17 EL PESO DEL SECRETO

960 Words
VITTORIA Apenas deje de escuchar el sonido de los pasos de Dante cuando logré ponerme de pie, Matteo firmó la anulación, había dicho, y esa frase fue el motor que mi cuerpo necesitaba para ignorar el dolor del embarazo. No podía dejar que mi hermano destruyera su vida y la de Ariadna por un impulso de orgullo. Sabía que Ariadna era honesta; lo había visto en sus ojos y en la forma en que Matteo se transformaba cuando estaba cerca de ella. —Señora, por favor, descansé, el médico dio órdenes... —la enfermera intentó detenerme, pero le puse una mano en el hombro con una firmeza que la dejó muda. —Trae mi abrigo ahora, si mi esposo pregunta, dile que estoy durmiendo. Si intentas detenerme, mañana estarás de patitas en la calle. Llegar a la mansión Moretti me costó cada gramo de energía, el trayecto fue un suplicio de pinchazos en el vientre, pero la urgencia era mayor. Entré por la puerta de la servidumbre, moviéndome con sigilo entre los pasillos que conocía desde niña. Al cruzar el vestíbulo, vi a Matteo. Estaba de pie frente al ventanal, con una copa de whisky en la mano y una mirada de derrota que me partió el alma. Parecía un hombre al que le hubieran arrancado el corazón y estuviera tratando de recordar cómo respirar, no le dije nada; necesitaba la verdad antes de enfrentarlo. Me escabullí hacia las escaleras del sótano mientras él se servía otro trago. Bajar esos escalones fue una agonía para mi espalda, pero logré llegar al nivel de las celdas. Los guardias se tensaron al verme, bloqueando el camino con sus armas. —Señora Vittoria, el Don prohibió las visitas a la prisionera —dijo el guardia más joven, tratando de sonar firme. —Soy Vittoria Moretti. Quítate de mi camino o yo misma me encargaré de que Matteo te envíe a vigilar los muelles de Catania bajo la lluvia el resto de tu vida —les espeté, sosteniéndome de la pared para no tambalearme—. Dame las llaves. El miedo a mi apellido pudo más que las órdenes de mi hermano. Me entregaron el manojo de llaves y se retiraron al final del pasillo, abrí la reja de la celda de Gia y entre, encontré a Gia en un rincón, hecha un ovillo, temblando. —Gia... —susurré, dejándome caer en el banco de madera con un suspiro de dolor. Ella levantó la vista y sus ojos, hinchados y rojos por el llanto, se abrieron con un terror absoluto al verme ahí, pálida y sin aliento. —¡Vittoria! ¡No deberías estar aquí! El bebé... te vas a poner mal por mi culpa —sollozó, arrastrándose hacia mis pies sin atreverse a tocarme. —El bebé estará bien si tú dejas de ocultarnos una verdad que nos está matando, Gia —le tomé las manos, que estaban frias—. Matteo ya firmó la anulación de su matrimonio, Ariadna está en la calle sola y mi hermano va a meter a Bianca Valenti en su cama el sábado. Todo por tu silencio, todo porque no confías en nosotros. Gia soltó un grito ahogado y se cubrió la boca, sacudida por un sollozo que parecía desgarrarle el pecho. Se aferró a mis rodillas, hundiendo el rostro en la tela de mi vestido. —¡Yo no quería traicionarlos! ¡Ustedes son mis hermanos! ¡Dante, Matteo... son todo lo que tengo! —gritó, con la voz rota por la angustia. —Entonces explícame qué pasó, cuéntame de ese hombre del que todos hablan y al que según entiendo porteges, Dante sabe que él es la clave, pero Matteo cree que Ariadna era la que movía los hilos, dime la verdad antes de que esta casa termine de arder. Gia respiró hondo, tratando de estabilizar su pulso. Se sentó en el suelo, frente a mí, y empezó a hablar con una voz que parecía venir de un lugar muy lejano, cargada de una nostalgia amarga. —Todo empezó en aquel viaje a la costa, Vittoria... —comenzó, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Conocí a un hombre encantador, Paolo. Salimos varias veces y todo parecía un sueño, era atento, divertido, me hacía sentir que no era solo la hija del jefe de seguridad de los Moretti. Me enamoré como una estúpida, me entregué a él pensando que el destino finalmente me había sonreído. —¿Y qué pasó cuando volvieron a Sicilia? —le pregunté, sintiendo que la historia era mucho más trágica de lo que Matteo imaginaba. —Lo vi de nuevo aquí y mi mundo se vino abajo. Paolo no era un turista, era un soldado de Sandro. Al principio él no me dijo nada, seguimos saliendo a escondidas. Él se enamoró de mí también, me lo juró. Planeábamos pedirle ayuda al Don Alessandro para salir de ese enredo, pensamos que él entendería... pero entonces el Don murió. Tú te pusiste muy grave y yo tuve miedo de Matteo, conociendo su temperamento, sabía que nos mataría a los dos si se enteraba. Gia apretó mis manos con una fuerza desesperada, como si intentara transmitirme su miedo. —Pensábamos huir juntos, dejarlo todo atrás. Pero Sandro apareció para cobrar los favores que le había hecho a Paolo. Resulta que Paolo le debía una suma de dinero enorme y Sandro amenazó con matarnos a los dos si no le dábamos algo a cambio, estaba desesperada, le di información que creí que era inofensiva, solo para que dejara a Paolo en paz por unos días mientras buscábamos una salida. Me quedé helada, la traición de Gia no nació del odio, sino de un amor que Sandro supo manipular con maestría.
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