22Joh Fredersen estaba de pie en la habitación en forma de cúpula de la Nueva Torre de Babel esperando a Slim, quien debía traerle noticias de su hijo. Una oscuridad fantasmal cubría la Nueva Torre de Babel. La luz había desaparecido por completo. Había muerto para siempre en el momento en que la gigantesca rueda del corazón de Metrópolis se saliera de su estructura con un rugido semejante al de mil bestias heridas y, todavía girando, ascendiera al techo, rebotara en él con un estruendo demoledor propio de un gong tan grande como el cielo, para venir a caer y destrozarse sobre las ruinas de la hasta entonces obra maestra de acero. Joh Fredersen estuvo mucho tiempo de pie en el mismo sitio, sin osar moverse. Le parecía que había pasado toda una eternidad desde que enviara a Slim en busca

