Capítulo 2

2093 Words
Los días transcurren rápido y yo hago lo de siempre; me levanto temprano, me doy una refrescante ducha para desaparecer todo rastro de cansancio del día anterior y, al terminar de ducharme escojo mi ropa habitual, algo sencillo, unos pantalones de mezclilla y una blusa lisa. Mi desayuno no varía y tampoco es muy elaborado, pero solo me alcanza para prepararme un simple cereal con leche. Al salir, cierro con llave el pequeño apartamento y me encamino a mi trabajo; siempre voy a pie, en mi cabeza solo tengo planificado ahorrar lo más posible para acabar con la deuda que tengo. Esa es mi rutina, día por día. Mientras camino por las calles de Chicago, aprecio todas las maravillas que la ciudad brinda a los ciudadanos; hoy en especial, es uno de esos días en que todo se ve hermoso. Continúo entretenida y admirada, hasta que de un empujón, caigo al suelo, junto con mi vieja bolsa de tela. —Lo lamento, señorita —se disculpa el señor que me hizo caer. Al ver mis cosas esparcidas en el suelo, se agacha para ayudarme a recogerlas. Después de recoger y guardar todo en su lugar, el señor me da su mano para poder levantarme. —¿Se encuentra bien? —pregunta. —Sí, no se preocupe —murmuro y sacudo mis pantalones con mis manos. —Lamento esto, estaba distraído, me disculpo de nuevo —insiste, apenado. —Sin cuidado, continúe su camino. El señor se va y yo continúo mi camino. Al llegar a mi destino, coloco el bolso en mi casillero y saco la ropa de trabajo para comenzar con mi labor. Salgo de los vestidores y reviso en la lista de trabajo, los autos que tengo que arreglar para entregar en los días próximos; con ánimos renovados, comienzo el trabajo. Después de un largo día, termino llena de sudor y manchas de aceite en las manos y en el rostro. Acomodo el último auto reparado en su lugar, guardo mis herramientas y me encamino a los vestidores para darme una ducha. Siempre soy la última en salir del trabajo; como estoy rodeada de hombres, espero que ellos se bañen, se cambien y se marchen del lugar, para yo poder tomar una ducha libre de presencia masculina. Termino de ducharme y me visto con la ropa que llevaba esta mañana. Agarro mi bolso y salgo para tomar el transporte; es tarde y temo caminar sola a estas horas de la noche. Abordo el bus y pago el transporte con las propinas que me gané el día de hoy; en solo minutos llego a casa, sana y salva. Entro y aviento mi bolso a la pequeña mesa de madera que tengo en frente de mi cama; me dejo caer en esta por el cansancio, hasta que recuerdo que tengo que depositar el dinero mensual de la deuda y la renta del departamento en el que vivo. Me levanto de la cama y me siento sobre la alfombra; me acerco al bolso que se encuentra encima de la mesa, vacío todas las cosas y busco la chequera. Saco cuentas, para ver si me alcanza el dinero para pagar la deuda y la renta; empiezo a hacer sumas, contando con mis dedos. Después de tanto enredo con los números sale el resultado, me faltan quinientos dólares; lo que significa que tengo que trabajar aún más para llegar a la cuota y me quedan menos de diez días; aparte que debería empezar a juntar para el siguiente mes. «Así nunca podré ahorrar para mis estudios. Esto es frustrante», pienso desanimada, pero tengo que aguantar, dicen que después de la tormenta llega la calma. De repente, mi estómago gruñe y recuerdo que en todo el día no he probado bocado. Me levanto para buscar algo en mi alacena, pero solo hay cereales y pan tostado. En estos momentos no me apetecen, más bien se me antoja un tazón de sopa instantánea; así que me acerco a la mesa donde se encuentran mis cosas regadas, para buscar mi cartera. A simple vista noto que no está, busco en mi bolso y tampoco la encuentro. Desesperada, busco por toda la casa, analizo bien y recuerdo haberla colocado en el bolso, pero no la saqué de ahí. De inmediato recuerdo el incidente de esta mañana. —¡Ay! ¡Ese tonto me robó la cartera! —bufo indignada. «¡Ese idiota!», reclamo en mi cabeza y con mis manos tapo mi rostro. «No puede ser, estas cosas solo me pasan a mí». Todo esto me da mucho coraje, ese señor me robó las ganancias de esta semana. Intento tranquilizarme y a duras penas lo logro; lo bueno es que no gasto de más y guardo un poco de dinero en casa para casos de urgencias. Busco una pequeña caja que tengo en el ropero guardada, la tomo y saco un poco de dinero, solo lo necesario para poder cenar. Voy hasta la tienda, agarro un tazón de sopa y lo llevo a la caja para pagar; ahí mismo lo preparo y espero. Después de cinco minutos doy el primer bocado, con gusto como y saboreo la sopa; al terminar, quedo satisfecha y tiro el vaso desechable a la basura. Regreso al departamento y reemplazo mi ropa del día por un pijama cómodo. Me acomodo boca abajo entre las cobijas y con la mano, apago la lámpara que se encuentra a mi lado derecho. Por fin, como tanto deseaba, llega el final del día y caigo profundamente dormida. *** Pasa todo un mes, igual de rápido que los anteriores. Todos los días son frustrantes y no hay uno, en que no sienta un nudo en mi garganta; la maldita deuda no me deja respirar. A pesar de todo, intento ser positiva; siempre digo que entre más trabaje, más dinero juntaré. —¡Chicos, acérquense, por favor! —Estoy terminando de limpiar el auto cuando, a mis espaldas, escucho la voz del dueño del taller. El señor Ruiz nos grita, siempre lo hace cuando necesita dar un aviso a todos sus empleados.  Dejo lo que estoy haciendo y me acerco, como todos, hasta formar un círculo alrededor del señor Ruiz. —Chicos, tenemos a un nuevo integrante en nuestro equipo de trabajo —dice y señala hacia un punto detrás de nosotros—. Preséntate, chico. Un hombre aparece por detrás del círculo de trabajadores. Todos nos volteamos para verlo. —Mi nombre es Marcus Emerson —dice y levanta una mano, a modo de saludo. El señor Ruiz asiente y vuelve su atención hacia él. —Chicos, Marcus estará trabajando con nosotros, así que sean amables con él  —pide el jefe. —¡Sí, señor! —contestamos todos. —Ahora...regresen a sus trabajos —exige y se despide de todos. Los chicos se alejan y yo pretendo seguirlos, pero la voz del señor Ruiz me detiene. —¡Ada! Espera un momento —llama el jefe y yo me quedo en el lugar. —¿Qué pasa, señor? —pregunto, cuando veo que también atrae al chico. —Necesito que capacites a Marcus —exclama—, que lo prepares para que aprenda y después, él pueda hacer su trabajo solo. Confío en ti, lo dejo en tus manos —concluye y me mira, a la expectativa de mi respuesta. Mi mirada se posa en el hombre que se encuentra al lado del señor Ruiz y que me mira atentamente. Por mi parte, no le tomo importancia, no me intimida y es que, estoy acostumbrada a estar rodeada de hombres. —Sí, señor Ruiz —concuerdo con su petición. —Confío en ti, eres de las mejores —comenta y me sonríe, antes de añadir, mirando al chico—: Marcus, te dejo con Ada, ella te va a enseñar todo lo que se hace en este taller. —Está bien, jefe —contesta. —Los dejo —murmura el señor Ruiz y se va, dejándonos a solas. —Y bien, ¿qué tengo que hacer? —pregunta sonriente. —Te voy a mostrar todo el lugar, es algo pequeño, pero debes conocerlo. Después te enseñaré las herramientas y, poco a poco, te enseñaré lo básico para arreglar los autos —explico y luego, agrego con entusiasmo—: Sígueme. Todo el día me lo paso enseñándole el lugar a Marcus y también, aprovecho para mostrarle cómo arreglar las manijas de los autos. Él aprende rápido y eso me agrada. Terminamos de arreglar una puerta, justo a la hora de salir a comer. —Ada, si quieres y bueno, si no te molesta, ¿te puedo invitar a comer? –dice, con nerviosismo. Se rasca su cabeza, mientras espera por mi respuesta. Al principio dudo, pero, ¿por qué no debería hacer un amigo? Marcus tiene pinta de ser buena persona, así que, acepto su invitación. —Sí, porqué no —respondo y alzo mis hombros, indiferente. Salimos del lugar y nos dirigimos a un pequeño local de comida casera, pedimos una comida sencilla. —Ada, ¿te puedo preguntar algo? —habla, otra vez nervioso y aclara—: Espero que no te incomodes. —Adelante. —Ya me imagino lo que va a decir. —¿Por qué una mujer tan bonita como tú, trabaja en un taller mecánico? —dice y yo, me quedo muda. Las palabras de Marcus me estremecen; nunca un hombre apuesto como él, se ha dirigido a mí como mujer y, mucho menos, me han dicho que soy bonita. Sus palabras hacen efecto y siento mis mejillas calientes, lo que quiere decir que me puse colorada. —Porque es el único lugar que encontré para trabajar —resuelvo su duda, tranquila—. La verdad es que estoy un poco gastada, así que no tenía otra alternativa que trabajar en el primer lugar que encontré. —En eso tienes razón —afirma, con un gesto de su cabeza—, en este mundo nada es gratis, todo se gana con trabajo y esfuerzo. —Sí, la situación en estos tiempos es difícil —concuerdo. —Pero, ¿no te incomoda estar con varios hombres? —insiste y yo le sonrío. —La verdad no. Solo me enfoco en mi trabajo —digo y desestimo su preocupación. La chica que nos atendió hace un rato, llega con nuestro pedido y lo pone sobre la mesa. —¡Su orden llegó! —interrumpe la mesera—. Buen provecho. Se aleja y, Marcus y yo, empezamos a comer, platicando mientras comemos. —Dime, Ada ¿ninguno te ha faltado el respeto? —investiga, con interés evidente. —No —niego y acompaño la negación con un gesto de la cabeza—, los chicos no me ven como una mujer, dicen que no soy atractiva. —¡Que idiotas! —espeta indignado—, es que no puedo creer que no vean la clase de mujer que tienen al frente. Ada, no les hagas caso, eres muy hermosa, te lo digo en serio —pide, mirándome con seriedad. —Gracias, Marcus —murmuro avergonzada—, eres el único hombre que me ha dicho bonitas palabras. —Y habrá muchos más, no soy el único hombre —asegura—. Debe haber más hombres que aprecien lo hermosa que eres. —Gracias... —repito y añado—: hay que terminar, la hora de comida ya está por finalizar y hay que arreglar más autos. Marcus es un hombre guapo, a pesar de vestir sencillo, su atractivo lo delata, por lo que sus comentarios me halagan. A partir de ese momento, los días pasan y Marcus y yo nos convertimos en amigos;  compartimos momentos juntos y muy divertidos, además. Él me trata como una mujer, me respeta y cuida de mí. Se la pasa advirtiéndole a todos, que si me insultan se las verán con él. Es muy lindo, la verdad y, me gusta, que nos hayamos convertido en amigos. *** Hace un mes...en otro lugar. —Señor Benett, encontré a la chica adecuada —declara, con una sonrisa. —¿Estás seguro? Sabes que llevo tiempo buscando y no quiero fallas. Este asunto es de urgencia —pregunto, para asegurarme de hacer lo correcto. —No, señor, tengo el presentimiento de que ella es la indicada —insiste, en su decisión. —Confiaré en ti —determino—, quiero todos sus datos ¿Entendido? —Sí, señor, confíe en mí —pide y luego se aleja, para cumplir mi petición.  
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