El ritual de la barbacoa
—Mierda, Hanny ¿Qué fue todo eso allí dentro?
Mi corazón late a mil por hora, mientras trato de aguantar las ganas de abrir esa puerta y volver a lo que estaba haciendo.
Vamos, devuélvete…
¡¿Qué?! ¡No! No puedo, ¿no viste lo que acaba de decir?
Dijo que quería, pero…
El pero es el que me molesta. Aunque no puedo negar que se haya puesto caballeroso me gustó, ¡pero yo quería eso!
¡Señor, dame paciencia! Y una ducha de agua fría para esta pobre alma en desgracia...
—Hola, Hanny.
—Jesús, Perdón instructor Davis, me asustó.
—El que se asusta de sus maldades se acuerda—me dice sonriendo como si fuera el mejor de los chistes, pero a mí no me produce ni pizca de risa.
Idiota ¿Qué hace aquí?
—Pues creo que no vamos por ese lado, señor. Solo es que esto de que la academia esté tan vacía es extraño ¿sabe si hay fantasmas? Mire que juro que el otro día vi uno en el patio de tiro.
—Para nada, preciosa. Esas cosas no se ven por estos lados.
¿Me dijo qué?
Te dijo preciosa y te acaba de guiñar de un ojo…
—Pues entonces me equivoqué, con permiso, volveré a mi habitación.
Me doy la media vuelta y tomo el pomo de la puerta, prefiero a diablo conocido que a diablo por conocer y aunque le tenga ganas al que está ahí dentro, el que está cerca mío no me gusta para nada.
Y parece que tenía razón, porque el capitán Davis toma mi brazo y se apega a mi espalda tratando de detenerme.
—Podríamos verificarlo los dos, ya sabes, aprovechar que hay pocas personas en el lugar.
Diez… nueve… ocho… sie…
—Señor, yo.
Y la puerta se abre desde adentro cayendo mi hermoso cuerpecito encima de ya saben quién y arrastrando al otro imbécil que apenas y se alcanza a incorporar.
—¡DAVIS!
Está enojado…
—Je… jefe ¿qué hace aquí?
—La pregunta es ¿qué haces tú aquí molestando a mi novia?
—¿Su novia?
Y ya la fregó…
El capitán Davis está rojo y es claramente de vergüenza, en cambio yo estoy roja de furia, recién me acaba de dar un pero a hacer cochinaditas y ahora se colocaba en modo celoso frente a su subordinado ¡Y abriendo la puerta de mi habitación como si fuera el dueño de casa!
Respira Hanny…
Inhala… Exala...
¡Anda a decirle eso a tu abuela!
La veremos mañana…
Odio cuando tienes razón.
O sea siempre…
—¿Me vas a responder Davis?
—Usted acaba de… de…decir…
—Sé lo que acabo de decir, Davis. Ahora ¿Quieres que te vuelva a preguntar?
—No, señor. Solo estaba por preguntarle a su novia si lo había visto, pero veo que usted está aquí.
—¿Y para qué me necesitas?
—Llegaron los suministros y necesito de su aprobación—dice dudoso y me atrevo a ver a Ben con cierta cara de suspicacia.
—Bien, vamos.
Y se fue con ese otro intento de galán de pacotilla.
Por suerte, la tarde estuvo tranquila por lo que me pude comunicar con el judas de Lamas para que empezara con la búsqueda de lo que había sucedido hace cinco años, si había alguien que podía hacerlo que no fuera Cam ese era Agustín. Además, no quería molestar a eso otro porque prefería tenerlo frente a frente para hablar.
Estuvimos hablando como media hora hasta que me avisó que debía ir a ver algunas cosas de su bella durmiente, ¿Quién diría que el amor lo tendría así? Y eso que la chica había despertado y no lo reconocía, bueno como lo iba a conocer si estuvo en coma por varios años y él fue quien la rescató de las garras de ese maldito animal, pero algo en la voz de mi amigo me preocupó.
Otro caso más para resolver, querida...
Eso creo, conciencia, eso creo.
La noche llegó y por suerte el incordio del señor pesadilla no se apareció, así que dormí como una bebé.
En la mañana me levanté fresca como una lechuga y busqué lo que me pondría, cuando abrí el saco me quise morir.
—Mel Scott, te juro que me las vas a pagar.
Dejé el vestido colgado en el perchero y me fui a bañar, coloqué a imagine dragón y mientras cantaba a todo pulmón Sharks me lavaba mi larga cabellera, dios extrañaba mis rulos, pero ese alisado que me hicieron en el salón de la hermana de Somerson era bastante persistente.
Cerré la llave de la ducha y entre medio del vapor aproveché de secarme bien y colocar cremas y un poco de mi perfume favorito, volví a colocarme la toalla y salí toda campante para terminar de vestirme.
—Dios santo ¿No sabes tocar la puerta?
Sí, ahí estaba él. Tal y como se lo pedí, enfundado en unos jeans negros y una camiseta blanca ajustadita a cada uno de sus musculitos y botas militares.
Galán de galanes…
—No sabía que tenía que esperar afuera, llevo casi diez minutos esperando a que salgas del baño, mira que gastas bastante, el erario fiscal se empobrecerá con tus duchas tan largas.
—Idiota.
—¿No te alegra verme?—dice, levantándose de mí cama y parándose frente a mí. ¡Diantres! Comenzó a hacer calor y afuera está nevando.
—En estos momentos no—lo digo aclarando mi garganta y mirándolo a esos ojazos que se gasta.
—Qué lástima — y ahora se hace la víctima, ¡Señor, dame paciencia!
—¿Podrías salir para vestirme?
—Mejor que no.
—¡¿Qué?! ¿Te volviste loco?
—Noup, pero Davis venía conmigo y estoy seguro que está cerca tratando de escuchar que pasa dentro de esta habitación.
—Por qué será que no te creo.
—Pues sal y verifica el perímetro.
Y eso hago, camino pasando de él y estoy por abrir la puerta cuando el me toma de la cintura y me detiene.
—¡Oye!
—No vas a salir así al pasillo, nadie tiene derecho a verte así, solo yo.
—Idiota.
—Deja de decirme así.
—Deja de actuar como uno.
—No me retes, Hanny.
—No me retes tú a mí, Henderson y ahora sal que no quiero llegar tarde.
—Mejor voy al baño, necesito refrescarme.
—¡¿Qué?!
Me da un sutil cariñito en la mejilla y entra a mi baño, para lo que sea que quiera hacer y desde adentro me grita.
—Tienes diez minutos, niña malcriada y contando.
Reviré los ojos hasta que se pusieron blancos y no me quedó de otra que hacerle caso a don pesadilla.
Tomé mi ropa interior y en un acto digno del maestro del escapismo, o sea Harry Houdini, me la puse, seguí con las medias y luego tomé el bendito vestido que había escogido mi casi ex amiga.
Aproveché de tomar mis botas y colocarlas en mis piernas, de verdad que el clima estaba raro porque ahora sentía un poquito de frío y el cuero me me calentó los pies. Me levanté para cerrar el cierre del vestido cuando la puerta de mi baño se abrió. Definitivamente este hombre no conocía de tiempo y espacio, pero lo peor fue ver la cara de molestia que se cargaba.
—Ah, no señorita. Usted no sale con eso a la calle.
Pff… dale una patada en las bolas, please…
Tranquila, conciencia, en este momento creo que en eso estábamos de acuerdo, tampoco me gusta lo que eligió Mel, pero como no era de seguir sus órdenes solo me alejé y seguí con mi tarea Titánica de transformarme en la hermosa novia de mentirita.
—¿Te conté que me importa una mierda lo que pienses?
Me encanta…
Mejor salgamos de aquí, amiga conciencia. Y dejémoslo tirado ¿Quién se cree para decir cómo vestirme?
O desvestirte…
No empieces o también te dejo aquí.
Está bien.
Por enésima vez en lo que lleva de la semana, paso por su lado, pero ahora dándole un golpe con mi hombro, que con suerte le tocó las costillas. El muy idiota me gruñó y camina tras de mí como perro con rabia, pero ya dije, me importa una mierda.
Escucho el sonido de la alarma del auto y sin importarme nada, como también he dicho por enésima vez, me subo y coloco mi cinturón. Lo veo negar y aunque está cabreado no hace ni dice absolutamente nada, enciende el motor, se coloca el cinturón y pone en marcha el auto.
Los cuarenta y cinco minutos que duró el viaje ninguno de los dos no dijo absolutamente nada, es que es un odioso, insoportable, hijo de la gran fruta.
Sexi papucho, con el que quieres hacer ESO…
—¡No te metas!
—No he dicho absolutamente nada, Hanny. Desde que salimos de la academia te has dedicado a refunfuñar y maldecir por lo bajo y lo he soportado, pero creo que debemos hablar antes de entrar a esa casa, no podemos llegar así.
—Es simple, Benedict. Tú has tu papel que yo haré el mio y todos felices.
No se en qué momento es que estamos entrando por el portón principal y peor aún ni siquiera me había dado cuenta de que estábamos discutiendo en el estacionamiento de la casa de los abuelos. Hasta escucho el golpeteo en mi ventana y al darme la vuelta la cara de pocos amigos de una de las personas más importantes de mi vida.
—¿Se van a bajar o tenemos que hacer una ronda para que se dignen en dejar de discutir como si ya estuvieran casados? ¿O será que ya se casaron?
El grito, casi aullido de mi padre al escuchar lo que acaban de decir y verlo desplomarse justo al lado del abuelo Adam es la guinda del pastel. Me agarro las mechas y ahora pienso seriamente que debí tomarlas en una coleta, porque juro que quedaré calva. En cambio, el señor pesadilla hace lo impensable.
—¡Suegro!
Sí, el sexi papucho sale corriendo del auto a socorrer a su suegrito de mentira y yo me meo de la risa…
—No pensé que la bienvenida al ritual de la barbacoa fuera tan efusiva y dramática.
—¡Abuela!
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