Capítulo V

1971 Words
—Tome asiento señorita Torres —dijo él cerrando la puerta. La mirada intensa y oscura hizo que mi corazón temblara ligeramente. Obedecí su mandato pero él no se sentó al frente como creí, pude sentirlo detrás de la silla donde estaba sentada y acto seguido el vello de mi nuca y brazos se erizó advirtiéndome de su cercanía. —Llega tarde, hace las cosas mal y finalmente coquetea con el vicepresidente de la empresa. ¿Debería echarla? —su sexy acento griego sonó como una caricia aunque no fuera su intención. —Es mi segundo día —me limité a decirle. —Y en su segundo día ha hecho todo eso. Giré mi cabeza levemente hasta que mi rostro estuvo a centímetros de distancia del suyo mientras nuestra respiración chocaba. Por alguna razón tenía ganas de retarlo así que no me corté. — ¿Es que quería que en vez de al señor Katsaros le coqueteara a usted, jefe? Dije de forma seductora arqueando una ceja. Él me miró tratando de intimidarme pero yo actué mejor. —Lo único que quiero es que haga su trabajo bien. No me provoque señorita Torres —soltó con la mandíbula apretada antes de alejarse de mí—. Vamos a almorzar. De inmediato le seguí los pasos. Había pensado que comeríamos en la cafetería de la empresa pero sin decir nada y sabiendo que yo lo seguiría el jefe salió del edificio en dirección al estacionamiento. Por primera vez me sentí una completa estúpida con una víctima. Zadquiel Michelakis me frustraba. No me dejaba actuar como normalmente lo hago. Su auto, como no, era un verdadero espectáculo fácilmente podía verlo incluso cuando yo misma no era una experta. Aunque no era para menos. Tener tanto dinero como él y no poseer una belleza como esta era un pecado. Para los simples mortales como yo todo sería más sencillo si al menos tuviéramos algo para movilizarnos. Claramente Zadquiel no tendría que preocuparse por nada. Lo tenía absolutamente todo y era eso lo que detestaba de los ricos como él. Todos eran imbéciles y aún así la vida de los ricos era el sueño que nosotros los pobres anhelabamos. Lujos. Libertad financiera. Felicidad. ¿Cómo no evidiaríamos eso? Sin embargo mi motivo principal era sanar a mi hermana y para ello necesitaba muchísimo dinero. —Suba —dictó al ver que me detuve de pie a la puerta de copiloto e hice lo que me pidió—. No me diga que nunca ha visto uno así —preguntó arqueando una ceja y me sorprendió que buscara conversación. —No de cerca, no todos somos privilegiados —le dije y él me lanzó una mirada que no logré identificar. —Creame señorita Torres, todos lo somos de una manera u otra. Sus palabras con un deje de oscuridad me hicieron entender que algo ocultaba despertando mi interés y volviéndolo casi insano. —Yo solo conozco una manera de ser privilegiado —bromeé esperando que no me respondiera pero una vez más me sorprendió. —Eso es porque no has abierto los ojos. Su respuesta detuvo mi corazón por unos instantes. Justo en ese momento el hombre sentado a mi lado ya no era un imbécil, en su lugar se encontraba alguien sabio que a juzgar por sus orbes guardaba algo inimaginable. ¿Podría Zadquiel Michelakis tener alguna carencia aún rodeado de tantos lujos? Algo me decía que sí o quizás el olor a cuero ligado con su aroma masculino me seducían dejándome tan atontada que apenas era capaz de diferenciar al hombre a mi lado. Inevitablemente le di una repasada a su rostro desde sus gruesas cejas, hasta su marcada mandíbula. Él era poderoso y fuerte, seguramente era eso lo que me mantenía alerta. Zadquiel era pecaminoso. Una tentación inexplicable sin embargo yo era una jugadora. Al verlo devolverme la mirada me sentí poderosa. Me gustaba sus ojos sobre mí, más que eso pero nunca lo admitiría ante nadie. No voy a mentirme a mí misma. Entonces un pensamiento cruzó por mi cabeza tan fugaz que casi lo desecho. ¿Qué pasaría si utilizara este momento para acercarme más a él? Me irritaba que en dos días no hubiéramos tenido tanto acercamiento porque soy una experta, nací para seducir, vivo de ello y sorprende que él no me haya dado aún su primera mirada seductora. Si bien había recorrido mi cuerpo con sus ojos no había mostrado ninguna expresión para darme la satisfacción que necesito. Aunque no debería importarme una mierda la satisfacción sino el avance. Necesito a Zadquiel loco por mí. Necesito enredarlo para conseguir lo que quiero. En el informe de Lachlan resaltaba que detestaba a las mujeres lanzadas pero no decía nada de qué le gustaba de una mujer. Yo había hecho ciertos movimientos “inocentes”, leves toques, muy ligero coqueteo y sonrisitas atrevidas. Hasta yo misma estaba pensando que me había convertido en sosa. ¿Por qué retrasarlo cuando estábamos completamente solos? Sin nadie de la oficina que tacharan su ética profesional. ¿Sería esto lo que le preocupaba? —Veo que le gusta la música —pude escucharlo apenas. De pronto capté el sonido suave de la música country y me encontré mirándolo sorprendida una vez más porque él no parecía ser de los que escuchaba country. —No me lo esperaba yo de usted, no parece ser su tipo, jefe ¿Puedo tutearlo? —le pregunté tratando de parecer tímida removiéndome lentamente en el asiento de copiloto que por cierto era demasiado acogedor. Pronto sus pupilas abandonaron la carretera para fijarse en mí adquiriendo un matiz divertido captando mi interés de inmediato. Sin embargo su rostro se mostró impasible como siempre. — ¿Y cuál según usted es mi tipo, señorita Torres? —inquirió y casi sonreí por su tono sin embargo mi diversión murió en cuanto continuó—. Manténgase en su lugar, es usted mi secretaria. No mi amiga con derechos, ahora bájese del auto que ya hemos llegado. Yo boqueé enfadada como un pez fuera del agua pero él me ignoró saliendo por su cuenta y caminando en dirección a la entrada del restaurante. ¿Creían que era un jodido príncipe? Absolutamente no. Zadquiel Michelakis vendría siendo más como él jodido villano del cuento... Y por supuesto yo tampoco era la princesa. Indignada bajé del auto maldiciendo los tacones que cada vez hacían doler más mis pies y en cuanto llegué a la puerta el hombre de la seguridad me detuvo mirándome de pies a cabeza. El bastardo de mi “jefe” me había dejado tirada en la entrada. —Acción. Enseguida fruncí el ceño y el tipo me miró divertido. — ¿Qué? —No puede entrar sin ser socia señorita, retirese. Abrí la boca enviado dagas con mis ojos en dirección al maldito hombre que se burlaba de mí. Estaba comenzando a irritarme aún más que Zadquiel no se veía por ningún lado. ¿Por qué demonios me había traído aquí y luego me había dejado tirada? —Vengo con el señor Michelakis... Una vez más el inútil recorrió con sus ojos lascivos mi cuerpo y me sentí asqueada ante su escencia. Si todos los hombres son así, prefiero ser lesbiana. No todos son así. Susurró una voz en mi interior y bufé de inmediato. No conocía a Zadquiel Michelakis más que por una jodida carpeta. No podía suponer nada. —Si él no está aquí no hay paso... A estas alturas ya estaba hirviendo de rabia así que sin cortarme y como a fin de cuentas la persona con la que tenía que fingir no estaba ni siquiera cerca le respondí. — ¿Sabes por dónde puedes meterte tu pase, imbécil? —le gruñí y él sonrió aún más ocasionando que quisiera golpearlo. — ¿Tú me lo vas a decir muñeca? —Vete a la mierda cerdo... Me iba a dar la vuelta para irme pero me detuvo del brazo haciéndome enfurecer más por tocarme. — ¿Por qué no vienes conmigo...? — ¡No la toques! —rugió la voz de Zadquiel haciendo acto de presencia. Sus ojos estaban inyectados de una furia animal que de alguna forma me hizo sentir protegida. Enseguida el tipo me soltó como si mi piel quemara y dio un paso atrás al ver de quien se trataba, aunque dudé si había retrocedido por la identidad de Zadquiel o por lo verdaderamente molesto que se encontraba. Un nudo se hizo en mi garganta por el ímpetu con el cual me había defendido. —No la vuelvas a tocar en tu vida —las palabras amenazadoras hicieron palidecer al imbécil haciéndome regocijar. —Vamos Alina, cuando salgas no volverás a ver a este tipo. Me tendió su mano fuerte y mis ojos se desviaron en la dirección de esta. Sus dedos eran largo, su palma era callosa como si él no fuera el presidente de una de las compañías más exitosas de toda Grecia y parte de Estados Unidos, sino las de un hombre que trabajaba duro. Pero esto no quitaba lo elegantes que eran. Él no me miraba pero en su rostro había una seguridad en que la tomaría que casi me hizo sonreí. Al fin Zadquiel Michelakis ha dado señales de que es un ser humano y no una máquina, aunque hacía poco hubiera actuado exaltado con Sebastos esta vez fue peor. Si vacilar demasiado tomé su mano y una extraña corriente me recorrió por completo quedando atontada. Por primera vez en mi vida sentí esto no obstante él pareció inmune pues ni siquiera volteó a mirarme. Sus orbes se mantenían fulminando al portero. Finalmente comenzó a entrar al establecimiento. —No te quedes nunca detrás de mí, siempre a mi lado —gruñó aún con un tono tenso. La mirada de todos en el restaurante de pronto estuvo en nosotros pero me importó una mierda porque en lo único que podía pensar era en Zadquiel quemándome con su palma sobre la mía. ¿Cómo sería que me tocara en otros lugares...? Muy bien Alenka, conscentrate. Te estás desviando. Reclamé en mi interior. —Siéntate, ya vuelvo. Asentí aunque él no pudo verme pues su mirada mortífera nunca se encontró con la mía. Me abstuve de sonreír porque a pesar de que había pasado por un momento nefasto había encontrado algo mejor, la humanidad del terrible Zadquiel Michelakis. Debía aprovecharlo. ¿Quién sabe cuánto durará esto? Las miradas aún se mantenían sobre mí aunque realmente no me importaba, en mi vida era normal que cuchicheara a mi alrededor y más vale que se acostumbraran a verme con el magnate Michelakis, porque durante el resto del mes voy a ser más que su secretaria. Su amante. Su sombra. Un par de mujeres alrededor de la edad de Zadquiel era quienes a simple vista mantenían su ceño fruncido en mi dirección así que con sorna y malicia le sonreí, a continuación me enviaron dagas con sus pupilas antes de apartar su mirada de mí ocasionando que sonriera de vuelta. —Puede pedir lo que desee —dijo Zadquiel sentándose frente a mí como si nada hubiera pasado y decepcionada contemplé que volvía a hablarme de usted. Sin embargo utilicé su frase para desestabilizarlo y probar suerte. — ¿Eso lo incluye a usted, jefe? Me mordisqueé el labio inferior a punto de soltar una carcajada cuando de golpe él me miró sorprendido haciendo caer la careta de indiferencia. Algo oscuro cruzó por sus ojos y supe que era deseo. Él también me deseaba... —No me provoque señorita Torres. Pero algo lo frenaba. En cuanto estuve a punto de discutir su negativa la mesera llegó y ambos recibimos en silencio la carta. Aunque esto no evitó que ambos nos miráramos por encima de ella.
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