2. Gracias por romperme el corazón

1274 Words
Kassandra se encontraba recostada sobre la fría madera de la puerta de su habitación, con el corazón latiendo con fuerza. La charla con Christian se había transformado en una discusión tan acalorada que Alfred tuvo que intervenir, permitiéndole escapar de su agarre y huir. La ferocidad y la ira en el rostro de su aún esposo la llenaban de miedo y, al mismo tiempo, de una extraña emoción, pues jamás había mostrado más que indiferencia hacia ella. Sin embargo, debía detener esos pensamientos. Se golpeó el rostro con las manos y deslizó su espalda por la fría madera de la puerta hasta sentarse en el suelo, abrazando sus rodillas. Se sentía patética, llorando por alguien como Christian. Lo que más le dolía era la forma en que su inocencia moría lentamente. Esa inocencia que la había acompañado durante 25 años y que ahora estaba desapareciendo. —Basta, basta, Kassandra —se dijo a sí misma, limpiando sus lágrimas con fuerza y levantándose del suelo. Hasta llegar a la cómoda junto a su cama tomando la pequeña libreta que había en ella. Las últimas palabras de Kassandra Blackwood resonaron en su diario como un lamento ahogado: "Gracias, Christian Blackwood, por romperme el corazón". Con un gesto definitivo, lo arrojó a la maleta sobre la cama, sepultando entre sus páginas el dolor que Christian le había infligido. En ese instante, tomó una decisión: jamás volvería a permitir que ningún hombre la hiciera sentir tan vulnerable. No más lágrimas por un amor que no supo reconocer su valor. Adiós a la ingenua imagen de la chica que anhelaba un amor de cuento de hadas. La decisión que había tomado no era solo por ella, sino por el hijo que crecía en su interior. Si debía luchar, sería por él o ella. Soltó un último suspiro y reunió la fuerza que le quedaba para empacar sus cosas. Lo más patético era que todo lo que consideraba suyo cabía en su maleta de mano. La misma con la que había llegado y con la que se iría. Todo lo demás lo dejaría, no lo necesitaba. Sabía lo que Christian pensaba de ella, que era una interesada que lo único por lo que se había casado con él era por su dinero; más de una vez, estando ebrio, se lo había dicho. Si ella no fuera una don nadie, si tuviera algo de valor, él la habría amado. Eran sus frases favoritas con las que él trataba de hacerla sentir culpable. Ella había callado todas esas veces, convencida de que su amor era tan grande que él terminaría enamorándose de ella y podría decirle la verdad. Qué tonta e ingenua había sido. Ahora debía encontrar el valor para hacer la llamada que la llevaría lejos de Christian. Pero antes, tenía que hacer algo más. Aun así, cuando la llamada fue contestada, sonrió. Por su parte, Christian no podía comprender la osadía y el coraje de Kassandra para enfrentarlo de esa manera. La respuesta que ella le había dado a su pregunta: "¿A qué juego estás jugando?" lo dejó sin habla. La manera en que Kassandra había estallado contra él era algo que no podía sacar de su mente. Esos ojos siempre llenos de amor hacia él se habían transformado en dos esmeraldas frías e indiferentes. Los papeles del divorcio en sus manos se convirtieron en pequeñas dagas que lo herían, incitándolo a perder el orgullo y subir a la habitación de ella para pedirle una segunda oportunidad. Sin embargo, no lo haría. Su ego todavía era lo suficientemente fuerte como para no ver la realidad frente a él. Pensaba que ella solo estaba tratando de incomodarlo, de recordarle su tercer aniversario de manera tonta e infantil. Dejando la carpeta con los papeles del divorcio sobre su escritorio, volvió a su trabajo. El día siguiente llegó para ambos. Ninguno había dormido, cada uno pensando en lo que haría. Christian seguía convencido de que Kassandra solo estaba bromeando y que la noche anterior había sido un berrinche. Ella, por su parte, estaba más que convencida de la decisión que había tomado. Tras dar instrucciones al mayordomo para que su colección de primeras ediciones de Jane Austen se enviara a la biblioteca pública, tomó su maleta y se dirigió a la salida. Como era de esperarse, no había nadie para despedirse de ella; todos estaban ocupados con sus labores, las sirvientas ayudando a la cocinera a preparar el desayuno. Solo Alfred, el asistente de Christian, se cruzó con ella al llegar a la puerta. —Señora Kassandra —la saludó—, ¿a dónde va? ¿Quiere que la lleve? Ella negó con la cabeza, rechazando su ayuda y saliendo por la puerta de la mansión que había sido su hogar durante tres años. Alfred la observó caminar hacia la salida sin titubeos. Se sorprendió cuando un auto n***o convertible y de lujo se estacionó frente a la puerta. Un hombre atractivo bajó del auto, le abrió la puerta y, tras un breve abrazo, ella subió al vehículo. —¿Te encuentras bien?— le preguntó el hombre tras el volante a Kassandra viendo con algo de curiosidad la mansión de donde ella había salido. —Si— respondió ella tratando de que su voz no la delatara o se quebrara. —Esta bien no seguiré preguntando, por cierto. Todo mundo se va a alegrar cuando sepan que por fin la hija pródiga va a volver a casa. Una fiesta será lo primero que se hará, después pueda que seas llevada a todos lados como prueba de que esa fiesta fue real. Ella sonrió al escuchar lo que le dijo su acompañante, acomodándose en la silla del convertible. Tal vez volvía a casa, pero ya no como la chica inocente e ingenua que todos conocían. Una hora más tarde, Christian se encontraba sentado en el comedor, como todas las mañanas, con un café a un lado y el periódico abierto en la sección de economía. Esperaba que Kassandra bajara para decirle que irían a almorzar a su restaurante favorito y celebrarían su aniversario, haciéndola olvidar su absurda idea del divorcio. No podía divorciarse en ese momento; estaban a punto de competir por una licencia especial para una cadena de resorts en Bora Bora, y sus posibilidades de ganar serían mayores si se mostraba como un hombre de familia. Un divorcio sería perjudicial para él. Además, estaba seguro de que Kassandra lo amaba. Solo estaba haciendo una rabieta de la cual él se encargaría. —Alfred, por favor, reserva una mesa para dos en el restaurante favorito de la señora Blackwood —ordenó a su asistente. Luego, se dirigió a la señora Morris, la cocinera—. Por favor, señora Morris, vaya a decirle a la señora Kassandra que baje a desayunar. Los sirvientes se miraron entre ellos, sin saber quién respondería. Fue Alfred quien, tras una profunda exhalación, contestó. —La señora Kassandra se marchó esta mañana. —¿Qué quieres decir con que se ha marchado? —preguntó Christian, levantándose de la mesa y subiendo rápidamente hasta el cuarto de Kassandra. Tal y como había dicho Alfred, ella no estaba allí. El cuarto estaba vacío, sin rastro de que alguien hubiera estado, salvo los costosos vestidos colgando de los percheros. Era como si ella nunca hubiera estado allí y esos tres años de matrimonio hubieran sido solo parte de su imaginación. Christian soltó una carcajada que inundó toda la habitación. ¿Se había vuelto loco? Tal vez. Pero de algo estaba seguro: si un día volvía a encontrarse con ella, la haría pagar por haberlo dejado de esa manera.
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