Los mensajes
Rafael firmó el último documento del caso Verratti justo cuando su secretaria entraba con una sonrisa de alivio.
—Ganamos, doctor Vargas.
—Nunca lo dudé. —Dejó la pluma sobre el escritorio con la seguridad de un hombre que llevaba diez años sin perder un juicio—. Avísale a Marco que descorche algo bueno, nos lo merecemos.
Ella asintió y salió. Rafael se aflojó la corbata, satisfecho. Ese era el Rafael que todos conocían: implacable en la sala, intachable fuera de ella. El hombre que nunca perdía y que siempre sabía cómo defenderse.
Se sirvió un whisky y caminó hasta el ventanal. Desde ahí veía media Milán encendida, las luces de la Galleria reflejadas en el techo de cristal, el tráfico lento de la Via Montenapoleone. Era su ciudad, su territorio; nadie lo tocaba ahí.
El teléfono vibró sobre la mesa. Era Alec.
Me contaron que hiciste llorar a otro fiscal. Livia dice que vengas a cenar el domingo y que traigas tu ego, que también está invitado.
Rafael soltó una risa y tecleó con una sola mano.
Dile a Livia que mi ego y yo aceptamos encantados. Y el fiscal lloró poquito, soy un caballero.
Dejó el teléfono sobre la mesa y volvió al ventanal.
El teléfono vibró otra vez.
Número desconocido, prefijo suizo.
Lo ignoró. Los números desconocidos nunca traían nada bueno, y esa noche no pensaba dejar que nada le arruinara la victoria. Dio un trago y siguió contemplando las luces de la ciudad.
Vibró otra vez.
Con fastidio, deslizó el pulgar por la pantalla, listo para bloquearlo, pero la imagen que cargó lo dejó inmóvil con el dedo suspendido en el aire.
Una fotografía de una mujer sonriendo a la cámara, el cabello suelto, los ojos claros entornados por el sol. Rafael conocía esa cara, la había besado y la había olvidado a propósito.
Debajo, una sola línea.
¿Ya se te olvidó lo que le hiciste, Rafael?
El vaso de whisky se le quedó a medio camino de los labios. Dejó el teléfono sobre el escritorio como si quemara.
—No puede ser.
Se pasó una mano por el cabello y se alejó del escritorio, como si poner distancia con el teléfono pudiera borrar lo que acababa de ver. Zúrich. Una fiesta, un club, una noche que él había archivado como cualquier otra entre tantos viajes de negocios. Recordaba haberle dicho que no quería complicaciones. Recordaba haberle ofrecido dinero para resolver "el problema", con la misma frialdad con la que resolvía un contrato.
Lo que nunca imaginó fue que alguien más que ella pudiera saberlo.
Regresó al escritorio y tomó el teléfono. La foto seguía ahí, esperándolo, como una acusación que no necesitaba palabras.
El celular vibró de nuevo.
"Puedo conseguirte un médico discreto. Nadie tiene que saberlo." Tus palabras, Rafael. Las tengo todas.
El aire se le fue del pecho. Esas palabras existían en un solo lugar: en su propio teléfono, en una conversación que él mismo había borrado hacía meses, convencido de que con eso bastaba para que dejaran de existir.
Se sirvió otro whisky sin darse cuenta de que todavía tenía el primero casi lleno. Las manos le temblaban, algo que no le pasaba ni frente a un jurado hostil ni frente a un fiscal que quería destruirlo en el estrado.
Ella ya no puede contarte lo que le hiciste, pero yo sí, y tengo más de lo que te imaginas.
Rafael leyó la frase tres veces. Ya no puede. Como si algo se lo impidiera, como si ella ya no estuviera en condiciones de hablar, de escribir, de existir en el mismo mundo donde él seguía.
Se negó a pensar en lo que eso significaba y marcó el número de inmediato.
Sonó una vez. Dos veces.
Nadie contestó, pero la llamada tampoco se cortó. Del otro lado solo había silencio, denso, deliberado, como si alguien estuviera ahí, escuchando su respiración, disfrutando cada segundo de su desesperación.
—¿Quién eres? —preguntó Rafael, con la voz baja y afilada que reservaba para destrozar testigos en la sala—. Habla. Sé que estás ahí.
Silencio.
—Sea lo que sea que quieras, dinero, venganza, lo que sea, te aseguro que no te conviene jugar conmigo. Puedo hacer que tu vida se convierta en un infierno legal del que no vas a poder salir.
Un clic y la llamada se cortó.
Rafael se quedó de pie, con el teléfono todavía pegado a la oreja, mirando su reflejo en el ventanal de la oficina, en el piso cuarenta, con toda Milán extendida abajo, indiferente a lo que acababa de romperse dentro de él.
Dejó el teléfono sobre el escritorio y respiró hondo, tratando de recuperar el control que sentía escapársele entre los dedos. Se dijo a sí mismo que era un asunto sin sentido, que alguien había encontrado su número y quería asustarlo, sacarle dinero, nada más.
Casi se lo creyó.
La puerta se abrió sin que nadie tocara.
—Doctor Vargas. —Su secretaria estaba pálida, con el teléfono de la oficina en la mano y la voz temblando—. Hay una llamada para usted. Es una mujer. Dice que llama por Léonie Aubert. Dice que si no contesta ahora, va a arrepentirse el resto de su vida.
Nota de autor: ¡Hola, mis amilectoras! 💕 Si esta historia les está robando el corazón, no olviden agregarla a su biblioteca 📚 para no perderse ningún capítulo. Déjenme sus votos ⭐, sus comentarios 💬 y sus regalitos 🎁; cada uno me da fuerzas para seguir escribiendo. ¿Qué creen que hará Rafael ahora? ¡Las leo! ❤️