—Duncan, tú… —No te preocupes. Estoy bien. –Ella se echó a reír, y, sintiéndose ahora segura de sí misma, y de lo que producía en él, metió la mano entre los dos y le tocó la zona más abultada de los pantalones. Él gimió y se tensó como si lo hubiese herido terriblemente. —Dun… —Cuando él la miró a los ojos, sintió vergüenza. Él no le había dado autorización para ponerle ningún diminutivo a su nombre. Duncan sonrió. —Puedes llamarme como quieras. Él pasó un dedo delicadamente por sus cejas. Y Allegra, al ver que él no iba a hacer nada por sí mismo, le terminó de desabrochar la camisa y la sacó por entre sus fuertes brazos. Él aún estaba encima de ella, así que podía sentir las pequeñas vibraciones que pasaban por el cuerpo masculino a causa del roce de sus dedos. Cuando él tuvo el do

