—¿¿Qué?? –gritó Duncan al teléfono. Estaba en su casa, y había llevado a Allegra, que le había pedido pasar a saludar a Kathleen y los niños—. Muy bien –siguió él— estaré allí en un momento. Gracias por avisar. Allegra lo miró sobresaltada, y lo vio anotar una dirección. —¿Qué pasó? —Nicholas… —¿Está bien? ¿Le pasó algo? –Preguntó Kathleen angustiada. —Estaba bien, pero en cuanto lo coja… —Un momento, ¿qué piensas hacer? —Está detenido en una comisaría. ¡Lo cogieron con drogas! —¡Mi Dios! –sollozó Kathleen. —¿Necesita un abogado? —No, sólo una fianza y saldrá, pero de veras que me provoca… —Déjamelo a mí. —¿Qué? Allegra… —Yo pagaré la fianza, y me presentaré como su responsable. —No quiero inmiscuirte en esto, yo me haré cargo. —¿Y después qué? —Después desollaré su traser

