5 SECRETOS EN LA OSCURIDAD

1728 Words
MATTEO La mansión Moretti nunca se sintió tan pequeña como la mañana después del funeral. Desperté con el cuerpo rígido en el sofá del despacho, rodeado de los libros contables de mi padre y el recuerdo de la voz de Ariadna retándome. Me pasé la mano por la cara y me dirigí a la suite principal. Ariadna no estaba en la cama, el lado del colchón que le correspondía estaba perfectamente tendido, maldije entre dientes. Me acerqué al vestidor y la encontré de pie, frente a la caja fuerte de pared que mi padre ocultaba tras un panel de madera, tenía un estetoscopio en las manos y una concentración que me hizo hervir la sangre. —¿Qué carajos crees que estás haciendo? —mi voz estalló en la habitación. Ella ni siquiera brincó, se quitó los auriculares con una parsimonia desesperante y me miró por encima del hombro. —Tu padre no era un hombre de descuidos —dijo ella, cerrando el panel con un clic—. Pero alguien en esta casa ha estado moviendo dinero hacia cuentas no registradas desde hace seis meses. Si crees que Sandro es tu único problema, eres más ingenuo de lo que pareces. Caminé hacia ella en tres zancadas, invadiendo su espacio hasta acorralarla contra la madera fría del vestidor. Le arrebaté el estetoscopio y lo tiré al suelo. —Te di una orden, te dije que no hurgaras en los asuntos de los Moretti. Este no es tu patio de juegos en Milán, aquí la curiosidad te manda a una fosa común en el cementerio de Santa María. —Y la arrogancia te manda ahí mismo, pero con una bala en la nuca —replicó ella, pegando sus manos a mi pecho para mantener la distancia—. No soy una intrusa, soy tu esposa por contrato, lo que significa que tus deudas son mis deudas y tus enemigos son los míos. Si esta casa cae, yo caigo contigo y no tengo ninguna intención de morir por tu falta de visión. La tomé por las muñecas, inmovilizándola contra la pared, el contacto de su piel contra la mía, que ardía de pura rabia y un deseo que no quería admitir, creó una tensión que podía cortar el aire. —¿Qué buscas realmente? —le siseé, bajando la cabeza hasta que nuestras narices se rozaron—. ¿Pruebas para enviarle a tu padre? ¿O una moneda de cambio para negociar con Sandro cuando creas que el barco se hunde? Ariadna soltó una risa seca, una que me vibró directo en el estómago. —Busco la forma de que no nos maten mientras tú juegas al Don herido. Tu segundo al mando, es fiel, pero Enzo... Enzo sabe demasiado y dice muy poco. ¿Alguna vez te has preguntado por qué sobrevivió a la explosión sin un rasguño mientras tu padre se hacía cenizas? La solté como si me quemara, la acusación contra Enzo era un golpe bajo, una semilla de duda que no podía permitir que creciera. —Vete de aquí —le ordené, señalando la puerta—. Vístete. Tenemos que ir al puerto. Sandro acaba de reventar un cargamento de suministros. —Voy contigo —sentenció ella, soltándose de mi agarre—. Conozco los códigos de aduana de los Valenti. Si intentas sacar ese cargamento sin la firma de mi padre que yo puedo falsificar ahora mismo, la guardia costera te va a confiscar hasta los zapatos. —No vas a salir de esta casa, es demasiado peligroso. —Peligroso es dejarte ir solo cuando no sabes quién te está vendiendo por la espalda —ella se acercó a mí, agarrándome de la camisa con una fuerza que me sorprendió—. No soy un adorno, úsame o piérdeme, pero deja de tratarme como si fuera de cristal. Media hora después, estábamos en la camioneta rumbo a las aduanas de Catania. Ella miraba por la ventana, con la barbilla en alto, mientras yo limpiaba mi Beretta por pura inercia. Al llegar el puerto era un caos, el humo de los contenedores incendiados subía al cielo y mis hombres corrían de un lado a otro tratando de rescatar lo poco que quedaba. Bajé del auto y le hice una seña a Dante. —¿Qué tenemos? —pregunté, ignorando a Ariadna que bajaba tras de mí a pesar de mis quejas. —Sandro se adelantó —dijo Dante—. Sabían exactamente qué contenedor tenía la insulina y los antibióticos, alguien les dio el número de serie. Miré a Ariadna, ella no dijo nada, simplemente caminó hacia la oficina del jefe de aduanas, un hombre llamado Mancini que nos miraba con terror. —Mancini —dijo ella—. Mi padre, el Don Valenti, me dijo que usted era un hombre razonable. Pero veo que ha dejado que el cargamento de mi nueva familia sea saboteado, eso es muy... desafortunado para su carrera. —Señora Moretti... yo no pude hacer nada... llegaron armados... —balbuceó el hombre. Ariadna se sentó en el escritorio de Mancini, cruzando las piernas con una elegancia letal. Sacó su cuchillo y empezó a limpiarse las uñas con la punta, sin mirar al hombre. —Mancini, quiero las grabaciones de las cámaras de las últimas tres horas y las quiero antes de que mi esposo decida que su cabeza se vería mejor decorando la entrada del puerto. Mancini me miró a mí, buscando clemencia. Yo solo me crucé de brazos y asentí. Mi esposa estaba haciendo el trabajo sucio por mí y lo hacía con una maestría que me ponía los pelos de punta, el hombre tecleó algo en su computadora y nos mostró la pantalla. En el video se veía a un hombre de espaldas, entregando un sobre al camarógrafo para que apagara el sistema. No se le veía la cara, pero llevaba un anillo de oro con un sello que conocía perfectamente, era el sello de la familia Moretti. —Es de los nuestros —susurró Dante, sacando su arma—. Don, tenemos una rata en la mansión. —No solo una rata —añadió Ariadna, poniéndose de pie y guardando su cuchillo—. Mira el reloj del video, esa entrega se hizo diez minutos antes de que tú y yo saliéramos de la mansión, alguien sabía que veníamos para acá. Sentí una furia fría recorriéndome la columna. Antes de que pudiera dar una orden, una ráfaga de disparos rompió los cristales de la oficina. —¡Al suelo! —rugí, tacleando a Ariadna hacia el piso justo cuando una bala pasaba por donde había estado su cabeza hace un segundo. Dante devolvió el fuego desde la puerta, el puerto se convirtió en un infierno de gritos y disparos. Tomé a Ariadna por el cuello del vestido y la arrastré detrás del escritorio. —¡Te dije que te quedaras en la casa! —le grité por encima del estruendo. —¡Y yo te dije que nos estaban vendiendo! —me gritó de vuelta, sacando una pistola pequeña que tenía oculta no sé dónde—. ¡Deja de gritar y dispara, Moretti! Me asomé por el borde del escritorio y vi a un grupo de hombres de Sandro avanzando entre los contenedores. Estábamos acorralados, Mancini yacía muerto en el suelo con un tiro en la frente. —Dante, ¡cúbrenos! —ordené—. ¡Vamos a salir por la puerta trasera hacia los muelles! Tomé la mano de Ariadna y corrimos bajo el fuego cruzado, esquivando las balas que rebotaban. Llegamos al muelle 4, donde una lancha de los Moretti estaba lista para emergencias. —¡Sube! —le grité a Ariadna, dándole cobertura mientras ella saltaba a la embarcación. Justo cuando yo iba a saltar, una bala me rozó el hombro. Solté un gruñido de dolor y caí pesadamente sobre la cubierta. —¡Matteo! —el grito de Ariadna sonó cargado de un miedo que me sorprendió. Ella no esperó. Se arrojó sobre mí, cubriéndome con su cuerpo mientras las balas seguían impactando en el casco de la lancha. Sus manos buscaron mi rostro, sus ojos verdes estaban dilatados por la adrenalina y algo más que no pude identificar. —No te mueras, idiota. No me dejes sola con tus lobos —me susurró al oído, mientras su respiración chocaba con mi cuello. —Arranca el motor —le ordené, apretando los dientes por el dolor—. ¡Ahora! Ella se movió hacia los controles con una destreza que me dejó mudo. El motor rugió y la lancha salió disparada hacia el mar abierto, dejando atrás el puerto en llamas. Me recosté contra los asientos, presionando mi herida, y vi cómo Ariadna manejaba la embarcación con el cabello rojo volando al viento y la mirada fija en el horizonte. Alguien en la mansión nos quería muertos y la única persona en la que podía confiar era la mujer que me había jurado odio eterno frente al altar. —Matteo —dijo ella, sin apartar la vista del frente—. Mira hacia atrás. Me incorporé con esfuerzo. En el muelle, una figura solitaria nos observaba con binoculares, a pesar de la distancia, pude reconocer la complexión. Era alguien que debería estar cuidando a Vittoria en la mansión. —Es una trampa, Ariadna —mascullé, sintiendo que el mundo me daba vueltas—. No regreses a la mansión. —¿A dónde vamos entonces? —preguntó ella, girando el timón con fuerza. —Al refugio de la costa. Pero justo en ese momento, el motor de la lancha empezó a toser humo n***o. Miré el indicador de combustible, estaba vacío. Habían saboteado también la huida, estábamos a la deriva, en medio del mar, con un asesino en casa y una herida que empezaba a nublarme la vista. —Matteo, mírame —Ariadna dejó el timón y se arrodilló frente a mí, rompiendo un pedazo de su vestido para vendarme el hombro—. No te desmayes, mírame a los ojos. La miré, sus pecas, su boca entreabierta, el sudor en su frente. Por un segundo, el dolor desapareció. —Dime por qué me salvaste —susurré. —Porque el contrato dice que hasta que la muerte nos separe y yo decido cuándo es ese día. La lancha se detuvo por completo.
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