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El precio de nosotros

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Jhon y Sergei apenas sobreviven con sus sueldos mínimos, atrapados en una rutina que les roba sueños y esperanza. Una noche, cada uno recibe una misteriosa invitación: un juego secreto, lleno de retos que desafían la moral y ponen a prueba sus límites. Las reglas son simples: cumplir cada desafío garantiza dinero, prestigio y la posibilidad de escapar de la pobreza. Pero las consecuencias de fallar… son desconocidas. Mientras Jhon y Sergei se sumergen en este mundo oculto, deberán decidir hasta dónde están dispuestos a llegar por una vida mejor. ¿El amor que los une será suficiente para resistir la tentación, o el juego los convertirá en enemigos bajo la mirada de quienes controlan su destino?

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Capítulo 1: El Hambre de los Sueños Olvidados
​El segundero del reloj de pared en la cocina de Jhon y Sergei no avanzaba; más bien, parecía tropezar. Tenía un sonido metálico, un clac-clac irregular que martilleaba los nervios de Jhon mientras contaba las monedas sobre la mesa de fórmica descascarada. Eran exactamente las diez de la noche. El aire en el pequeño apartamento del cuarto piso olía a humedad vieja y al café barato que Jhon recalentaba por tercera vez. ​—Diez con cincuenta —susurró Jhon, su voz apenas un hilo de aire—. Eso es lo que nos queda para el resto de la semana, Sergei. ​Desde el marco de la puerta, Sergei lo observaba en silencio. Su figura era un contraste vibrante contra las paredes descascaradas. A pesar de los dos turnos en el almacén de carga, Sergei mantenía una energía eléctrica, una especie de desafío silencioso en la mirada que a Jhon, a veces, le aterraba. Sergei se acercó, sus botas gastadas resonando en el suelo de madera que crujía con cada paso. Se colocó detrás de Jhon y puso sus manos, callosas y calientes, sobre los hombros tensos de su pareja. ​—No lo cuentes más, Jhon. El número no va a crecer porque lo mires con miedo —dijo Sergei, su voz profunda teñida de un pragmatismo que rozaba la insolencia. ​—No es miedo, es realidad —replicó Jhon, cerrando los ojos y dejándose caer contra el pecho de Sergei—. Mañana vence el alquiler. El señor Miller no va a aceptar "realidad" como pago. Va a querer billetes. ​Jhon sintió el suspiro de Sergei contra su nuca. Jhon era el calculador, el que llevaba la cuenta de las tragedias domésticas, el que analizaba cada centavo hasta que le dolían las sienes. Sergei, en cambio, era el que buscaba las salidas de emergencia, aunque tuviera que romper una ventana para encontrarlas. ​—Ese viejo se puede ir al infierno —gruñó Sergei, rodeando el cuello de Jhon con sus brazos—. Vamos a salir de esta. Te lo prometí cuando dejamos aquel pueblo asqueroso. No vinimos a la ciudad para morir de hambre en un agujero de tres metros cuadrados. ​—A veces siento que la ciudad es el agujero, Sergei. Solo que es más grande. ​Jhon se levantó para lavar la taza, intentando ignorar el temblor en sus manos. El agua salía tibia, con un tinte amarillento. En ese momento, un sonido seco los sobresaltó a ambos. No fue un golpe en la puerta, sino algo deslizándose por debajo de ella. Un sobre de un blanco tan puro que parecía brillar contra la suciedad del pasillo. ​El Mensajero de las Sombras ​Ambos se quedaron inmóviles. En ese edificio, las únicas cosas que pasaban por debajo de la puerta eran avisos de desalojo o facturas vencidas. Sergei fue el primero en reaccionar. Con su impulsividad característica, cruzó la sala en dos zancadas y recogió el sobre. ​—No tiene remitente —dijo Sergei, dándole la vuelta. El papel era grueso, de una calidad que ninguno de los dos había tocado en años. En el centro, un sello de cera negra con una letra "V" estilizada. ​—Déjalo en la mesa, Sergei. No lo abras —pidió Jhon, sintiendo ese nudo familiar de ansiedad en el estómago. Su instinto le gritaba que nada bueno venía en un sobre que costaba más que su cena. ​Pero Sergei ya había roto el sello. ​—"Para aquellos que están cansados de ser invisibles" —leyó Sergei en voz alta. Sus ojos se abrieron de par en par—. Jhon, escucha esto... "Se les invita a una audición de mérito. Un camino hacia la libertad financiera definitiva. El primer paso es simple: demuestren que su voluntad es más fuerte que su entorno". ​—Es una estafa. O una secta —sentenció Jhon, aunque se acercó para mirar el papel por encima del hombro de Sergei. ​—¿Una estafa que usa papel de hilo y cera de lujo? —Sergei rió, una risa corta y carente de humor—. Las estafas te piden dinero, Jhon. Esto dice que nos darán una oportunidad. Mira abajo. Hay una dirección... y una hora. Medianoche. Hoy. ​La Brecha entre Dos Mundos ​Jhon miró el reloj. Faltaba una hora y media. La dirección correspondía al Distrito Industrial, una zona de almacenes abandonados donde el eco de la ciudad se volvía siniestro. ​—No vamos a ir —dijo Jhon, tratando de sonar firme—. Es peligroso. Es medianoche, Sergei. Podrían asaltarnos, o algo peor. ​—¿Asaltarnos qué, Jhon? —Sergei se giró, y por primera vez en la noche, Jhon vio la desesperación cruda en los ojos de su pareja—. ¿Nuestros diez dólares? ¿Nuestros zapatos rotos? No tenemos nada que perder. Ese es el problema. No tenemos nada. ​—Nos tenemos a nosotros —respondió Jhon, tomando las manos de Sergei. ​Sergei suavizó la mirada, pero no soltó el sobre. —Y quiero que "nosotros" tengamos un techo que no se caiga a pedazos. Quiero que "nosotros" podamos dormir sin calcular cuántas comidas nos podemos saltar mañana. Solo vamos a mirar. Si es algo turbio, nos vamos. Somos rápidos, ¿recuerdas? ​Ese era el problema. Sergei siempre creía que podía ser más rápido que las consecuencias. Jhon, por el contrario, veía las consecuencias antes de que nacieran. Pero mientras miraba a Sergei, vio la luz de la esperanza ardiendo en su rostro, una chispa que la rutina de la pobreza casi había extinguido. Y Jhon, que vivía con el terror constante de perder a Sergei —no por la muerte, sino por el desánimo—, asintió lentamente. ​—Solo a mirar —repitió Jhon, más para convencerse a sí mismo que a Sergei. ​El Camino al Abismo ​Caminaron por las calles vacías, donde el vapor salía de las alcantarillas como fantasmas urbanos. El Distrito Industrial era un laberinto de hierro y óxido. Jhon se mantenía cerca de Sergei, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta desgastada. Cada sombra le parecía un depredador, cada ruido de metal chocando lo hacía saltar. ​—¿Y si es un experimento social? —especuló Jhon, tratando de racionalizar la situación—. Quizás hay cámaras y solo quieren ver hasta dónde llega la desesperación de la gente. ​—Si me pagan por salir en televisión siendo pobre, que graben —respondió Sergei, aunque su paso se volvió más cauteloso a medida que se acercaban a la dirección. ​Llegaron a un almacén que, a diferencia de los demás, estaba impecablemente restaurado. No había letreros, solo una puerta de acero pulido y una pequeña cámara que los siguió con un zumbido casi imperceptible. ​La puerta se abrió sin que nadie la tocara. ​Adentro, el contraste era violento. El interior era una sala minimalista, iluminada con luces LED blancas que hacían daño a los ojos acostumbrados a la penumbra de su apartamento. En el centro, una mesa redonda de cristal con dos cajas metálicas pequeñas. Detrás de la mesa, un hombre con un traje que costaba más que la vida entera de Jhon los esperaba. No sonreía. No saludaba. Solo los observaba como si fueran especímenes bajo un microscopio. ​—Bienvenidos, Jhon y Sergei —dijo el hombre. Su voz era plana, sin emoción—. Puntuales. Una cualidad rara en personas de su... estrato. ​Jhon sintió el insulto, pero Sergei dio un paso al frente, con el mentón en alto. —Estamos aquí. ¿Cuál es el juego? ​El hombre señaló las dos cajas sobre la mesa. —No es un juego todavía. Es una prueba de entrada. Frente a ustedes hay dos dispositivos de rastreo cutáneo. Si los aceptan, el Juego comenzará oficialmente mañana al amanecer. Cada reto cumplido depositará una suma de cinco cifras en su cuenta. Cada fallo... —el hombre hizo una pausa deliberada— ...tendrá un costo proporcional al valor del reto. ​—¿Qué tipo de retos? —preguntó Jhon, sintiendo que el aire se volvía denso—. ¿Legales? ​El hombre finalmente sonrió, una expresión gélida que no llegó a sus ojos. —La legalidad es un concepto para quienes no pueden pagar por su propia libertad. Aquí, solo importa la voluntad. La pregunta no es si es legal, Jhon. La pregunta es: ¿cuánto vale su amor cuando el hambre aprieta? ​Sergei no esperó. Extendió la mano hacia la caja metálica. ​—¡Sergei, espera! —gritó Jhon, agarrándolo del brazo—. Ni siquiera sabemos qué nos van a pedir. No hemos analizado esto. ​—Ya analicé la cuenta del banco, Jhon —dijo Sergei, zafándose con suavidad pero con firmeza—. Ya analicé el hecho de que mañana nos echan a la calle. Yo firmo. Yo entro. Si tú no quieres, vete a casa y espérame. Pero yo no voy a dejar pasar esto. ​Jhon miró la mano de Sergei suspendida sobre el dispositivo. Luego miró al hombre del traje, que disfrutaba de la fricción entre ambos. Jhon sabía que si Sergei entraba solo, lo perdería para siempre en la oscuridad de ese mundo. Su miedo a lo desconocido era grande, pero su miedo a la soledad era absoluto. ​Con un suspiro que sonó a rendición, Jhon extendió su mano también. ​—Si él entra, yo entro —dijo Jhon, con la voz temblorosa. ​—Excelente —dijo el hombre—. Pongan sus manos sobre los sensores. Bienvenidos al inicio de su nueva vida... o del fin de todo lo que creen ser. ​Cuando el metal frío hizo contacto con su piel, Jhon sintió un pinchazo agudo en la muñeca. Una pequeña luz roja parpadeó bajo su piel. El pacto estaba sellado. No había vuelta atrás. Habían dejado de ser ciudadanos invisibles para convertirse en jugadores en un tablero que apenas empezaban a comprender. ​Afuera, la lluvia empezó a caer, borrando sus huellas mientras regresaban al apartamento, sin saber que esa sería la última noche que dormirían como las personas que solían ser.

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