Capítulo IV

1526 Words
Malditos protocolos. Malditos tacones. Y sobre todo maldito jefe. Parecía como si el bastardo quisiera hacerme enojar a propósito. Me pedía una cosa y por más que tratara de hacerlo a las mil maravillas, y que de hecho lo hiciera, siempre encontraba la manera de joderme. Había hecho que bajara y subiera las escaleras pues debido a la lluvia de hoy se había ido la luz. ¿Y todo para qué? Para buscarle unos papeles que me hizo cambiar por otros los cuales después no necesitó. Después me mandó a buscarle su respectivo café con leche y cuando ya subía las escaleras llegó la luz. Gracias al cielo porque si a ese hombre se le ocurría mandarme otra vez abajo las suelas de mis zapatos quedarían pegadas a las escaleras y con ellas mis ganas de seguir tratando de seducir a este hombre. Cada vez que hacía acto de presencia en su oficina evitaba mirarme y comenzaba a dudar de mis habilidades con los hombres en especial cuando estuve tan cerca de él mostrándole unos documentos y aproveché para pegar mis senos a su brazo con sutileza pero lo único que logré fue que él se apartará y dijera: —Espacio personal señorita Torres, soy perfectamente competente para que usted me explique el documento desde su asiento. Esto me había dejado muda por unos instantes haciendo que me sonrojara en contra de mi voluntad sin embargo la indignación vino después. Asentí como si su comentario no me hubiera molestado y traté de parecer perfectamente profesional. ¿Cómo demonios debía llamar la atención de este tipo que solo vive para el trabajo? Luce más como un robot que como un simple humano. Esto me estaba comiendo la cabeza. Nunca había perdido la batalla de la seducción. No obstante este parecía un caso difícil. —Señorita Torres, este documento está mal redactado. Empiece de nuevo. Su arrogancia me irritaba cada segundo que pasaba contrarrestando lo sexy que pareciera con los dedos volando sobre su computador. —Señorita Torres, no me ha entregado la lista de proveedores que le pedí. Estaba a punto de lanzar el intercomunicador por la ventana pero no me quedaba otra que respirar profundo y calmarme. Una vez más sonó de nuevo y sin morderme la lengua gruñí un « ¿Qué? » molesto y al no recibir respuesta inmediata supe que lo había arruinado. Cerré los ojos y maldije por lo bajo. Lo intenté de nuevo. — ¿Qué desea? —Lo siento muchacha, soy Sabella Araya ¿Podrías comunicarme con Zadquiel? La voz de la mujer me llamó la atención pero lo hizo aún más su nombre. —Lo siento, el señor Michelakis no se encuentra en estos momentos ¿Usted es su novia? Le diré que llamó —pregunté indirectamente para ver si ella mordía el ansuelo y me diría quién era y al parecer lo logré. Pues ella rió y negó. —Soy su madre, por favor dile que lo llamé querida. —Así lo haré señora Michelakis. Así que Sabella es la madre de Zadquiel. ¿Habrá un trasfondo en que no quiera hablar con su madre o simplemente son cosas de ricos imbéciles e insensibles? Aún con curiosidad volví al trabajo del que estaba llena, nunca me había tocado un trabajo tan fastidioso como este. —Señor, creí que debía decirle que su madre acaba de llamar —le dije después de tocar la puerta de la oficina para ver si lograba encontrar una reacción en su rostro que me diera la clave de si algo pasaba con su madre sin embargo él no apartó sus orbes del computador irritándome con su indiferencia. —Si, puedes retirarte —me echó sin más y yo bufé por lo bajo. ¿Era real o solo un muñeco de cuerda? ¿De verdad le importaba una mierda si su madre llamaba o no? Salí de la oficina a regañadientes y me dirigí al baño para llamar a Lachlan. Apenas tenía dos días aquí y ya quería huir despavorida. — ¿Quién es este tipo? ¿Tiene sentimientos acaso? Rechazó una llamada de su madre, ni siquiera me mira, no le gusto. No sé qué hacer Lachlan. —Lo único que tienes que hacer es averiguar todo sobre él y dedicarle una de tus sonrisas matadoras belleza, tu tienes el control recuérdalo. — ¡Hola! ¡¿No me escuchaste?! ¡Él no determina mi presencia! —le gruñí a la bocina del teléfono. —Pues tienes que encontrar la manera de que lo haga, entiendes lo que está en juego, recuerda que tienes que operar a Aderyn. Solté un suspiro cuando Lachlan me colgó así que guardé el móvil en mi bolsillo y volví a mi escritorio donde estaba parado un molesto Zadquiel quien en cuanto me me vio me fulminó con la mirada. —Señorita Torres, le pago para que trabaje no para que pasee por la oficina. Inevitablemente fruncí el ceño en su dirección con la intención de protestar pero él no me dejó. —No proteste. Saque las copias de estos documentos, la espero en cinco minutos en mi oficina —me dio los papeles para después darse la vuelta volviendo a su oficina pero de pronto se detuvo y me giró a ver otra vez—. Cinco minutos, no más. —Bastardo —gruñí medio susurrado cuando se volvió una vez más — ¿Dijo algo señorita Torres? —preguntó arqueando una ceja y pude verlo porque giró la cabeza. Demonios, si volvía a decirme señorita Torres una vez más iba a explotar. Con hipocresía le sonreí a medias. —No, que no sé dónde queda la fotocopiadora pero le preguntaré a Hallie. Asintió y cerró la puerta detrás de él. Gruñí una vez más buscando a Hallie. Amablemente me dijo dónde en encontraba la fotocopiadora y me explicó que se traba añadiendo un truco para que no lo hiciera más. Sin embargo a la hora de llevar a cabo la proeza terminé pateando la máquina que se quedaba con la mitad del papel en su interior. —Maldita sea. Seguramente ya había transcurrido el tiempo que Zadquiel fijó y yo no tenía ninguna copia pero sí un dolor de cabeza pulsando en mi cabeza. De repente escuché una risa masculina detrás de mí y me encontré al girarme con Sebastos quien parecía pasar por casualidad por la sala. —Obviamente nueva, te explico el truco —me dijo acercándose a mí. Su olor a perfume masculino me embriagó gustándome bastante su fragancia. —El gran secreto es golpear justo aquí mientras presionas el botón de encendido ¿Vez? —me dijo mientras hacía lo que dictaba—. Ya lo tenemos. Me miró para luego tenderme la primera copia haciéndome sonreír. Sebastos tenía un aire que me gustaba. Yo le sonreí de vuelta. —Dejame intentarlo yo. Acto seguido se hizo a un lado con un gesto caballeroso ampliando mi sonrisa y tomé su lugar. Hice al pie de la letra el procedimiento que había hecho él y me reí cuando vi lo fácil que era. — ¡Ya soy una experta! —Bromeé al ver la cuarta copia salir y él me siguió. — ¿Cómo vas con el ogro? —me preguntó de repente e hice un puchero a lo que Sebastos rió de inmediato. —Dios, resiste un poco más, ese hombre te necesita. —Lo dudo mucho, además no quiero usar tacones en lo que me resta de vida. Él miró mis pies enfundado por los tacones. —Son demasiado sexys para no utilizarlos otra vez. Me dejó muda por unos segundos pero Sebastos volvió a hablar. —No quise incomodarte ¿Quieres almorzar conmigo? La proposición me hizo replantearme si en vez de seducir al imbécil del jefe seducía al igualmente rico vicepresidente pero me gustaba muchísimo Sebastos Katsaros como para estafarlo. De repente escuché un gruñido y mi próxima víctima apareció haciendo acto de presencia con el ceño más fruncido que lo común y nos fulminaban a ambos. Si sus orbes fueran cuchillos estuviéramos muertos. —No puede va a almorzar conmigo —respondió Zadquiel ocasionando que lo observara atontada—. ¡Y tú, deja de coquetearle a mi personal! Señaló a Sebastos y este alzó las manos divertido antes de soltar una carcajada que casi me hizo sonreír a mí pero me mordí el labio para no dejarlo escapar. ¿Esto era lo que yo pensaba? ¿Una escena de celos o estaba malinterpretándolo? Sus pupilas me escanearon de arriba abajo antes de hablar otra vez. —Señorita Torres, las horas laborales son para eso, laborar. No para coquetear, a mi oficina. ¿Por qué demonios eso había sonado tan jodidamente sexy? Asentí enseguida despidiéndome de Sebastos con una sonrisa a la cual él correspondió. La coraza del jefe comenzaba a quebrarse. No sabía si eso había sido una escena de celos pero probablemente podría gustarle. Esto me hizo reír y mi ánimo subió hasta que él llegó segundos después con su cara molesta. Entonces comprendí que el sermón no había terminado en la sala de la fotocopiadora.
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