El chantaje

1134 Words
Noemi no durmió esa noche. A las tres de la madrugada, con la bebé por fin dormida junto a la cama, abrió otra vez la carpeta "por si acaso". Ya había leído los mensajes, pero esta vez los leyó buscando pruebas y encontró lo que se le había escapado antes. Un mensaje enviado a las 2:14 de la mañana, dos días después de que Léonie devolviera el dinero: Última vez que te lo digo, Léonie. Si vuelves a escribirme, mi abogado se va a encargar de ti. Noemi lo leyó dos veces. Después soltó una risa seca, sin alegría. Mi abogado. Él era el abogado. Y en otro mensaje de esa misma noche, con la soberbia de quien nunca ha tenido que cuidarse, había escrito su nombre completo, el de su firma en Milán y la dirección de su oficina, para que Léonie supiera exactamente a quién no debía molestar. Se lo había puesto todo en la mano. Noemi no perdió tiempo. Hizo capturas de cada mensaje, las guardó en una memoria USB, las subió a una cuenta de correo que acababa de crear y envió una copia más a un buzón que solo ella conocía. Tres respaldos. Si algo le pasaba, esa carpeta no iba a desaparecer. Miró a la bebé. Tenía una mancha clara y pequeña cerca del cuello que ni Léonie ni ella tenían. La miró un segundo más de lo necesario y desvió la vista. —Tú nunca vas a saber quién es —susurró—. Pero él sí va a saber quién soy yo. Cinco días después, ya no quedaba nada que vender en el departamento. Noemi metió su vida y la de su hermana en dos maletas y se mudó a un cuarto alquilado en las afueras, donde nadie conocía su apellido. Compró un teléfono barato con una tarjeta que no estaba a su nombre y, después de pagar lo más urgente, le quedaron trescientos francos para todo el mes. El mismo día de la mudanza llamó el hospital. Una voz amable, ensayada, le informó que los gastos médicos de Léonie pasarían a cobranza en quince días. —¿Y después de eso? —preguntó Noemi. —Después, embargos, señorita. Noemi colgó. Miró la lata de fórmula vacía sobre la mesa y la tiró a la basura sin decir nada. Se sentó en el borde de la cama con el teléfono nuevo. Eligió la fotografía: Léonie bajo el sol de Zúrich, sonriendo con los ojos entornados. La envió sin texto. Después escribió el primer mensaje: ¿Ya se te olvidó lo que le hiciste, Rafael? Tenía el pulgar sobre el botón cuando la bebé empezó a llorar, y Noemi apretó enviar. La confirmación apareció en la pantalla: Entregado. Un minuto, dos, nada. Escribió el segundo mensaje sin soltar el teléfono: "Puedo conseguirte un médico discreto. Nadie tiene que saberlo." Tus palabras, Rafael. Las tengo todas. Lo envió y, antes de que el aire le volviera a los pulmones, escribió el tercero: Ella ya no puede contarte lo que le hiciste, pero yo sí, y tengo más de lo que te imaginas. Lo envió también. El teléfono se iluminó en menos de un minuto. Número de Italia. Sonó una vez. Dos. Tres. Noemi contestó y no dijo nada. —¿Quién eres? —La voz de Rafael sonó grave, controlada, con una rabia que apenas se contenía—. Habla. Sé que estás ahí. Noemi apretó los dientes y se quedó callada. —Sea lo que sea que quieras, dinero, venganza, lo que sea, te aseguro que no te conviene jugar conmigo. Puedo hacer que tu vida se convierta en un infierno legal del que no vas a poder salir. Ella escuchó su respiración, más rápida de lo que él quería que sonara. Colgó. No esperó ni un segundo. Buscó en internet el número de la oficina de Vargas & Asociados y marcó. —Vargas & Asociados, buenas noches. ¿En qué puedo ayudarle? —Con el doctor Rafael Vargas. —El doctor no recibe llamadas a esta hora, señora. Si quiere dejar... —Dígale que es por Léonie Aubert. Silencio al otro lado. Un silencio largo, de esos en los que se oye a alguien dejar de respirar. —¿Cómo dijo? —Léonie Aubert —repitió Noemi, despacio, sin levantar la voz—. Y dígale que si no contesta ahora, se va a arrepentir el resto de su vida. Escuchó pasos apresurados, una puerta. La misma voz de mujer, ahora lejana y agitada: "Doctor, hay una llamada para usted". Después, nada. Y por fin, una voz distinta, más baja, más cercana. —¿Quién eres? Noemi cerró los ojos, miró el cochecito y respiró. —Vas a escucharme sin interrumpir, Rafael. —Léonie está muerta. —No fue una pregunta. Hubo una pausa mínima, tan corta que casi no se notó—. ¿Cuándo? —Hace nueve días. Los conté todos. —Dime cuánto quieres. —Lo dijo con la calma de un hombre acostumbrado a que todo se compre—. Todo tiene un precio. Dime el tuyo y terminamos esto esta noche. Noemi sonrió por primera vez en una semana, aunque no había nada amable en esa sonrisa. —Cinco mil dólares, Rafael. Ese fue el precio que le pusiste a la vida de tu hijo. Del otro lado de la línea no se oyó nada. —Esta vez, el precio lo pongo yo. —No sabes con quién estás hablando. —Rafael bajó la voz, y fue peor que si hubiera gritado—. Cada palabra que digas a partir de ahora la voy a recordar, y cada una te va a costar. —Entonces cuenta bien las tuyas —dijo Noemi—. Tengo cuarenta y siete mensajes, un comprobante bancario y una dirección de oficina que escribiste tú mismo. Mañana a las nueve vas a saber cuánto vale tu silencio. Y no intentes rastrear este número. Si lo intentas, todo lo que tengo sale mañana en la prensa suiza, con tu nombre en el titular. Colgó antes de que él pudiera responder. La pantalla se iluminó casi al instante. Un mensaje nuevo, del mismo número de Italia: Voy a encontrarte. Noemi lo leyó sin pestañear. Después se acercó al cochecito, acomodó la manta sobre la bebé dormida y apagó la luz. Detrás de ella, en la oscuridad, el teléfono empezó a vibrar sobre la mesa. Una vez. Otra. Otra más. Pero Noemi no se dio la vuelta. Nota de autor: ✨ ¿Qué les pareció este capítulo? ¡Me encantaría leer sus teorías en los comentarios! Si les gustó, no olviden dejar su voto ⭐ y sus regalitos 🎁. También las espero en mis r************* para compartir más sobre los personajes. ¡Gracias por estar aquí! 📖✨
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