MATTEO Vacié la botella de whisky en el desagüe del gimnasio y la arrojé al cesto. Ya no necesitaba anestesia. Subí al despacho y me senté frente a los monitores. Reconfiguré los accesos de la mansión en segundos, eliminando cada código antiguo y dejando el mío como autoridad única, nadie más se movería a mis espaldas sin que yo lo supiera. —Dante, entra —ordené por el radio. Él apareció de inmediato, cerrando la puerta tras de sí. —Saca a los Valenti de los muros interiores —dije sin levantar la vista de los planos—. Inventa que es por respeto a la memoria de mi padre, pero no quiero a sus soldados en los pasillos. A partir de hoy, nuestra gente vigila las puertas. —Valenti lo tomará como un insulto —advirtió Dante—. Ya está furioso porque lo excluyes de las reuniones de logística.

