Capítulo 2: El Primer Latido del Reloj

1538 Words
​El sol no entró en el apartamento de Jhon y Sergei de forma heroica; se filtró como un intruso gris a través de las cortinas raídas, iluminando las motas de polvo que flotaban sobre la cama deshecha. Jhon no había dormido. Había pasado la noche observando el pequeño bulto bajo la piel de su muñeca izquierda. No era una cicatriz, sino un punto carmesí, un estigma tecnológico que palpitaba con un ritmo distinto al de su corazón. ​A su lado, Sergei respiraba con una pesadez envidiable. Para Sergei, el pacto de la noche anterior no era una condena, sino un contrato de liberación. Jhon, en cambio, sentía que habían vendido una parte de su humanidad que no sabían que poseían. ​Exactamente a las 6:00 AM, el silencio del cuarto se rompió. No fue una alarma común. Fue un sonido sintetizado, una frecuencia aguda que pareció vibrar directamente dentro de sus cráneos. ​—¡Mierda! —exclamó Sergei, sentándose de golpe y frotándose los ojos—. ¿Qué fue eso? ​Jhon no respondió. Su teléfono, un modelo antiguo con la pantalla astillada, brillaba sobre la mesa de noche con una intensidad sobrenatural. En la pantalla no había notificaciones de r************* ni mensajes de texto. Solo un fondo n***o con letras blancas y elegantes: ​RETO #1: EL VALOR DE LA VERDAD Objetivo: Obtener la suma de $5,000 en efectivo antes de las 12:00 PM. Instrucciones: No se permite el uso de ahorros, préstamos bancarios ni trabajo convencional. El dinero debe provenir de un "intercambio de secretos". Ubicación sugerida: El Mercado Central. Consecuencia del fallo: Bloqueo de suministro eléctrico y desalojo inmediato por mora judicial automatizada. ​Jhon sintió un frío súbito. —"Desalojo inmediato por mora judicial automatizada"... Sergei, ellos ya controlan el sistema. El señor Miller no nos va a echar; lo va a hacer el propio gobierno o quien sea que maneje este juego. ​Sergei, lejos de asustarse, saltó de la cama. Sus ojos brillaban con una determinación febril. —Cinco mil dólares, Jhon. En seis horas. ¿Sabes cuántos meses tenemos que cargar cajas para ganar eso? ¡Es nuestra oportunidad! ​—¿Intercambio de secretos? —Jhon se puso de pie, su cuerpo flaco temblando ligeramente—. ¿Qué significa eso? No tenemos secretos que valgan cinco mil dólares, Sergei. Somos nadie. ​—Todos tienen secretos, Jhon —dijo Sergei mientras se ponía los pantalones a toda prisa—. Y en el Mercado Central, hay gente dispuesta a pagar para que ciertos secretos no salgan, o para comprar los de otros. El juego nos está dando una dirección. Vamos. ​El Mercado de las Sombras ​El Mercado Central no era solo un lugar para comprar verduras y carne barata. En sus niveles inferiores, bajo las bóvedas de concreto húmedo, existía un ecosistema de prestamistas, informantes y desesperados. ​Mientras caminaban por los pasillos abarrotados, Jhon sentía que la luz roja bajo su muñeca quemaba. Estaba seguro de que todos podían verla, de que eran blancos móviles. Sergei, por el contrario, caminaba con una confianza renovada. Se sentía parte de algo más grande, un elegido en un mundo de sombras. ​—Mira allá —susurró Sergei, señalando a un hombre gordo y sudoroso que hablaba por tres teléfonos distintos en un rincón oscuro de una cafetería—. Ese es "El Turco". Maneja las apuestas clandestinas del puerto. ​—¿Y qué vamos a hacer? ¿Ir y preguntarle sus secretos? Nos va a matar, Sergei —siseó Jhon, agarrándolo del brazo. ​—No. El juego dijo que el dinero debe venir de un intercambio. Mira tu teléfono otra vez. ​Jhon desbloqueó el dispositivo. La pantalla había cambiado. Ahora mostraba una foto borrosa de un sobre manila escondido detrás de un conducto de ventilación en el baño de hombres del mercado. Bajo la foto, un texto: "La verdad sobre la inspección sanitaria del próximo lunes. Véndesela al Turco". ​—Nos están dando las herramientas —murmuró Jhon, horrorizado—. Nos están convirtiendo en extorsionadores. ​—Nos están dando poder, Jhon —corrigió Sergei—. El Turco va a perder millones si cierran sus almacenes por esa inspección. Pagar cinco mil es una ganga para él. ​Jhon sintió una náusea profunda. Su sentido moral, ese que lo obligaba a pedir perdón incluso cuando alguien lo golpeaba por accidente, estaba gritando. Pero luego recordó el aviso de desalojo. Recordó a Sergei durmiendo en un banco del parque. Recordó el hambre. ​La Transacción ​El baño del mercado olía a cloro y orina vieja. Jhon vigiló la puerta mientras Sergei, con la agilidad de un gato, trepaba por los lavabos para alcanzar el conducto de ventilación. Tras unos segundos de forcejeo, Sergei bajó con el sobre manila. Adentro había fotos: ratas en los frigoríficos, sobornos a inspectores anteriores, fechas y nombres. Era dinamita pura. ​—Yo iré —dijo Jhon de repente. Su voz era firme, sorprendiéndolo a sí mismo—. Tú eres demasiado impulsivo, Sergei. Si él sospecha que intentas jugar con él, te hará daño. Yo parezco... inofensivo. Analizaré la situación y cerraré el trato. ​Sergei lo miró con sorpresa, luego con orgullo. Le entregó el sobre. —Ten cuidado. Estaré a diez metros. Si toco mi silbato, corre. ​Jhon se acercó a la mesa del Turco. Sus piernas se sentían como gelatina, pero su mente, entrenada en años de ansiedad y sobreanálisis, empezó a calcular las variables. El Turco lo miró con desdén. ​—¿Qué quieres, flaco? No acepto limosnas aquí. ​Jhon dejó caer una sola fotografía sobre la mesa. Una donde se veía el rostro del Turco entregando un fajo de billetes a un inspector municipal. El hombre se quedó congelado. El ruido de la cafetería pareció desaparecer. ​—El lunes hay una inspección federal. No son los de siempre. No aceptan billetes pequeños —dijo Jhon, su voz sonando extrañamente mecánica—. Usted necesita este sobre. Yo necesito cinco mil dólares. Ahora. ​El Turco soltó un gruñido, su mano se movió hacia su chaqueta, pero Jhon no retrocedió. Sabía que Sergei estaba mirando, y sabía que el "Juego" los protegía... o al menos eso quería creer. ​—Eres valiente para ser un muerto de hambre —dijo el Turco, sacando un fajo de billetes de un sobre debajo de la mesa—. Cinco mil. Ni un centavo más. Dame el resto de las fotos. ​Jhon tomó el dinero. Sus dedos rozaron la piel grasa del hombre y sintió una descarga de adrenalina que nunca antes había experimentado. No era miedo. Era triunfo. ​El Sabor de la Victoria ​Salieron del mercado casi corriendo. Se refugiaron en un callejón estrecho para contar el dinero. Billetes de cien, crujientes y reales. Sergei soltó una carcajada salvaje y abrazó a Jhon, levantándolo del suelo. ​—¡Lo hicimos! ¡j***r, Jhon, lo hicimos! —gritó Sergei, besándolo con una pasión desesperada. ​Jhon se dejó besar, pero sus ojos estaban fijos en el fajo de billetes. Eran cinco mil dólares ganados en menos de una hora. Cinco mil dólares obtenidos mediante la destrucción de la reputación de otro hombre (aunque fuera un criminal). ​De repente, ambos teléfonos vibraron al unísono. ​RETO #1 COMPLETADO. Balance actual: $5,000. Estado: A salvo por hoy. Próxima actualización: 00:00 AM. Nota: El dinero es suyo. Disfrútenlo. La libertad tiene un sabor dulce, ¿verdad? ​—Vamos a comer —dijo Sergei, guardando el dinero en su chaqueta—. Vamos al mejor restaurante del centro. Vamos a comprarte ropa nueva. Vamos a... ​—Sergei —lo interrumpió Jhon, guardando su teléfono—. Acabamos de extorsionar a un hombre. ​—Acabamos de salvar nuestro hogar, Jhon. No me vengas con sermones ahora. Él es un delincuente, nosotros solo... equilibramos la balanza. ​Jhon asintió, pero por dentro, el auto-reproche ya estaba empezando a carcomerlo. Se miró la muñeca. La luz roja se había vuelto verde. Por un momento, se sintió como una mascota premiada por aprender un truco nuevo. ​Esa tarde, comieron carne cara y bebieron vino que costaba más que su alquiler anterior. Por unas horas, olvidaron la humedad del apartamento y el miedo al futuro. Pero mientras Sergei reía y planeaba cómo gastar el resto del dinero, Jhon no podía dejar de pensar en la advertencia del hombre del traje: ¿Cuánto vale su amor cuando el hambre aprieta? ​Habían ganado el primer asalto. Pero Jhon sabía que el Juego no se trataba de dinero. Se trataba de ver cuánto de ellos mismos estaban dispuestos a amputar para seguir ganando. ​Al llegar la noche, el apartamento se sentía distinto. El silencio ya no era de pobreza, sino de expectativa. Se acostaron juntos, pero por primera vez, Jhon sintió una distancia invisible. Sergei estaba soñando con el siguiente reto, con la gloria, con el poder. Jhon, en cambio, estaba despierto, esperando el vibrar del teléfono que, sabía, les pediría algo mucho más caro que un secreto de mercado. ​El reloj marcó las 11:59 PM.
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