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El hijo del DON: Venganza y Pasión

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intro-logo
Blurb

Alessandro Moretti ha muerto y su imperio se desmorona. Matteo, el heredero legítimo, despierta en un mundo de traición donde su propio hermano bastardo, Sandro, reclama la corona. Con su hermana Vittoria al borde de perder a su bebé por el luto y la Reina Roja exigiendo sangre, Matteo debe tomar una decisión desesperada: para ganar la guerra, necesita un ejército. El precio: casarse con la hija de la familia rival más peligrosa del norte.

Él no busca amor, busca soldados. Ella no busca un dueño, busca libertad. Pero cuando el deber los une en el altar, la guerra política se convierte en una explosión de pasión que ninguno podrá controlar. En la mafia, la lealtad se paga con sangre, pero el deseo... el deseo se paga con la vida.

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1 BODA DE SANGRE
MATTEO —Si sigues apretando la mandíbula así, vas a necesitar un dentista antes de que termine la misa —me soltó Dante al oído. Me acomodé el saco n***o, sintiendo el cañón de mi Beretta rozarme las costillas. Estaba de pie frente al altar de la Catedral de Palermo, rodeado de tipos que darían un brazo por verme en un ataúd junto a mi padre. —No vine aquí a sonreír, Dante. Vine a comprar un ejército —le respondí sin mirarlo, clavando la vista en la puerta—. ¿Dónde carajos está Valenti? El trato era a las doce en punto. —Ya están aquí, todo alrededor de la catedral está cubierto por sus hombres y los nuestros. Si Sandro intenta algo, esta iglesia se va a convertir en un matadero en cinco segundos —Dante se cruzó de brazos, escaneando a los capitanes de las familias del norte—. Ahí vienen. Las puertas de madera de la catedral se abrieron y el silencio fue total, Don Valenti entró con la barbilla en alto, pero todas las miradas se desviaron hacia la mujer que colgaba de su brazo, Ariadna Valenti. Caminaba como si fuera la dueña de la catedral, su vestido blanco resaltaba contra su cabello rojo fuego, una melena rizada que parecía quemar el aire a su paso. Cuando llegó al altar, su padre me tomó la mano con una fuerza innecesaria. —Aquí tienes el pacto, Moretti —dijo Valenti con voz ronca—. Cuídala, porque si le pasa algo, mis tres mil soldados se volverán contra ti. —Cumpliré mi parte, Valenti —respondí, tomando la mano de la pelirroja. Estaba fría, pero firme. Ariadna me miró de arriba abajo, sus ojos verdes estaban cargados de una burla que no esperaba encontrar en una mujer que acababa de ser vendida por su familia. —¿Este es el famoso Don de Palermo? —me soltó ella, con una voz que cortó el murmullo de los invitados—. Te ves más joven en persona y mucho más desesperado. —Y tú te ves mucho más problemática de lo que decía el contrato —le repliqué, apretando sus dedos—. Guarda la lengua, todavía estamos frente a Dios. —Dios no tiene nada que ver con lo que estamos haciendo aquí —sonrió ella, y vi las pecas de su nariz arrugarse con una travesura letal. El cura empezó el ritual a toda prisa, parecía que él también quería salir vivo de ahí. —Matteo Moretti, ¿aceptas a Ariadna Valenti como tu esposa...? —Acepto —dije, mirando fijamente a mi madre, Isabella, que nos observaba desde la primera fila con el rostro sin expresion. —Ariadna Valenti, ¿aceptas a Matteo Moretti...? Ella guardó silencio un segundo de más, sentí que Dante se tensaba detrás de mí. Los capitanes empezaron a murmurar. Ariadna me miró, ladeó la cabeza y luego, con una calma que me dio escalofríos, respondió: —Acepto. Me puso el anillo de oro con un movimiento brusco, casi clavándome el metal en la piel. Yo hice lo mismo, sellando nuestra condena mutua. —Puede besar a la novia —sentenció el cura, santiguándose. Me incliné para darle un beso rápido en la mejilla, solo para cumplir el protocolo, pero Ariadna me agarró del cuello de la camisa y me jaló hacia ella. Me besó con una rabia salvaje, una provocación que me dejó el sabor de su labial en los dientes. Me mordió el labio inferior antes de soltarme, dejándome descolocado frente a quinientos mafiosos. —Eso fue para las fotos, Moretti —susurró, guiñándome un ojo—. No te emociones. Salimos de la iglesia mientras los pétalos de flores caían sobre nosotros, al llegar a los escalones, un hombre de n***o se acercó corriendo a Enzo, que vigilaba la salida. Enzo me hizo una seña rápida. —¿Qué pasa? —le pregunté a Enzo mientras Ariadna se acomodaba el velo con total indiferencia. —Un mensaje de Sandro, Don —respondió Enzo, entregándome un sobre manchado de rojo—. Lo dejaron en el parabrisas de tu limusina. Abrí el sobre. Dentro había un mechón de cabello rubio y una nota: "Felicidades por la boda, hermanito. Dile a Vittoria que el luto le queda bien, pero que la viudez le sentará mejor, disfruta a la pelirroja mientras puedas". Sentí que la sangre se me convertía en lava. —¡Hijo de puta! —rugí, arrugando el papel—. ¡Enzo, saca a las unidades! ¡Quiero a todos los hombres de Valenti desplegados en el puerto y en la mansión ahora mismo! —¡Matteo, cálmate! —Ariadna se puso frente a mí, bloqueándome el paso—. Los capitanes te están mirando, si sales corriendo como un loco, vas a parecer un niño asustado. Súbete al maldito coche y actúa como un Don. —No me digas qué hacer, Ariadna —le espeté, tratando de apartarla—. Acaban de amenazar a mi hermana. —Y ahora es mi familia también, ¿no? —ella me sostuvo la mirada sin pestañear—. Sube al auto ahora, yo me encargo de que los invitados crean que te mueres de ganas por estar a solas conmigo. Ella se giró hacia la multitud, levantó su ramo de flores con una sonrisa radiante y saludó como si estuviéramos en un cuento de hadas. Nadie sospecharía que estábamos a punto de estallar. Nos subimos a la limusina y en cuanto la puerta se cerró, el silencio se volvió pesado. Ariadna se arrancó el velo con un gesto violento y lo tiró al suelo del coche. —¿Qué fue eso de ahí fuera? —le pregunté, recostándome en el asiento, tratando de recuperar el aliento. —Se llama estrategia, deberías aprender —se cruzó de piernas, dejando ver una liga donde cargaba un cuchillo pequeño y brillante—. Si Sandro envió ese mensaje, es porque quiere que cometas un error, no se lo des. —Tienes mucha opinión para ser alguien que acaba de llegar a Palermo —la miré de arriba abajo, deteniéndome en sus pecas y en el brillo desafiante de sus ojos—. ¿Siempre eres así de insoportable? —Solo con los hombres que creen que pueden mandarme —se acercó a mí, quedando a pocos centímetros de mi rostro—. Escúchame bien, me casé contigo para salvar a mi familia de una guerra en el norte, y tú te casaste conmigo porque estás perdiendo la tuya. Somos socios comerciales, nada más. No intentes meterte en mi cama ni en mi cabeza, porque te vas a arrepentir. —Te recuerdo que eres mi esposa ante la ley de la mafia y ante la de Dios —le dije, atrapando un mechón de su cabello rojo entre mis dedos—. Y en esta isla, el Don siempre obtiene lo que quiere. —Entonces prepárate para ser el primer Don que se queda con las ganas —ella me apartó la mano de un golpe y se giró para mirar por la ventana—. Mira, ya llegamos. El coche se detuvo frente a la mansión Moretti, Isabella y Dante ya nos esperaban en la entrada. Pero antes de bajar, Ariadna me tomó del brazo, su expresión se volvió seria por primera vez. —Si vamos a ganar esta guerra, vas a tener que confiar en mí más de lo que confías en esos capitanes traidores, mi padre me enseñó a pelear antes que a bordar. —Veremos de qué estás hecha, pelirroja —respondí, abriendo la puerta. Bajamos del auto y el ambiente cambió de golpe. Gia, la hija de Enzo, salió corriendo de la casa con el rostro bañado en lágrimas. —¡Matteo! ¡Dante! —gritó Gia, tropezando—. ¡Es Vittoria! ¡El médico dice que no puede detener las contracciones! ¡Si no hacemos algo, el bebé nacerá hoy y no sobrevivirá! Dante salió disparado hacia la entrada, empujando a los guardias. Ariadna, sin pensarlo dos veces, se recogió la falda del vestido de novia y corrió detrás de él. —¡Espera! ¡¿A dónde vas?! —le grité. —¡A ayudar, idiota! —me gritó ella por encima del hombro—. ¡Mueve el trasero y busca al mejor especialista de Sicilia si no quieres que este sea el último día de tu sobrino! Me quedé ahí parado, viendo cómo mi nueva esposa entraba en mi casa como un torbellino, dándole órdenes a mis propios hombres. Me ajusté el arma y miré a Enzo. —Parece que la pelirroja no solo muerde, Enzo —mascullé—. También manda. —Es una Moretti ahora, Don —respondió Enzo con una sombra de sonrisa—. Y parece que es justo lo que esta familia necesitaba para no terminar de hundirse. Entré en la mansión, sintiendo que la guerra no solo estaba en las calles con Sandro, sino dentro de mis propias paredes, y que mi esposa pelirroja iba a ser la batalla más difícil de mi vida.

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