1- Hecha para pecar.
Pov: Roma Bruno Duarte.
Pago el taxi y camino dentro de la capilla de la escuela buscando a alguien que pueda ayudarme.
— Hola… —todo está silencioso.
— Hola, señorita. ¿En qué puedo ayudarla? —el padre de la iglesia aparece.
— Padre, disculpe las molestias, estoy buscando a alguien para hablar del retiro que comienza hoy en la tarde, yo soy ex alumna y…
— Oh eres la joven que reemplazará a nuestro Felix, qué bendición, nuestro joven seminarista se ha enfermado y no queríamos dejar al hermano Cortés solo con todos los jóvenes, por eso las hermanas decidieron acudir a ex alumnos del lugar que pudieran estar interesados en ayudar —sonrío amable.
Que pena porque yo no pienso quedarme aquí, perder un fin de semana de trabajo y…
— Mira aquí está, ¡Adrián! —ese nombre me pone alerta.
Me volteo y lo veo acomodando flores en una esquina de la capilla.
No puede ser. ¿Qué hace aquí?
¿Es sacedote?
Esto tiene que ser una broma.
Por eso... Dios mío.
— Él es quien llevará el grupo de jóvenes, esperamos con su ayuda, son muchos chicos y la verdad para una sola persona es algo complicado —cuando Adrián levanta la vista y me ve, mi corazón late con fuerza.
Dios… mierda, ¿Le fue infiel a Dios?
Su mirada se paraliza al verme.
— Hijo, ella esa chica que te ayudará, Roma, estoy seguro que así te llamas porque la hermana Ines me lo dijo. Roma es perfecta, un nombre bendecido, señorita —está helado mientras camina hacia nosotros.
Un mes atrás.
Tomo el tercer shot de tequila antes de que sea mi turno, no he practicado nada y para no sentir la presión de ser perfecta, porque me gusta serlo. Beber ayuda a que todo me valga mierda.
— ¡ROMA, TE TOCA! —meto en mi boca una rebanada de limón y de camino al telón que divide los vestuarios del escenario lo tiro en un cesto.
— Hoy está lleno, recaudaremos mucho —expresa mi compañera.
— Espero estén muy ebrios, porque no tengo nada nuevo, solo tengo mi belleza y mi carisma —bromeo.
— Vamos, solo mírate, nadie estará viendo si practicaste, sal y consigue muchos billetes —chocamos los cinco y subo las escaleras al escenario.
El vitoreo de todos en el lugar es ensordecedor y concentrarse en el bullicio no es lo mejor, solo oigo la música.
Sé lo que causo en el público, conozco mis virtudes, a veces aburre saber qué dirán, que no importa qué pase, siempre buscarán para proponerme miles de cosas.
Lo fácil, no siempre es divertido.
Estoy en busca de un reto, algo que le dé más adrenalina a mi vida, algo que me haga sentir viva otra vez, como lo hacía esto cuando apenas empecé a hacerlo.
.
Bailo un buen rato, la cantidad de dinero que avientan es increíble. Hombres, mujeres, todos son muy generosos.
Termino mi turno y bajo del escenario, hay un encargado de juntar el dinero que cae al suelo y luego cada una recibe su parte.
Voy por mis cosas para cambiarme, estoy aburrida, quizás me tome una copa y vea qué encuentro para que esta noche se vuelva prometedora.
Salgo para caminar por el club, me pido un mojito.
— ¿Te acompaño, linda? Quizás hasta me haces un baile privado —alguien se me acerca mientras estoy sentada en la barra.
Me reconocen muy fácil. ¡Carajos!
— No, gracias, no estoy en mi horario de trabajo —lanza una risa.
— Vamos, un bailecito, probamos tu elasticidad —qué pesado.
— No —me levanto alejándome a la zona de las mesas privadas.
Siento varias miradas sobre mí, la atención me gusta, solo que estoy cansada de que siempre quieran un baile privado, que me busquen porque cogerse a la bailarina es cool.
Estoy fastidiada, así de simple.
Veo una mesa vacía al final del salón y me siento en el sillón del vip.
Quizás estar sola es lo más divertido y emocionante hoy.
— Está ocupado, señorita —jadeo y me volteo para notar que en el sillón circular justo en una esquina donde apenas da la luz, hay un hombre sentado con un vaso en su mano.
— Lo siento, yo…
— ¿Huyes? —se inclina a tomar la botella sobre la mesa y logro verlo bien.
Castaño, barba, unos ojos azules muy llamativos acompañados de una mirada gentil y hasta diría triste.
— Yo… nunca huyo, huir es de cobardes, nunca sería cobarde, solo…
— ¿Quieres robarme la mesa? —lanzo una risa y me meto más dentro del centro del sillón.
— Puedo robar lo que sea, tu atención, tus suspiros, tu corazón, menos una mesa —se ríe.
— Qué graciosa, no puedes robar un corazón que no existe —no me mira y eso es extraño. ¿Por qué no me mira?
Sus ojos están perdidos en ese vaso de licor que trae en su mano.
— ¿Qué hay de tu atención? —de repente él llama mi atención porque no logro llamar la suya.
— ¿Para qué una chica como tú querría mi atención? —me inclino sobre la mesa apoyando mis codos sobre ella.
— Porque eres guapo y misterioso —una risa ronca sale de sus labios y qué sexy se me figura este hombre.
— No lo soy, ninguna de las dos, solo… —sus ojos se posan en mí quedándose sin habla—. Dios, eres como un ángel, ¿vienes a llevarme al infierno por todos mis pecados? —sonrío ante su extraña reacción al observarme con detenimiento.
— Creía que los ángeles te llevaban al cielo —solo me mira, pasó de no dirigirme la mirada a tener sus ojos fijos en mí.
— También yo, solo que tú, te ves tan bien que está mal hasta mirarte, eres como la tentación y… debes marcharte, por favor, vete —enarco una ceja extrañada.
— Me estás echando, eso no es educado —niega y no me mira.
— Estoy muy ebrio y… —suspira y vuelve a mirarme—. Nunca vi una mujer tan hermosa como tú, miento, soy un mentiroso, sí la vi y eso es lo peor, que… eres tan hermosa, tan llamativa, necesito dejar de mirarte —sonrío, no tengo idea qué dice, solo sé que es muy lindo y acabo de decidir, que me voy con él o me voy con él.
— ¿Por qué no nos vamos de aquí mejor y me miras más a detalle, con más luz? —niega.
— No, no lo digas dos veces, verte a detalle, debe ser como… ¡No! Estoy divagando, es que yo… ha pasado tanto que, verte no ayuda, no ayuda nada. Tener a una chica así frente a mí, es un castigo, tú te ves joven y yo no soy joven, no lo soy… Dios santo, yo quiero ser bueno —me acerco más a él mordiendo mi labio inferior.
Él tiene algo que es único, una ternura que me vuelve loca. Quiere ser bueno y yo también.
— Yo soy una chica buena, muy buena y obediente, puedo ser buena contigo, arrodillarme frente a ti y ser una chica súper buena —pasa saliva y niega mientras abre su boca como un pez tartamudeando.
Me muero, tartamudea, me vuelvo loca si me tartamudea mientras se la chupo.
— Yo... no… no… pu.. puedo, tengo que irme, eres muy peligrosa y… y… he bebido mucho. ¿Entiendes? —pestañeo sin apartarle la vista.
— También he bebido algunos shots de tequila y este mojito. No me molesta que hayas bebido, me agradas, todo lo que dices, suena bien. Yo invito, salgamos de aquí, dejemos de sufrir —se levanta sin dejar de verme, como si las palabras no le salieran.
— Eres encantadora y hermosa, muy hermosa ¡Dios! Eres perfecta, tal como debes ser y no eres real, no puedes ser real, una chica linda no se acerca a un hombre como yo —se aleja y me quedo descolocada.
Me encanta, él me encanta y no se va a escapar, como que me llamo Roma Bruno Duarte.