24—¿Freder? —susurró una voz muy dulce. —¡Sí, amada mía! ¡Háblame! ¡Háblame! —¿Dónde estamos? —En la catedral. —¿Es de día o de noche? —Es de día. —¿No estaba aquí tu padre con nosotros ahora mismo? —Sí, amor mío. —¿Y puso su mano sobre mis cabellos? —¿Lo sentiste? —¡Oh, Freder! Cuando tu padre estaba aquí me pareció oír un manantial poderoso que amenazaba con estallar en el interior de una roca. Un manantial de aguas tintas en sangre. Pero supe también que, cuando el manantial fuera lo bastante fuerte para surgir a través de la piedra, sería más dulce que el rocío y más blanco que la luz. —Bendita seas por tu fe, María. Ella sonrió. Guardó silencio. —¿Por qué no abres los ojos, amada mía? —preguntó Freder anheloso. —Veo una ciudad que se alza bajo la luz. —¿La construiré yo

