23—¡Amada mía! —dijo Freder. Era la llamada más suave, con el tono más dulce de que es capaz la voz humana. Pero tampoco María contestó a ella, como no había respondido a los gritos de desesperación con que el hombre que la amaba luchaba por volverla en sí. Yacía sobre los escalones del altar mayor, tendida en toda su belleza, la cabeza entre los brazos de Freder, las manos entre las manos de su amado. El corazón le latía lentamente, apenas perceptible. No respiraba. Se hallaba hundida en lo más profundo de un agotamiento total del que ni un grito, ni una súplica, ni una palabra de desesperación era capaz de sacarla. Parecía muerta. Una mano se apoyó en el hombro de Freder. Volvió la cabeza y se encontró con el rostro de su padre. ¿Era este su padre? ¿Era este Joh Fredersen, el Amo de

