Capítulo 3

1459 Words
CAPÍTULO 3 BRUSELAS, 1 DE MAYO DE 1976 —Bienvenidas, señoras. Les doy la bienvenida. Mi nombre es Doctor Charles DeVries, y es un placer para mí, de parte de todos los doctores y personal de la clínica, desearles una feliz estancia en nuestras instalaciones y un futuro aún más feliz después de dejarnos. Si pudieran por favor darle sus nombres a Angelique aquí en el escritorio, una a la vez por favor. Ella les asignará su habitación y les mostrará el camino. Recuerden, nombres solamente señoras, por favor. Nos gusta mantener la privacidad de nuestros clientes aquí en la clínica, incluso entre ustedes, por eso una de las condiciones durante su estancia es que sólo utilicen su primer nombre al conversar entre ustedes. Nada de apellidos aquí señoras. ¡Nunca! Ese “nunca” sonó con tanta fuerza y convicción que algunas mujeres, reunidas en el recibidor de aquella clínica, sintieron como si acabaran de entrar a una especie de campamento militar y como si les hablara el sargento mayor de un pelotón de novatos, en lugar de estar en una clínica de fertilidad en las afueras de la bella ciudad de Bruselas frente al extremadamente apuesto Dr. Charles DeVries. Cada una de las seis mujeres presentes en aquella área de recepción tan espaciosa y bien iluminada de la clínica, había llegado según las instrucciones previas del Dr. DeVries. Algunas habían llegado a Bélgica dos o tres días antes, pero se alojaron en hoteles hasta que llegara el momento de reportarse en la clínica. Lo que si era seguro fue que cada una de ellas quedó impresionada cuando sus respectivos taxis las llevaron desde una estación local pequeña en las afueras de la ciudad hasta su destino. Observaron las amplias áreas cubiertas por césped y las instalaciones mientras el auto se acercaba al camino cubierto de grava; su crujido se escuchaba con el pasar de los neumáticos del taxi. Los jardines eran hermosos y exuberantes, con una deslumbrante variedad de flores de cada tono que se pueda imaginar colocadas en las orillas; era un deleite contemplarlas. Todo lo que se observaba al acercarse a la clínica trasmitía paz, serenidad y armonía; mostraba un lugar para relajarse, tomarse las cosas con calma, y disfrutar. Ya había otras mujeres en la clínica. Las nuevas las vieron tomando paseos en esas áreas disfrutando de los rayos del sol; parecía como si nada en el mundo les importara. El lugar realmente parecía destinado a ser un paraíso de tranquilidad; un lugar donde podían olvidarse de la presión del hogar, y concentrarse en la única cosa que importaba en ese momento de sus vidas. Sería correcto decir que cada una de esas seis mujeres sintió como si acabara de llegar a una encrucijada en su vida, y que la nueva dirección que estaba a punto de tomar la llevaría a un futuro más optimista para ella y para el bebé que esperaba tener pronto. Lucía Cannavaro fue la primera en llegar a la recepción. Su temperamento italiano la hizo querer ser la “numero uno” a la hora de registrarse y de que le asignaran su habitación. No era por ser grosera, ¡era por ser italiana! —Mi nombre es Lucía —le dijo claramente a Angelique, la recepcionista, apegándose a la regla de sólo dar su nombre. —Oh si, Lucía, usted está en el Ala Blenheim, habitación cuatro —dijo Angelique, después de revisar la lista en el escritorio frente a ella. Angelique tenía unos veinticuatro años, cabello rubio a la altura de los hombros, y era una recepcionista medica altamente profesional. También estaba registrada como enfermera, como prueba se podían observar las insignias en su blanco e inmaculado uniforme y su tarjeta de identificación en el pecho sobre el bolsillo izquierdo, en el cual se encontraban varias plumas y una pequeña linterna alineadas como soldados en una fila. —Por favor tome asiento Lucía, y cuando asigne una habitación a cada una, haré que las escolten a sus cuartos. Lucía hizo lo que se le pidió y se sentó en uno de los cómodos sillones estratégicamente colocados en el área de recepción mientras Angelique eficientemente continuaba su trabajo con las demás. Mientras esperaba, escuchó a las demás identificarse con la recepcionista: —Katerina —dijo la primera, con un acento que Lucía no pudo reconocer, seguido de: —Mi nombre es Theresa —esta vez con un acento irlandés inconfundible. Angelique no perdió el tiempo, y las asignó a las habitaciones uno y tres, en el mismo ala que Lucía. Parecía que todas estarían hospedadas en el Ala Blenheim de la clínica, la cual era reservada para aquellas mujeres que se someterían a nuevos procedimientos y tratamientos experimentales. Pronto, Katerina y Theresa se unieron a Lucía en los sillones de espera mientras se registraban con Angelique, una americana llamada Tilly, después una inglesa de nombre Elizabeth y una chica de apariencia eslava que respondía al nombre de Christa. Cada una fue asignada a una habitación. Parecía que cada una tendría una habitación privada durante su estancia en la clínica. El Dr. DeVries explicó rápidamente que esto era necesario ya que ciertos procedimientos requerían privacidad y pensaron que las clientas en la clínica se sentirían más como en casa si los procedimientos se llevaran a cabo en las áreas más hogareñas de las instalaciones, en lugar de los laboratorios o habitaciones utilizados para tratamientos de fertilidad de rutina que se ofrecían en la clínica. El doctor comentó que todas y cada una de las habitaciones estaba equipada con la maquinaria y equipo médico necesario para llevar a cabo cada aspecto de sus tratamientos, y que si no fuera por la necesidad de tomar aire fresco y de ejercitarse, podrían pasar todo el tiempo en la clínica dentro de sus habitaciones sin ver jamás la luz del día; aunque creía que eso sería más como una sentencia en prisión, y nada que ver con la razón por la que habían venido. Algunas de las mujeres soltaron una risa nerviosa al escuchar sus palabras. Algunas, incluyendo Lucía, sintieron un ligero escalofrío de inquietud mientras el doctor hablaba, ya que no sonaba tan convincente como había sido antes. Tan pronto como Angelique terminó con Christa, presionó un botón en su escritorio y un minuto después, como por arte de magia se abrió una puerta a sus espaldas y un hombre de bata blanca y pantalón de vestir, apareció. La puerta automática se abrió con tal silencio que su entrada las tomó por sorpresa, y provocó uno o dos suspiros de asombro de las mujeres que se encontraban esperando. —Automatización, la tecnología del futuro, señoras —dijo el DeVries al percibir su incredulidad—. Actualmente utilizamos estas puertas todos los días cuando entramos a tiendas u oficinas, pero allá en 1976 eran una novedad, y normalmente las personas las relacionaban con escenas de Star Trek donde el capitán o algún m*****o de la tripulación se acercaban a una pared sólida que de pronto se abría haciendo un leve sonido para permitir el acceso al puente de mando o a otra plataforma de la nave estelar Enterprise. El pequeño grupo de mujeres vio la revelación de las puertas automáticas como si en verdad estuvieran entrando a un mundo de ciencia ficción. El joven, que se presentó como Marc, no era ningún capitán Kirk pero si era el médico encargado de escoltar a las mujeres a sus habitaciones en el Ala Blenheim. El Dr. DeVries habló una vez más: —Ahora damas, tendrán dos horas para instalarse en su nueva habitación. Confío en que la encontrarán de su agrado y esperamos que estén cómodas aquí. Por favor tómense un tiempo para refrescarse, tomar un baño, desempacar y talvez llamar a sus esposos para informarles que llegaron a salvo. Al término de las dos horas visitaré a cada una de ustedes para hablar sobre la dirección que van a tomar sus tratamientos individuales. Cada caso es único; sus problemas para concebir son individuales y requieren consultas individuales en todo momento durante su estancia en la clínica. El día de hoy es sólo para integración y mañana conocerán al equipo clínico que llevará a cabo los procedimientos que esperamos sean exitosos y les permitan cumplir sus deseos. Lucía lo consideraba uno de los hombres más considerados que jamás había conocido. Su voz era calmada y tranquilizadora, y ella se sentía confiada de que había tomado la decisión correcta al responder al anuncio. Marc pidió a las mujeres que los siguieran, y guio a ese grupo tan diverso a sus nuevos hogares lejos de los propios, en el Ala Blenheim o, como la llamaba el personal de la clínica, “Unidad Especial de Procedimientos”.
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