Como la ambulancia tardaba demasiado y la hemorragia no cedía, Noemi no lo pensó dos veces: la subió al auto y manejó lo más rápido que pudo. Llegaron al hospital con Léonie doblada de dolor en el asiento trasero, gritando cada vez que una contracción le atravesaba el cuerpo, y los médicos la subieron a una camilla apenas cruzaron la puerta de urgencias.
—Es muy pronto —repetía Léonie, sujetando la mano de Noemi con una fuerza que dejaba marcas—. No puede ser ahora.
—Vas a estar bien —dijo Noemi, corriendo junto a la camilla por el pasillo—. Los dos van a estar bien.
Antes de entrar a la sala de preparación, un médico frenó a Noemi con una mano en el hombro.
—Solo un minuto —dijo—. Después necesitamos prepararla para la cesárea.
Léonie estiró el brazo y buscó la mano de su hermana con desesperación.
—Noemi. Necesito decirte algo antes de entrar ahí.
—Después me lo dices. Ahora tienes que...
—No. —La voz de Léonie sonó más firme de lo que su cuerpo parecía permitir—. Ahora. Tiene que ser ahora.
Noemi se acercó y le tomó el rostro con las dos manos.
—El padre de mi hija se llama Rafael Vargas. Es un abogado italiano. —Léonie hablaba rápido, entre jadeos, como si cada palabra le costara un pedazo de aire—. Cuando le dije que estaba embarazada, me ofreció dinero para que abortara. Cinco mil dólares, Noemi. Me insistió durante semanas. Tengo los mensajes guardados, todos, en mi teléfono, en una carpeta que dice "por si acaso".
—Léonie, ¿por qué no me...?
—Porque me daba vergüenza. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Pero ya no importa eso. Escúchame bien, porque no sé cuánto tiempo tengo, no sé si saldré con vida de esa sala de operaciones.
—No hables así.
—Escúchame. —Léonie le apretó la mano con toda la fuerza que le quedaba—. Si algo sale mal ahí adentro, quiero que te quedes con ella. Que la críes tú. Que sea tuya en todo menos en sangre.
—No va a pasar nada, Léonie.
—Prométemelo. —Las lágrimas ya le corrían por la cara—. Y prométeme algo más: nunca lo busques. Nunca dejes que él sepa que existe. No quiero que esa niña crezca sabiendo que su padre quiso que no naciera. Júramelo, Noemi.
Noemi sintió que el pecho se le partía en dos, pero asintió, porque en ese momento no había nada más importante que darle a su hermana la paz que estaba pidiendo.
—Te lo juro.
—Gracias. —Léonie cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió de nuevo, algo en ellos parecía más tranquilo—. Te quiero. Cuida a mi niña.
Dos enfermeros llegaron y empezaron a mover la camilla hacia la sala de operaciones.
—Léonie, te quiero, vas a estar bien, vamos a estar bien las dos —dijo Noemi, caminando junto a la camilla hasta donde se lo permitieron, hasta que las puertas dobles se cerraron entre ellas.
Dos horas después, tras una rápida intervención, un médico salió con la bata manchada y el rostro serio, y le dijo las palabras que Noemi ya sabía que iba a escuchar, aunque nunca estuvo preparada para oírlas.
—La niña nació bien, está estable. Pero su hermana tuvo una hemorragia severa. Hicimos todo lo posible. Lo siento mucho.
Noemi no gritó, ni lloró. Se quedó parada, congelada, mientras el mundo entero se reducía a esas palabras repitiéndose en su cabeza.
Le entregaron una bolsa transparente con las pertenencias de Léonie: su ropa, su celular, su cartera. Noemi la sostuvo contra el pecho como si fuera lo único que le quedaba de su hermana, además de la niña que estaba en los cuneros esperando que su tía la buscara.
Noemi actuó en automático. Hizo los trámites para cremar el cuerpo de su hermana, que era para lo único que su dinero le alcanzaba. Después hizo el papeleo y fue por la bebé. Cuando la vio, su mundo se derrumbó, pero se repitió que no podía llorar; no ahí, no con una pequeña esperando por ella. Las enfermeras le enseñaron cómo debía alimentarla y le dieron su número telefónico por si necesitaba ayuda. Todo el personal del hospital la observaba con lástima.
Esa tarde, sola en la sala de espera del crematorio con la bebé finalmente dormida en sus brazos, Noemi encendió el teléfono de Léonie.
La pantalla se iluminó con una carpeta llamada "por si acaso".
La abrió.
Mensaje tras mensaje, captura tras captura, leyó cada palabra fría que ese hombre le había escrito a su hermana. El comprobante de la transferencia de cinco mil dólares. La insistencia repetida durante semanas. La frase final, la que más le quemó el alma:
No quiero ese hijo, Léonie. No voy a cambiar de opinión.
Noemi apagó la pantalla y miró a la niña dormida en sus brazos, la misma sonrisa dormida que había visto en su hermana mil veces.
—Él sí lo va a querer —susurró, con una calma que asustaba más que cualquier grito—. Va a querer arreglar esto, porque yo me encargaré de que lo recuerde hasta el último día de su miserable y asquerosa vida.