Capítulo 5

2249 Words
Estoy en el trabajo, reparando un motor que debo entregar en dos días. Aún no he podido terminarlo, a pesar de que encontré la falla, porque este no funciona. Continúo concentrada, hasta que mi jefe interrumpe mi labor. —¡Ada, te buscan! —grita mi jefe, que está a unos metros de mí. Detengo mi labor, me limpio las manos grasientas y me acerco a mi jefe. —¿Quién? —¿Te acuerdas del señor que fue recomendado? —pregunta y agrega—: Ya hace varios días. Recuerdo el hombre alto y de traje elegante; gracias a él tuve más trabajo. —¡Ah, sí! El señor, sí lo recuerdo. —Te busca para otro arreglo, le gustó tu trabajo. —¿En dónde está? —Está en la oficina —dice y yo, emocionada, voy hacia la oficina; pero el señor Ruiz me detiene—. Niña, primero límpiate las manchas de grasa de la cara. Me veo en el espejo que está en uno de los pasillos y con las mangas de mi ropa, que no están tan sucias, limpio mi cara. Camino hacia la oficina y al entrar, me encuentro con el señor, que hoy también viste con traje elegante. —Hola, entra. —¿En qué puedo ayudarlo? —pregunto, una vez estoy parada frente a él. —Un placer verla de nuevo, ¿se acuerda de mí? —saluda, con educación. —Sí, es uno de nuestros clientes más importantes. El señor sonríe ante mi comentario. —Me agradó tu trabajo, lo haces muy bien y me gustó —halaga y luego, señalando un auto enganchado a una grúa, añade—: Quiero que vuelvas hacer lo mismo con el que está allá fuera. —¡Oh! Es asombroso, se ve que es muy costoso —murmuro, impactada —Sí, por eso lo dejo en tus manos —confirma—. Este auto es de mi jefe, él es muy estricto y ama mucho su auto. Por eso te lo confío, para que lo arregles y lo cuides. —Gracias, por poner su confianza en.… —agradezco, pero el sonido de un celular interrumpe mis palabras. —Disculpa, es mi jefe. Debo atender. —Adelante. Se aleja unos metros de mí y contesta la llamada. —Sí, señor...lo siento, no he podido arreglar ese asunto. —Hace una pausa, escuchando del otro lado—. Entiendo que es urgente, pero no consigo a una chica que quiera ese empleo. La he buscado, pero no tienen esas características, incluso, ni subiendo el sueldo —exclama, un poco frustrado—. Está bien, señor Benett, hoy encuentro a la chica indicada. Y con esas últimas palabras resignadas, termina la llamada. Mi curiosidad despierta con la simple frase de —ni subiendo el sueldo—. Las palabras referidas a dinero me interesan y aún más, ahora que me quede más gastada de lo normal. Si quiero pagar mis deudas, es momento de esforzarme más y tener doble empleo. La conversación ha despertado mi curiosidad. —¡Es complicado! —se queja, con frustración—. Lo siento, por ese tono de voz —se disculpa al darse cuenta que lo estoy escuchando. —No se preocupe. Parece que su jefe es de carácter fuerte. —Relajo un poco el ambiente. —Aunque no me crea, no lo es. Solo es muy estricto y quiere que las cosas sean como él dice —declara. —Entiendo, también he tenido algunos jefes así. —Con amargura, recuerdo a todas esas personas que se aprovecharon de mí. —Señorita, no es por molestarla, pero estoy muy desesperado. ¿No conoce alguna chica joven, atenta, carismática, paciente, que le gusten los niños? Necesito una niñera para el sobrino del señor Benett, ninguna le convence. —Lo lamento, pero no conozco a alguien así —murmuro—. Pero puedo ayudarlo yo. En este caso, aunque el señor Benett sea estricto y enojón no me importa aguantarlo con tal de que me pague. —¿En serio? ¿Pero cumple con los requisitos que le estoy pidiendo? —Veo un poco de esperanza en su expresión. —¿Le basta si le digo que mi sueño es ser pedagoga? —pregunto—. Me gustan los niños, trabajé en una guardería cuando era más joven y soy paciente, me agradan. —Solo porque me urge encontrar a alguien y a usted le tengo mucha confianza, la acepto. Necesito que me acompañe para hacerle una prueba. —¿Cuándo es esa entrevista? —Hoy en la tarde —aclara— ¿Cree poder ir a la residencia Benett? Al parecer, usted trabaja. —Estaba pensando en trabajar medio tiempo para trabajar en otro lugar —confieso y luego agrego—: Y no se preocupe, por las mañanas arreglaré su auto. Le sonrío y el ríe con mi comentario. —Me encanta su actitud, señorita... —¡Oh sí!, lo olvidé. Me llamo Ada Álvarez —me presento. —Mucho gusto, Ada Álvarez, mi nombre es Henry Morales. El secretario personal de la familia Benett. —Un gusto conocerlo, señor. —Solo dime Henry, por favor. —Ok —asiento. —La dejo para que continúe con su trabajo. Nos vemos más tarde. Ten mi tarjeta, cuando salgas, me llamas para venir por ti. —Acepto la tarjeta. —Sí, le llamaré. Henry se despide y sale feliz del taller. Espero poder pasar esta prueba y quedarme con el trabajo; me urge conseguir más dinero. «Ahora, a trabajar». Termino de arreglar el motor de antes con la ayuda de Mateo. Después, analizo la falla del auto del señor Henry y cuando la encuentro, lo anoto en mi cuaderno para arreglarlo después. Terminando de lavar otro auto miro el reloj y me espanto por la hora, falta poco para ir a la prueba, así que tengo que llamar al señor Henry para que venga por mí. Le hablo al señor Ruiz acerca de mi trabajo de medio tiempo y él acepta sin ningún problema. Me cambio, poniéndome mi ropa normal y luego, espero. Después de unos veinte minutos llega Henry y me invita a subir al auto lujoso que trse; nos alejamos del taller. Pasan los minutos y llegamos a una casa inmensa, bonita y lujosa; me quedo impactada y solo puedo pensar en que nunca había visto una casa de este tamaño. Perdida por el lujo, no me doy cuenta que el auto se detiene y él señor Henry me abre la puerta, para que yo pueda salir. —Bienvenida, llegamos —avisa—. Entre, es por aquí. El señor Benett la está esperando. Mis nervios aumentan al entrar y ver la elegancia que se respira en este lugar. El solo pensar en cómo debe ser el señor Benett me pone los pelos de punta; me imagino a alguien mayor de edad con un genio de los mil demonios y estricto, como ya había mencionado el señor Henry. Nos detenemos enfrente de una puerta de madera grande y gruesa, con hermosos detalles tallados. —Aquí es. —Gracias —agradezco, por traerme hasta acá. El señor Henry golpea la puerta con sus nudillos y provoca pequeños sonidos; desde el interior de la habitación se escucha luego un —adelante—. El señor Henry gira el pomo y abre la puerta; con su mirada me hace señas para que entre. Nerviosa,  me adentro en la habitación y me doy cuenta que es algún tipo de  estudio; decorado con muebles costosos y antiguos, lo que se nota por el diseño y calidad. —Siéntate. El señor Benett se encuentra de espaldas, no me da la cara, sin embargo, su voz es autoritaria. Con mi mano sudada jalo la silla y me siento en ella, sintiendo al instante la comodidad de este tipo de muebles. Me quedo viendo al hombre de espaldas. Lo observo bien, su cabello castaño me dice que es joven y a simple vista, se puede percibir la musculatura de su cuerpo. El traje gris se ajusta perfectamente a su figura varonil. —¿Viene por el trabajo? —habla. Sus palabras interrumpen mis pensamientos y se gira, para dar la cara. Al ver su rostro me quedo impactada, con la boca abierta. Es muy guapo, tiene la piel bronceada, unos labios finos, suaves y rosados, pero lo más atrayente de su físico es el hermoso color miel de sus ojos. —Sí —carraspeo—, soy Ada Álvarez —me presento ante semejante hombre apuesto. —Mucho gusto, Ada Álvarez, soy Gabriel Benett. Con seriedad, jala la silla de su escritorio y se sienta, quedando frente a mí. Puedo detallarlo más por la cercanía; sus delineadas cejas castañas como su cabello, las pestañas largas y su afeitada barba. —¿Qué me asegura que tú eres la adecuada para el puesto? —pregunta, devolviéndome a la realidad. —Trabajé en una guardería cuando tenía dieciocho años. Durante tres años aprendí lo necesario y gracias a ello, me quiero especializar en pedagogía —explico y añado cabizbaja—: Pero después dejé de trabajar. —¿Por qué lo dejó, si tanto le gustaba? —Tenía problemas económicos. «Mentira», pienso. Lo dejé por lo que le pasó a mi familia; después del accidente no se sentía igual. —¿Dejaría todo lo que le gusta por dinero? —No pregunta, solo lo afirma. «¿Cómo es que puede estar seguro de lo que dice?». —No, señor; hay cosas más valiosas que el dinero —respondo tranquila. —¿Cómo cuáles? —replica—. Todo lo que tengo es muy valioso para mí, pero también, tienen un precio bastante alto. Así que, dígame un ejemplo. —Tal vez, todo lo que tiene lo aprecia y se lo compra con dinero —murmuro, segura de mis palabras—, pero hay cosas más importantes que no se pueden comprar y son más valiosas; el amor y la amistad. —¿El amor? —ríe con sorna—. Usted, dígame, ¿ha sentido lo que es el amor, para afirmar tal cosa? —No del todo —declaro—, pero le puedo asegurar que si tuviera a mis padres y a mi hermana a mi lado, nunca los cambiaría por nada y les daría todo el amor que se merecen. —Alzo los hombros y añado—: Esas cosas son más valiosas que el dinero. Y se aprecian más. —Si usted lo dice —desestima mi explicación, no le convence—. Nos salimos del tema, pero queda contratada. —¿En serio? —Me sorprende, no me esperaba que fuera así de rápido. —Sí, me acaba de demostrar que cuidará a mi sobrino muy bien. —Confíe en mí, ¡así será! —digo, con emoción. —Me han comentado que trabaja de medio tiempo en las mañanas —afirma y añade—: Si quiere este trabajo, tendrá que dejar el otro; a mi sobrino debe cuidarlo las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana. —¿¡Qué!? —exclamo y niego—. Discúlpeme, pero no puedo hacer eso. —¿Cuánto quieres por estar disponible las veinticuatro horas? Este hombre es de esas personas que darían todo el dinero que sea necesario, con tal de que se cumpla lo que desea. —Señor, yo... —dudo, sin saber qué decir. —¿Se conforma con dos mil dólares o quiere más? Me quedo asombrada; esa suma es más que suficiente para mí. Creo que podría acabar mi deuda en un par de meses y también, estudiar. —¿No le agrada la idea? —insiste—. Entonces dígame que quiere a cambio. —Nada, esa suma es suficiente, no necesito más. —No soy ambiciosa. —Entonces, ¿cuento con usted? —Cuente conmigo —le sonrío. —Le diré a Henry que la acompañe a su casa por sus cosas —dice, mantiene su expresión seria— ¿Sí entiende que tiene que vivir aquí, verdad? —Sí. —Mañana en la tarde llega mi sobrino, así que tiene que estar aquí. —Entendido, señor Benett. —Te veo más tarde. Me levanto de la cómoda silla y salgo de su oficina.  El chofer de la casa me está esperando para llevarme a mi departamento; sin dudarlo, me subo y me alejo de la casa. *** Gabriel Bennet La chica sale de la oficina y yo llamo a Henry para que un chofer de la casa la lleve por sus cosas. A él lo tengo que ver en mi oficina. —A su disposición, señor Benett. —Quiero que le compres ropa a Ada; tiene que cambiar esa imagen si va a vivir bajo el mismo techo que yo —exijo—. Cómprale vestidos, maquillaje, zapatillas...ya sabes, cosas femeninas. —Enseguida señor, con permiso. —Espera —lo detengo antes de que se vaya—. Sus cosas las colocas en la habitación que está a dos cuartos de la mía, la quiero cerca. —Como usted ordene. Me quedo pensando en cómo sería Ada como mi mujer. Admito que cuando la vi, no me agradó su aspecto, pensé que Henry estaba equivocado; pero después de leer su información la tomé como candidata. Primero tengo que conocerla para saber si es la indicada, por el momento está a prueba.  
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD