Capítulo 4

498 Words
CAPÍTULO 4 En aquella habitación sin ventanas, los dos niños despertaron y se quedaron recostados felizmente, observando en silencio los móviles de colores brillantes que colgaban del techo sobre ellos. Debido a la ausencia de alguna brisa o corriente natural en la habitación, los adornos colgados tenían un movimiento casi imperceptible, provocado por las pequeñas corrientes de aire, producidas por la respiración de los niños y el sistema de aire acondicionado súper silencioso. Había figuras de elefantes, gacelas, leones, venados, y un avestruz, que cautivaban y atraían la atención de los niños. A diferencia de otros que talvez llorarían o harían algún sonido al despertar sin algún adulto en la habitación, estos dos niños eran silenciosos y no hacían más que mirar fijamente, como autómatas, las criaturas de colores brillantes suspendidas sobre ellos. La mujer entró a la habitación, los miró con un aire claramente profesional, y permaneció de pie tomando notas en la tabla sujetapapeles que cargaba en su mano izquierda. Después de terminar sus notas, cruzó la habitación, colocó la tabla sobre la cajonera junto a la pared y observó su reflejo en el espejo que estaba justo sobre ésta. Lo que observó la complació; era guapa, incluso algunos podrían decir que era hermosa. Medía cerca de 1.60 m, su figura casi había regresado a su forma normal después de haber dado a luz a los gemelos. Hoy se había tomado un tiempo para ponerse maquillaje ya que tendría una reunión de negocios más tarde y estaba feliz por cómo se miraba. Eso, más la falda roja que había elegido y los tacones, no muy altos pero lo suficiente para darle a sus piernas la forma y el contorno deseados, la hacían sentirse muy femenina pero también confiada. Era seguro que los hombres de negocios no la rechazarían. De vuelta con los chicos, los levantó de un por uno y los puso de pie en el suelo, uno a cada lado de ella. Los tomó de la mano y los guio al cuarto de juegos donde el hombre de la bata blanca esperaba sentado. —Son todos tuyos por un par de horas —dijo ella—.Volveré lo más rápido que pueda. —Buena suerte —dijo el hombre mientras ella salía por la puerta hacia la oficina donde había ventanas, luz, y una puerta que conectaba con el mundo exterior. — ¡Bah! —respondió ella—. La suerte no tiene nada que ver; cuando él vea lo que tengo tendrá que decir que sí. Después de eso se fue y el hombre volteó hacia los dos pequeños que permanecían de pie frente a él muy obedientes, como dos pequeñas estatuas. Les ordenó que se sentaran en el suelo y, a pesar de su corta edad, respondieron inmediatamente a la orden. Después prosiguió a leerles un libro que había estado a su lado en el sofá. No era ningún libro para niños; era “Decadencia y caída del Imperio romano” de Gibbon.
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