I
Carla Mezzogori llevaba una vida sin sobresaltos, de vez en cuando salía con el marido, o con las amigas mientras que él quedaba en casa viendo algún programa deportivo en la televisión.
Los dos se habían encontrado bien juntos desde el primer momento, en sintonía, porque ninguno de ellos había dado señales de querer hacer nada distinto de lo que siempre hacían.
Hace falta decirlo, eran las típicas personas de costumbres fijas que no se esperaban nada de particular de la vida ni hacían nada para cambiar el destino a fin de que les ocurriese algo extraordinario.
No tenían hijos porque no se habían planteado jamás el tenerlos y, a esto, había que añadir el miedo a que pudiese ocurrir algo similar a lo sucedido a Luciano, el hermano de Carla.
Marco, el hijo de Luciano, desde el momento de su nacimiento había presentado alguna anomalía, si se puede decir así, y con el paso del tiempo sus padres habían descubierto que sufría de hemiplejía. En pocas palabras, en su caso tenía la parte derecha del cuerpo paralizada. No era capaz de mover ni el brazo ni la pierna.
Es verdad que, desde el comienzo, apenas fue confirmado el diagnóstico, Luciano y su mujer se informaron y se esforzaron para que el hijo viviese mejor, con terapias y esas cosas, pero la situación y su evolución natural habían contribuido a que Carla y su marido no quisiesen tener hijos.
La ausencia de un hijo propio y las condiciones del sobrino habían ayudado, por lo tanto, a la formación de un vínculo bastante fuerte entre Carla y Marco Mezzogori.
El muchacho tenía ya veinticinco años y desde su nacimiento había mejorado mucho, aunque no podía hablarse de curación.
Desde hacía unos años Carla iba a ver al sobrino, sola o acompañada por el marido, dos o tres veces a la semana; por lo general por la noche, a menudo cuando volvía del trabajo o después de cenar.
Sólo durante unos treinta o cuarenta minutos, justo el tiempo para ver cómo estaba, hacerle un poco de compañía y después volver a casa.
Ella y su marido, al igual que el sobrino y su familia, vivían en San Lazzaro di Savena, en la provincia de Bolonia, a pocos kilómetros del centro de la capital de Emilia-Romagna.
Los primeros vivían en el avenida de la Repubblica, una calle paralela a la vía Emilia; para ir a ver a su sobrino debían caminar sólo algunos cientos de metros hasta la cercana calle de la Rimembranze.
Carla Mezzogori, a decir verdad, no tenía una buena relación con la cuñada, la madre de Marco, sin embargo, cuando iba a ver al sobrino soportaba bastante bien la situación, a veces poniendo a mal tiempo buena cara.
Quizás también el carácter de Marisa Lavezzoli, este era el nombre de la mujer, había sido una de las causas de la desaparición del padre del muchacho, cuando éste era poco más que un adolescente.
Un detalle bastante extraño, que desde el principio habían notado Carla y su marido, era que Luciano Mezzogori se había ido de un día para otro sin decir nada a nadie, sin dejar nada escrito ni ningún rastro de otro tipo, como si de repente hubiese querido cambiar de vida dejando el pasado atrás, irse a tierras más o menos lejanas y no volver atrás.
La situación de los dos restantes miembros de la familia Mezzogori, es decir Marco y su madre, no era realmente halagüeña.
Desde el día en que el marido no estuvo ya con ellos, Marisa Lavezzoli había tenido que ocuparse ella sola del hijo hemipléjico, con todas las terapias y las curas respectivas, además de, obviamente, deber afrontar también los gastos de las dos intervenciones quirúrgicas a las que Marco había debido someterse en el transcurso de los años para intentar mejorar las condiciones de salud en las que se encontraba.
Desde que Luciano Mezzogori desapareciera, todos los ahorros iban destinados al tratamiento médico de Marco.
Por desgracia la madre no había conseguido nunca un trabajo a jornada completa y siempre se había debido contentar con algunos trabajillos esporádicos, de pocos meses o una duración parecida, con los que recolectar por lo menos el dinero suficiente para el propio sustento y el de su hijo, así como los gastos médicos necesarios para éste último.
Después de unos años, cuando las cosas empeoraron aún más, llegó el desahucio: ahora ya la madre no era capaz de pagar el alquiler, del que generalmente se ocupaba el marido, y al cabo de un mes Marisa Lavezzoli y su hijo debieron mudarse al apartamento actual.
Era uno de esos gestionados por el Ayuntamiento que eran concedidos a personas con estrecheces económicas y que costaba suficientemente poco como para poder permitírselo.
Por estos motivos sucedía a menudo que, cuando iba a visitarlos, la tía de Marco dejaba un poco de dinero con la esperanza de que fuese usado de la mejor manera.
A causa de su hemiplejía el muchacho llevaba de manera permanente una prótesis estabilizadora para el hombro y el brazo derecho y otra para la pierna derecha y a intervalos regulares le venía suministrada la toxina botulínica para aliviar la tensión muscular.
Obviamente Marco sentía gratitud por todo aquello que hacían por él, aunque no dejaba de sentir que era un peso para la madre, la tía o cualquiera que hiciese cualquier cosa por él.
Una de las personas con las que Marco, hasta donde podía decirse, había conectado, además de la madre y la tía Carla, era la enfermera que pasaba a verlos cada mañana cuando él debía despertarse y que también le ponía las inyecciones de toxina botulínica.
Lo trataba como si fuese su hijo y esto el muchacho se lo agradecía.
Daniela Rossi era una señora de unos cincuenta años que formaba parte del equipo médico que supervisaba a Marco desde el día en que había aparecido el problema de la hemiplejía. Al principio las enfermeras se iban alternando en la supervisión de Marco ayudándole en sus necesidades diarias, después, él mismo, por medio de la madre, había expresado el deseo de que fuese Daniela siempre la que se ocupase de él.
Cuando llegaba la enfermera, la madre de Marco se mantenía a distancia, en otra habitación del apartamento, para no ser un estorbo; generalmente, todas las operaciones, desde la mañana hasta la noche, le llevaban más o menos una media hora, a continuación Daniela se iba y volvía al día siguiente.
Lo mismo sucedía con Andrea Fusari, un experto en gimnasia de rehabilitación que supervisaba de manera privada a Marco Mezzogori dos veces a la semana.
Eran una excepción las ocasiones en que Marisa Lavezzoli encontraba uno de sus empleos ocasionales, que habitualmente la obligaban a salir de casa dejando al hijo solo: en esos casos la señora Rossi pasaba todo el tiempo con Marco hasta que volvía su madre.
Había también momentos en los que Marco quedaba solo en casa y esto ocurría cuando era necesario ir a comprar de manera imprevista.
Habitualmente se confiaba al servicio puesto a disposición por el supermercado, por lo que bastaba llamar por teléfono dejando una lista de la compra y un voluntario les llevaría todo a la casa, mientras que en el caso de compras no previstas la madre salía intentando hacerlo lo más rápido posible para no dejar a Marco demasiado tiempo solo.
El otro momento en que Marco quedaba solo era cuando escribía su diario personal.
Había tomado aquella decisión cuando había alcanzado la mayoría de edad.
El diario, para él, era un compañero inseparable, sobre cuyas páginas imprimía todas sus emociones, escribía lo que le apetecía escribir y con él, a veces, dialogaba como si el diario pudiese hablar con él. Allí anotaba los eventos y lo que le ocurría durante la jornada, todos sus pensamientos y emociones.
Evidentemente también consideraba el diario como un medio para desfogar todo lo que tenía dentro, ya que se sentía forzado a vivir en unas condiciones en las que no habría querido estar.
Se encerraba en su habitación antes de ir a dormir y transformaba las emociones en palabras hechas con tinta.
Por lo general intentaba terminar de escribir antes de que llegase la enfermera que lo ayudaba a acostarse, en caso contrario, ella lo dejaba hacer sin meterle prisa y, una vez que había terminado, se hacía cargo de él.