ALESSANDRO El calor de la explosión en el muelle fue real, pero mi muerte no. Enzo y yo preparamos todo para que el mundo creyera que el Don de Palermo ya no existía. Solo así Sandro y Lorenzo saldrían de sus escondites, me oculté en la villa de las montañas, herido y furioso, esperando el momento de atacar. Pero la noticia que Enzo me trajo a los pocos días me dejó sin aire: Matteo, para salvar el honor y evitar la masacre tras mi muerte, había aceptado casarse con la hija de Valenti. —¿Cómo que ya se casó? —le pregunté a Enzo, intentando ponerme en pie a pesar del dolor de las costillas—. ¡Apenas han pasado días! —Valenti no perdió el tiempo, Alex. Aprovechó el caos de tu muerte para forzar el trato. La boda ya se celebró —respondió Enzo, sujetándome del brazo para que no cayera. El

