NARRA JOSH
Vuelvo al salón y veo que Jay recoge la camiseta de Alice del suelo y se la lanza. Vicky y Jenna siguen besándose sin tregua, están enfermas.
— Venga, cojones, os he dicho que tenéis que marcharos ya —Rick gruñe mientras mete la marihuana en un cajón. Me dirijo hacía ellas y tiro de… ¿Jenna? No tengo ni puta idea, soy incapaz de distinguirlas. Ella se gira para mirarme y se levanta sonriendo coquetamente. Rodeo su cintura y le como la boca una vez más. Hago lo mismo con la otra.
— Venga, largaos —les doy un pequeño azote para que caminen. Una de ellas se acerca a Rick y le besa, mientras él aprieta su culo y se despide de ella. Jay choca mi mano y sale con Alice por detrás. Nos despedimos todos y yo me acerco para cerrar la puerta. Cuando me doy la vuelta, veo que Rick sigue recogiendo las cosas, pero a mi comienza a entrarme el sueño.
— Hermano, deja toda esta mierda. Llama a Margot, joder, para algo la pagamos.
— Tardaría demasiado. Quiero recoger todo antes de que salga Wendy.
— Tú mismo —bostezo—. Hasta mañana.
— Oye, no te olvides que mañana tengo que ir antes así que vete en tu coche.
— Vale.
Entro en mi habitación y me tumbo en la cama sin abrirla ni quitarme los pantalones. Necesito una ducha para quitarme de encima los restos de la sesión de sexo de esta noche, pero estoy demasiado agotado. Los párpados empiezan a pesarme y la imagen de la mocosa en la bañera aparece en mi mente antes de caer rendido por el sueño. WENDY Salgo de la bañera y me pongo unos pantalones cortos de pijama y mi camiseta de los San Francisco 49ers. Todavía no me creo que esta vaya a ser mi habitación. Voy hacía el salón y veo a Rick recogiendo todo. Está solo.
— Deja que te ayude —digo cogiendo un par de botellas de la mesa.
— No, déjalo Wen, ya lo hago yo.
— ¿Esto es algo común? —pregunto enseñándole la tarjeta de crédito con restos de cocaína.
— Wen… —se incorpora y me mira.
— ¿Lo es? — Solo de fiesta —elevo las cejas con incredulidad— y no siempre.
— Ya sé cómo me dices —vuelvo a tirarla sobre la mesa.
— Oye, mañana tengo que irme pronto. ¿Tú que vas a hacer? —cambia de tema.
— ¿Dónde vas? — A trabajar. ¿Recuerdas aquel concesionario del que te hable?
— Sí. ¿Lo compraste, no?
— Sí, hace un año más o menos. Va de puta madre, me da bastante pasta y estoy contento.
— ¿Josh trabaja contigo? —pregunto mientras sacudo los cojines del sofá.
— Para mí. Trabaja para mí —matiza. Interesante. Así que es un subordinado, eso me da muchas opciones de vacilarle.
— ¿En serio? ¿Y qué hace? Espera no me lo digas, ¡limpia los coches!
— No —responde mirándome mal
—Hizo un grado de electro-mecánica. Es muy bueno así que le di trabajo en el taller del concesionario y ahora es el jefe.
— Vaya, me sorprende que sea bueno en algo aparte de drogarse y follarse a tías.
— Wendy, no empieces. Dale una oportunidad.
— Ya… lo que tú digas —ruedo los ojos. Le doy un beso en la mejilla y voy hacia mi habitación, pero le escucho a mi espalda.
— Oye, no me has dicho que vas a hacer mañana.
— Iré a la Universidad a echar la matrícula. He mirado por internet y hay bastantes plazas así que no será difícil entrar —me encojo de hombros.
— Vale. Si puedes, me gustaría que quedáramos a las doce en el juzgado central.
— ¿En el juzgado para qué?
— Bueno, Wendy, ya tienes dieciocho años así que ya puedes cobrar tu parte de la herencia. He quedado mañana con el abogado.
— ¿Y de cuánto dinero estamos hablando?
— Mañana lo verás —me guiña un ojo y sonríe. Voy a mi habitación y abro la cama.
A pesar de ser ya las dos de la madrugada soy incapaz de dormir. Me acerco al ventanal y observo la ciudad de noche. Siempre me he sentido pequeña entre tanta gente, fuera de lugar. Pero ahora, al menos, me siento un poco mejor. Ya no estoy tan sola teniendo a mi hermano. El despertador de alguien me saca de mi sueño. Lleva cinco minutos sonando y no lo apagan, así que salgo de mi cuarto con los ojos pegados y me paro en la puerta de enfrente de la mía, al final del pasillo. Toco dos veces pero nadie responde. Ese atronador ruido sigue en el interior y me está tocando las narices. Vuelvo a tocar y nada. Abro con cuidado y me asomo, viendo una inmensa habitación medio a oscuras.
Solo entra un poco de luz por las rendijas de las persianas, pero alcanzo a ver un perfecto culo dentro de unos bóxer azules, descansando boca abajo, con la cabeza enterrada bajo la almohada. Me acerco a la mesilla de noche tratando de no hacer ruido y cojo el móvil para apagar la alarma. Cuando giro para marcharme, una mano tira de mi muñeca haciéndome caer sobre la cama con Josh encima de mí.
— A lo mejor en ese internado del que vienes, era normal entrar en las habitaciones ajenas, pero aquí… mocosa… se llama primero.
— He llamado. Cómo siete veces, no es mi culpa que estés sordo —digo empujándole para levantarme.
— ¡Estás muy guapa por la mañana! —le escucho gritar antes de salir de su habitación dando un portazo.
Vuelvo a mi cuarto y miro el móvil. Joder, las siete de la mañana, este chico es idiota. No abren la secretaría hasta las nueve así que aún faltan dos horas. Ya estoy desvelada por lo que me pongo unos vaqueros largos y una camiseta normal, con una chaqueta fina de botones por encima. Me recojo el pelo en un moño despeinado y me maquillo de forma sencilla. Voy a la cocina y abro los armarios buscando una taza y algo de desayunar. Después de prepararme unos cereales y un zumo de naranja, me siento en una banqueta y enciendo la televisión. Escucho pasos en el pasillo y Josh entra sin decirme nada. Saca unas frutas de la nevera y las deja en un plato, sobre la encimera. Desde atrás, observo que las llamas que asomaban sobre sus hombros y brazos, también suben por su cuello.
— ¿Quieres una foto? —pregunta sin girarse.
— No te estoy mirando, estúpido engreído. — Ya —sé que está sonriendo por como lo dice. Coge un bote del armario y mezcla unos polvos con agua para después bebérselo.
— ¿Qué es eso?
— ¿No decías que no me estabas mirando?
— Que te jodan.
— Es una pequeña ayudita para mantener este cuerpo que tanto te gusta, mocosa.
— Eres un puto creído.
— Y tu muy mal hablada —rodea la pequeña isla de la cocina, quedando de pie a mi lado.
— Que te jodan —repito poniéndome a su altura.
Me mira fijamente y sonríe. Se acerca más y coloca un mechón suelto del moño tras mi oreja, para después acercarse a mi oído. Siento su respiración caliente.
— Normalmente, suelo ser yo el que jode a las tías. Si quieres que te lo haga también a ti, no tienes más que pedirlo, pequeña —susurra con calma.
— Ni en un millón de años dejaría que me trataras como a esas dos zorras gemelas de anoche.
Le pego un empujón y salgo de la cocina. Ya me ha jodido el día, no sé por qué coño pensé que esto sería buena idea.
Sale detrás de mí y sube por las escaleras de caracol que hay en el pasillo. No sé lo que habrá arriba pero no voy a subir ahora para averiguarlo. Me encierro en mi habitación y comienzo a deshacer la maleta, sintiéndome abrumada por la cantidad de espacio que tengo para guardarlo todo. En este armario entraría la ropa de todas las chicas de mi grupo en el internado. Cuarenta minutos después, cojo lo que necesito y voy hacia la puerta de la calle. Veo a Josh bajar las escaleras y dirigirse a la cocina, está sudado y la camiseta se le pega al cuerpo, marcando sus músculos. Me cago en la puta, está muy bueno. Escucho la licuadora y me asomo a la cocina, está preparándose un zumo con las frutas que ha sacado antes de la nevera. Entro y cojo un vaso para beber agua y disimular. Cuando me ve sonríe pero no dice nada, ni me mira. Se quita la camiseta y cuando paso por detrás de él, veo su enorme tatuaje. Es un fénix. Cubre toda su espalda y parte de su cuello, increíble.
— ¿Te gusta? —pregunta dándose la vuelta con el vaso en la mano.
— No está mal —respondo fingiendo indiferencia.
— ¿Dónde vas así vestida? —me mira de arriba abajo
— ¿Acaso tienes alguna reunión con un empresario cachondo?
— ¿Qué tiene de malo mi ropa? Voy a echar la matrícula para la universidad.
— En ese caso, espero que el director sea hombre. Así te cogerá y no tendré que verte el careto todo el día. ¿Eso ha sido un cumplido?
— Vete a tomar por el culo, Josh —digo saliendo de la cocina y del ático. JOSH Maldita niña. Está tremenda con esa ridícula falda y esa camisa que se ha puesto. Yo la aceptaría sin dudarlo si fuera el director, aunque solo fuera para alegrarme la vista todos los días. Termino el zumo de proteínas y voy a darme una ducha.
No sé cómo coño Rick me dejó quedarme con la mejor habitación, tiene hasta una pequeña piscina.
Según dijo entonces: “¿Para qué coño quiero una piscina en la habitación?”. Yo encantado, claro, no tengo ningún problema en que sea mi jefe, todo lo contrario. Me paga de puta madre y solo voy cuatro días a la semana, como él. Hoy es viernes así que solo trabajamos hasta las doce de la mañana. Después de vestirme y de abrir un poco todas las ventanas para que se ventile la casa, cojo las llaves de mi BMW serie 6 y bajo hasta el garaje. WENDY Estoy esperando a Rick en el juzgado. Hemos quedado a las doce y ya llega cinco minutos tarde, definitivamente lo suyo no es la puntualidad. Veo un increíble BMW gris aparcar en la puerta y, después de ver el ático, no me sorprende ver a mi hermano saliendo de él.
— Llegas tarde —digo apoyando las manos en las caderas.
— Lo siento, Josh me ha liado. — No me hables de ese imbécil. Mi hermano rueda los ojos y entramos al interior del edificio.
Todo el mundo está tecleando en sus ordenadores o hablando en voz baja, para no molestar a los demás. No me gustan los sitios tan serios. Después de hablar con el abogado de nuestros padres en un despacho y de firmar varios documentos, me entrega una cartilla, una tarjeta de crédito y un talón de cheques. Me quedo un poco alucinada porque, a ver, sé que mamá y papá tenían dinero pero, ¿tanto como para necesitar un talón? Los dos me miran esperando que abra la cartilla para ver la cantidad que he heredado. Sonrío con timidez y lo hago, sintiéndome ligeramente observada y presionada.
— ¡Joder! —se me escapa un pequeño grito cuando llego a la hoja principal de movimientos bancarios y veo la cantidad de ceros que tiene la cifra. Miro a mi hermano, que ahora tiene una gigantesca sonrisa en su cara y vuelvo a mirar el papel.
— Esto… ¿todo esto es mío?
— Sí —es el abogado el que responde
— Todo es suyo, señorita Moore. — Ricky, esto es mucho dinero.
— Dos millones cuatrocientos mil dólares. Sí, lo sé. Recibí lo mismo hace un par de años. A ver, nunca me faltó de nada cuando era niña y todos los años íbamos de vacaciones a hoteles lujosos, pero ver esta cantidad de dinero… me hace replantearme muchas cosas.
— Es alucinante, Ricky… no sé ni que decir…
— Sé exactamente cómo te sientes. Gracias a ese dinero pude comprar mi concesionario de BMW y los primeros coches para vender.
— ¿Y yo que voy hacer con tanto?
— Lo que tú quieras, princesa, es tu dinero —dice dándome un beso en la frente.
— Quiero un coche —me apresuro a decir
— Odio los malditos taxis en San Francisco.
— Para eso no necesitas dinero, Wen.
— No voy a dejar que me des un coche así por las buenas, quiero pagarlo.
— Eres mi hermana. Si no le cobré el suyo a Josh, mucho menos a ti.
— Así que ese estúpido te saca la pasta por todos lados.
— No, Wendy, él… también gana suficiente dinero.
— ¿De mecánico?
— De mecánico y de otras cosas.
— ¿Qué cosas?
— Ya, deja de hacer preguntas.
Le miro mal y nos despedimos del abogado para salir del juzgado. Entro en su coche para ir a casa y cuando llegamos, una de las putas de anoche está sentada en el sofá, bebiéndose una cerveza y mirando una revista.
— ¿Qué haces aquí, Jenna? —le pregunta mi hermano.
— Vicky —le corrige ella con cansancio. Parece que está hasta los huevos de que la confundan con su gemela. ¿Pero qué quiere? Son un clon e igual de zorras, además de enfermas. Por el amor de Dios, ¿a quién se le ocurre besarse con su hermana? Es asqueroso.
— Perdona, Vicky. ¿Qué haces aquí?
— Me ha llamado Josh. Quería cositas para esta noche —dice coqueteando y guiñándole un ojo.
— ¿Qué pasa esta noche? —pregunto dejando mi bolso sobre el sofá.
— ¿Tu otra vez? —la zorra me mira mal.
— Ella es Wendy, mi hermana. Y vive aquí, así que acostúmbrate a verla.
— O también puedes dejar de venir —finjo una sonrisa inocente.
— Mira, niñata…
—se levanta y camina decidida hacia mí. — Vicky —la interrumpe Josh—.
Toma tu pasta, ya puedes largarte.
— Pero Josh, pensé que…
— Pues pensaste mal. Fuera. Me fulmina con la mirada y sale por la puerta. Josh se acerca a la mesa y termina la cerveza que ella ha dejado de un trago. Rick deja las llaves de su coche sobre el recibidor y desaparece en su cuarto.
— ¿Qué tal en la universidad? —pregunta Josh dejándose caer en el sofá. — Bien. Me han dicho que lo más seguro es que me cojan, empezaría la semana que viene.
— Qué bien, estarás contenta. Allí podrás conocer a más niñas como tú y jugar con ellas a las Barbies — vuelve a levantarse y camina hacia mí.
— Hace tiempo que dejé de jugar a eso. A mí me va más jugar a los médicos… si sabes a lo que me refiero —le reto con la mirada, sin retroceder cuando se coloca cerca de mi cuerpo. Lo lleva pero claro si cree que puede intimidarme. Si piensa que sigo siendo la misma estúpida de hace cuatro años… se llevará una sorpresa
— A sí que te gusta jugar a los médicos, ¿eh? Está bien saberlo por si me pongo enfermo —dice rozando mi hombro al pasar.