados en taxi - - No tengo auto porque se lo dejé a tu madre, Tonya. Ella lo necesita más que yo - - Solo cómprate un nuevo - replicó la joven con tono seco. - No puedo. Tengo que pagar la hipoteca de la casa, el alquiler de este apartamento y la pensión para tus gastos - - Pues resuélvelo - y le lanzó una mirada furiosa. - A ver, Tonya, no me hables de esa manera. ¿Por qué no vienes y hablamos? Quiero entender qué sucede - - ¡No quiero! ¡No quiero hablar contigo! - y se dirigió al dormitorio. Eduardo exhaló un suspiro, recogió el bulto que su hija había dejado tirado en el sofá y fue a su propio dormitorio. Se tiró en la cama y durmió un rato.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD