II

1817 Words
II Stefano Zamagni conocía a Carla Mezzogori porque vivían en la misma calle, a poca distancia uno de la otra: él, cerca de la Plaza de la República y ella en la intersección con el primer tramo de vía Venecia. La primera vez que habían hablado había sido por casualidad cuando, un día, él le ayudó a sacar del automóvil un paquete muy voluminoso y se había ofrecido, dado el peso, a llevarlo por lo menos hasta el interior del vestíbulo del edificio. Estaba pasando al lado del coche de la mujer cuando, viendo que tenía dificultades, se había ofrecido a ayudarla. Ella se lo había agradecido y después cada uno había seguido su camino. Desde aquel día había sucedido varias veces que se habían cruzado por la acera y que se saludaban y, con el pasar del tiempo, el inspector de policía había empezado a inti­mar con la mujer y, poco después, también con su marido. Lo que tenía Zamagni con Carla Mezzogori y Giuseppe Ruspoli no podía definirse como una auténtica amistad, pero sí que eran conocidos. Ellos, incluso, habían invitado a cenar a Zamagni alguna que otra vez en su casa, y así transcurrir un par de horas en compañía. Él, para compensarles, a veces llevaba algo de beber y a veces les invitaba a comer en el bar. Durante sus charlas hablaban de distintos temas entre los que se encontraban sus trabajos: Carla era funcionaria en la oficina de correos de Bolonia, en el barrio Manzzini, el marido trabajaba en un taller mecánico; se quedaron sorprendidos cuando Stefano Za­magni les dijo que él era inspector de policía. También hablaban de la preocupación de Carla Mezzogori por su sobrino hemipléjico, de la relación que tenía con el muchacho y del hecho de que ella y su marido no tuviesen hijos por miedo a que pudiese nacer un niño con los mismos problemas. Obviamente, también hablaban de cuestiones más intranscenden­tes. Desde que había conocido esta situación familiar Zamagni a menudo le preguntaba a Carla por las condiciones de salud del sobrino, sin que pareciese que se entrometía, y ella le decía que era más o menos estable. Obviamente el inspector no sacaba el argumento de repente sino que aprovechaba el momento en que la mujer hablaba de ello. Sólo le preguntaba cómo estaba el muchacho, porque, en el fondo, lamentaba que existiesen situaciones como ésta. Una vez Carla había hablado de su relación, realmente nada buena, con su cuñada y el hecho de que su hermano, el padre del muchacho, algunos años atrás, se hubiese ido, aparentemente, sin decir nada. Esto había contribuido a que en la mente de Zamagni apa­reciese la idea de que en aquella familia las relaciones no eran buenas. Todos estos pensamientos desaparecían de la mente del inspector cuando estaba en el trabajo, ocupado en la resolución de algún caso más o menos intrincado. En particular, había vivido hacía poco el inesperado epílogo de los hechos ligados a la Asociación Atro­pos. Zamagni no conseguía entender todavía lo que sucedía en realidad: estaba intentando concluir lo que parecía una sencilla investigación policial, hasta que había ocurrido algo extraño en lo que no había ni siquiera pensado. Y todo así, de repente. Estaba escuchando con los altavoces una llamada telefónica que le podría haber ayudado a identificar al auténtico culpable de los hechos que estaban ocurriendo en aquel período, cuando había llegado Emma Simoni, su vecina, para llevarle algunas de las exqui­siteces que habitualmente solía preparar y había reconocido la voz del otro lado de la línea telefónica. Justo en ese momento, Zamagni había dejado de comprender qué estaba ocurriendo, al me­nos en ese instante. Inmediatamente después hizo las debidas conexiones aunque no entendió cómo fuese posible una cosa parecida. Por lo que parecía, quien estaba hablando por el teléfono, era alguien legado a Atropos, pero también tenía relación, de alguna manera, con Daniele Santopietro, con el que el inspector Zamagni se había relacionado tiempo atrás. Después, estaba la carta que le habían enviado y las llamadas telefónicas que había recibido. ¿No le han entregado nada? Eso querrá decir que le llegará enseguida. Mientras tanto quiero felicitarle, había dicho su interlocutor, había colgado para llamarlo otra vez enseguida. Quería informarle de otra cosa, había añadido el hombre, es de buena educación que cada uno piense en sus asuntos, sin interferir en los ajenos. Pensaba que lo sabía, pero parece ser que me equivocaba. Tras la pausa que hubo después de la resolución de la investigación relacio­nada con la Asociación Atropos, Zamagni se había empeñado en resolver el misterio que todavía aleteaba alrededor de Daniele Santopietro, de la carta sibilina que le habían enviado y del desconocido que lo había llamado. ¿Era posible que estuviesen todas esas cosas co­nectadas? ¿Y de qué manera? Se ocuparía de cada detalle a su debido tiempo con la colaboración del agente Fi­nocchi, que siempre le había ayudado en la investigación hasta ahora y que también estaba relacionado, como él, con Daniele Santopietro. “Ahora yo debo salir para comprar unas cosas”, dijo Marisa Lavezzoli a su hijo mientras encendía el televisor, “Te dejaré sólo poco tiempo. Queda tranquilo y mira algo. ¿Qué canal prefieres?” Él le hizo entender que, en ese momento, daba igual qué canal fuese. Su madre puso sobre la mesa el telemando y salió. Cuando volvió, al cabo de media hora, la mujer encontró a su hijo donde lo había dejado, con la mirada fija en el televisor, como atontado. “¿Ves cómo he tardado muy poco?”, dijo ella, “Ahora, estoy contigo. Voy a sen­tarme a la cocina a leer algo. Si necesitas algo, da un golpe.” El hijo le respondió con un gesto de asentimiento y, después de un momento, siempre con el televisor encendido, escuchó a su madre que revisaba papeles. También aquella noche fue una de tantas, con la enfermera que apareció puntual para ponerle la inyección de toxina botulínica y para ayudar a Marco Mezzogori a acostarse. En cuanto oyó el timbre María Lavezzoli dejó a un lado todas las cosas que estaba leyendo y fue a recibir a Daniela Rossi, que se quedó el tiempo justo para hacer su trabajo y luego se fue. La noche transcurrió tranquila hasta el día siguiente, e igual el día después. Al siguiente ocurrió la tragedia. Era uno de esos días en que, al llegar del trabajo, Carla Mezzogori se paraba a ver a su sobrino Marco y su cuñada y, cuando llegó a su casa, le abrió la puerta Marisa Lavezzoli con una expresión en el rostro distinta de la habitual. Se transparentaba la desesperación, la de una persona que ha perdido todo lo que tenía y a quien no le había quedado nada. “¿Qué pasa, Marisa?”, preguntó Carla mientras entraba en el apartamento, “¿Ha ocurrido algo?” También ella se quedó sin palabras durante un rato al ver lo que había delante de ellas y, transcurrido el tiempo necesario para recuperarse de la conmoción, preguntó “¿Qué ha ocurrido?” La cuñada esperó unos segundos antes de responder, luego dijo, sencillamente: “No lo puedo explicar.” Después de enjugarse las lágrimas que le estaban cayendo por la cara, prosiguió: “Lo he encontrado así cuando he vuelto a casa. He ido un momento al supermercado de aquí al lado, habré estado fuera quizás… unos veinte minutos, treinta como máximo.” Carla miró fijamente durante un instante a su sobrino hemipléjico, que yacía inmóvil, tendido en el suelo del salón. Después se acercó a la ventana abierta. “Entonces, ¿tienes alguna idea de lo que ha podido suceder aquí?” preguntó Carla Mezzogori, con la voz rota. “Lo único que se me ocurre es que haya entrado alguien por la ventana para robar y que se haya encontrado, como único obstáculo, a Marco.” “¿Has comprobado si te han robado alguna cosa?” “Todavía no. Ni siquiera lo he pensado” respondió la cuñada. “Todavía estoy con­mocionada.” “Creo que lo mejor que se puede hacer es llamar a la policía.” “A decir verdad, por el momento no me siento capaz” objetó la señora Lavezzoli. “Querría recuperarme por lo menos un poco por lo que ha sucedido.” “Como prefieras” dijo Carla sin llevarle la contraria, “de todas formas te aconsejo que avises a las fuerzas del orden para que consigan echar algo de luz sobre lo ocu­rrido lo antes posible.” “Claro que lo haré” asintió la cuñada, sin ocultar su intención de cortar la conversa­ción, mientras que la otra mujer, en cuanto llegó a su casa, le contó a su marido Giuseppe lo que pasaba, el cual le aconsejó mencionar lo ocurrido al inspector Zamagni. “Ya que él pertenece al cuerpo de policía quizás consiga ayudarte mejor que cual­quier otro, e incluso se puede encargar del caso.” La mujer asintió. Stefano Zamagni acababa de poner en orden sobre su escritorio todo el material concerniente al caso de Daniele Santopietro, así como la carta que le habían entregado al final del caso de la Asociación Atropos, cuando sonó su teléfono móvil. “¿Estás ocupado?” le preguntó Carla Mezzogori. “Estaba a punto de poner en orden algunas cosas, no molestas para nada. Dime.” “Bueno… ¿te acuerdas de Marco, mi sobrino hemipléjico?” Zamagni asintió. “Ayer por la tarde, al volver del trabajo, paré en su casa para ver como estaba y, nada más llegar, me he encontrado con una escena que hubiera preferido no ver jamás.” “¿Qué ha sucedido?” “Realmente no sé como ha ocurrido” comenzó a explicar Carla Mezzogori, “en fin, mi cuñada estaba llorando y mi sobrino estaba en el suelo, muerto. Estaba solo en casa, me ha explicado mi cuñada. Quizás…” “¡Oh, por Dios! Lo siento muchísimo” dijo Zamagni después de unos segundos de vacilación, intentado cortar el torrente de lágrimas de la mujer. “¿Tienes alguna idea sobre la causa de su muerte? ¿Podría haber ocurrido por alguna extraña razón? ¿O pensáis que haya sido un intento de robo?” Ni siquiera el inspector Zamagni sabía exactamente cómo afrontar la situación que se le había caído encima, sin previo aviso. “Considerando que estaba la ventana abierta, una de las hipótesis, si no la más plau­sible, es esa. Mi cuñada tiene que comprobar si falta algo en su apartamento y creo que lo haya hecho ayer por la noche o quizás lo haga hoy. Ha dicho que, antes de nada, nece­sitaba recuperarse de la conmoción que ha sufrido.” “Comprendo” dijo Zamagni. “Si de verdad ha sido un intento de robo, seguramente el culpable deberá también responder de la acusación de homicidio. ¿No?” preguntó Carla Mezzogori. “Si las cosas ocurrieron de esa manera, no tengo ninguna duda al respecto” respon­dió el inspector sin tomar partido. “¿Estaríais dispuestos, quiero decir tú y tus colaboradores, a echar un vistazo?” “A decir verdad, estoy un poco apurado con otros casos urgentes, pero podré hacer un favor a una persona que conozco y ver cómo están las cosas” asintió Zamagni, “Algo fundamental es que nadie modifique nada del apartamento, pero imagino que ahora ya la escena del crimen haya resultado comprometida, si bien de manera involuntaria.” “Probablemente sí” le dio la razón la mujer. “Dudo que mi cuñada no haya tocado nada y dejado cada cosa como estaba.” “Lo he entendido. En este caso, creo que llegar hasta el culpable de lo sucedido será difícil, sea quien sea el que se ocupe de la investigación.” “No se cuál será tu decisión pero, de todas formas, agradezco tu interés.” “Haré lo que pueda, pero no te garantizo nada” fue la respuesta de Zamagni que, apenas terminada la conversación, fue a decirle al capitán Luzzi que se ausentaría durante un rato a causa de un imprevisto.
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