Al cabo de unos minutos, despertó él. Se movió con pereza inspirando fuertemente y apretándola un poco más en su abrazo. —Dios, Allegra, qué bien hueles –murmuró, y hundió la nariz en su cuello. —No me apliqué nada especial. —Sí, eres tú, simplemente tú –y se pegó más a ella. Allegra cerró sus ojos, incapaz de huir. A través de la sábana que lo rodeaba, sintió toda la plenitud de su cuerpo, que a pesar de la enfermedad, estaba totalmente despierto. —Te sientes mejor, por lo que veo. Él se quedó quieto, como si recordara algo, y ella aprovechó para salir de la cama. Buscó su blusa, que ya estaba seca, en el cuarto de baño y se la puso de nuevo. —Ya es tarde –dijo cuando salió de nuevo, acomodando sus cabellos como si pretendiera irse—. Esto es absurdo. Por favor, Duncan, dile a tu her

