ESPIANDO:

1777 Words
━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ Entre caricias y chocolates ━━━━━ ∙ʚ♡ɞ∙ ━━━━━ DOS DÍAS DESPUÉS: Gia se encontraba en su habitación, había dormido profundamente toda la noche. Al parecer el susto había salido de su cuerpo, y dejó el agotamiento como consecuencia. Esa mañana, al abrir los ojos en lo único que pensó, fue en agradecerle a Dios porque su abuelo ya estaba en casa. Las indicaciones del doctor fueron claras, y precisas: cero preocupaciones, tomarse religiosamente sus medicinas y dieta. Lo último le parecía un tanto difícil, ya que Enzo era Chef y dueño de una cadena de restaurante. Pare él, la buena comida era lo principal en su vida. Dio un largo suspiro cuando entro al cuarto de baño, y se miró al espejo. Aunque no había vuelto a hablar del tema, estaba segura de que en cualquier momento su Nono le presionaría para arreglar las cosas con Santino. De hecho, el ultimátum que le dio era muy en serio. Recordó en ese instante aquellas palabras: «Tienes tres meses para solucionar tu situación con Santino… Si no lo hacen, ambos perderán sus herencias». —¡Todo se complicó! —exclamó frente al espejo, al mismo tiempo que abrió el grifo del lavamanos y se enjuagaba el rostro para espabilarse. Después se quitó su pijama, y se metió bajo el agua de la regadera. De repente no sabía qué hacer; se sentía doblemente responsable. Se había esforzado mucho por no ser solo una cara bonita, y una chica rica en su empleo. Tampoco es que soñaba con desplazar a Ernesto, a ella solo le gustaba estar entre calderos, sartenes porque la cocina le recordaba a la familia que había perdido años atrás. Luego de unos minutos, salió de la ducha. Sonrió al darse cuenta de las ropas que escogió para ponerse. Puesto que todavía le gustaba la ropa de grandes diseñadores, pero que en la actualidad la usaba muy poco, porque le interesaba más resaltar por sus logros culinarios que por su apariencia. Aunque muchas veces el gusanillo de la vanidad la tentaba. Con unos jeans desgastados, una camiseta de Betty Boop, botas deportivas, con el cabello sujetado en un moño flojo, sin un gramo de maquillaje, Gia esparcía su perfume de olor cítrico, antes de salir de la habitación. Sacudió la cabeza y cuadró los hombros, quería ver como había amanecido Enzo; pero tenía miedo de que le hiciera mención acerca del tema de su matrimonio una vez más. Sin embargo; tomó una respiración profunda porque en algún momento tenía que enfrentarse a Santino. Caminó por el pasillo y se dio cuenta de que la puerta de la habitación de su abuelo estaba entre abierta. Así que aceleró el paso, cuando estuvo para de frente se detuvo. —Deberías de dejar de insistir en eso, Nono. Al escuchar aquellas palabras, el corazón de Gia se detuvo. Aquel tono de voz grave, con un toque de firmeza, le hizo fallar las piernas, pues sabía muy a quien pertenencia. —¡Santino! —susurró, y luego puso una de sus manos sobre su boca, temiendo haber sido escuchada. —Eres tan terco como ella —se quejó Enzo. —No se trata de terquedad, y lo sabes —Santino hizo una pausa—. Es simplemente que no pienso hacer nada al respecto con los que me estás diciendo. —Es decir que prefieres que Alonzo y yo donemos todo lo que has trabajado estos últimos años a la beneficencia. «¡Mierda! También lo está presionando», se dijo Gia. —Nono, te recuerdo que aunque mi participación en el negocio de ustedes es apenas de un veinte por ciento, he sabido administrarme —le recordó Santino—. No solo dependo de la cadena de restaurantes, también tengo un par de inversiones en América. —Ya lo sé —replicó el abuelo—, sé de tu habilidad para los negocios y como has multiplicado el dinero de la familia de tu madre. —Entonces sabes de sobra que no me importa mucho la herencia de mi abuelo, y que si ambos deciden que no me corresponde nada, no pondré objeción en ello. —Puedes tener el imperio romano si gustas, pero los dos sabemos que es la cocina lo que te apasiona. —Nono… —Ese es el secreto del éxito en nuestra cadena de restaurante. Un modelo de negocio que tu mismo te encargaste de hacerlo realidad, aunque tu abuelo y yo no estuviéramos convencidos. ¿Vas a renunciar a todo ahora? —No estoy renunciando, es solo que… —Te diste por vencido con Gia, ¿cierto? En la habitación de Enzo se escuchó un resoplido. —No es darme por vencido, simplemente es que sé cuando retirarme —Santino chasqueó los dientes—. Gia hizo sus planes de vida, y no me incluyó —se escuchó un breve silencio—. Creo que es hora que yo continúe con la mía y si ella quiere el divorcio para terminar con esto, pues yo estoy dispuesto a concedérselo. —¿Cómo sabes que es eso lo que mi nieta quiere? —Han pasado casi tres años, y nunca hemos vuelto a contactarnos. —¡Pamplinas! —exclamó el hombre mayor. —Nono, no puedes obligar a nadie a amar a otra persona. —¿Tienes en tu vida a otra mujer? —¡No! —contestó tajante—. Quiero volver a enamorarme y para poder hacerlo, necesito ponerle punto y fin a Gia y a todo lo que un día soñé tener a su lado. Para ella que estaba escuchando detrás de la puerta fue un golpe bajo, se sintió tan mareada que se alejó de manera inmediata de la habitación y como pudo llegó hasta la cocina. —¡Mi niña! —Lulú exclamó alarmada al verla, y la tomó de brazo para ayudarle a sentarse— ¿Qué te ocurre? —San- ti -no… —contestó ella con voz entrecortada. —¿Lo viste? —preguntó su nana desde que había nacido. —Él ya no me quiere… —Gia se aferró del brazo de la mujer parada en frente a ella— ¿Tiene a otra mujer en su vida? —al hacer la pregunta le fue imposible detener las lágrimas—. Dime la verdad, no se te ocurra mentirme. —Claro que no —respondió Lulú—, pero debes de reconocer que no has sido del todo buena con Santino. Te fuiste, le dejaste y lo dejaste solo sin saber que hacer con todo ese amor que él siente por ti. —Pero si le pido el divorcio… él no se opondrá —soltó de golpe, con voz aterrada. —¿Qué querías? —su niñera la miró severamente— ¿Qué se pasara lo que le queda de vida esperando por ti? Eso es ser egoísta, señorita. —Yo… solo… —Te recuerdo que Santino es joven, muy guapo y un empresario exitoso. Cualquier mujer se las jugaría por tenerle. —¡NOOO! —chilló Gia levantándose de la silla—. Él es mi esposo, no se lo dejaré ninguna mujer… —Entonces apúrate —Lulú soltó una risita—, tiene a más de una chica suspirando por él. —¡Eso no sucederá! —exclamó caminando hasta la salida, y masajeando su frente—. Por favor, llévame algo de comer a mi habitación. Necesito pensar en algo, esto no puede estar sucediendo. Gia salió prácticamente corriendo de la cocina, y al abrir la puerta se tiró en su cama a llorar. Escuchar a Santino decir que se rendía ante ella, no era lo que esperaba y menos en ese momento cuando el patrimonio de ambos estaba en juego. «¡No puedo perderlo todo!», se dijo ella dándole puñetazos al colchón. Aunque ella se refería a la herencia, en el fondo sabía que se debía a algo más. Se limpió las lágrimas de manera rápida con el dorso de la mano, cuando escuchó entrar a Lulú. —No sabía que prepararte, como ahora dices que no desayunas —se encogió de hombros—. Por eso te traje lo más simple. —Gracias —contestó Gia, haciendo gesto con la boca y tomando el sandwich en sus manos. De pronto se escuchó el rugido del motor de una motocicleta, corrió hasta la ventana. Sabía quien era el conductor, Santino se colocaba en ese momento el casco sobre su cabeza. —¿Una nueva Ducati? —cuestionó con un toque de sarcasmo. Lulú soltó una risita al escucharla, y esta se giró con cara de pocos amigos. —¿Qué? —inquirió, encogiéndose de hombros. —Ya sabes como son los hombres con sus juguetes. Al ver como Santino se alejaba de la casa, recordó que fue con él la primera vez que paseó en una motocicleta. De la forma en que el vehículo de dos ruedas tomaba velocidad, de la misma manera las chispas de electricidad, iba creciendo entre ellos. Se dio cuenta de que extrañaba esos momentos. —Tienes toda la razón —respondió con un suspiro. Recordando también que en su primer encuentro Guido era el protagonista. En aquel entonces su esposo era el joven cocinero que había robado su corazón. —Él no la pasó muy bien después que te fuiste —le soltó de golpe el ama de llaves. —Pero ahora ya lo ha superado —Gia chasqueó los dientes—. Al parecer, no le importa que le pida el divorcio. —Tal vez está dolido, ¿no crees? —Yo también —Gia miró a su niñera—, tampoco fue todo color de rosas para mí. —Pero te fuiste, sanaste —Lulú le hizo gesto con la mano—. Hiciste tu vida lejos de aquí, Santino se quedó esperándote. —No podía quedarme en ese entonces —dijo en voz baja, más para ella que para la mujer que la conocía perfectamente. —¿Estás dispuesta a dejarlo ir ahora? —Pienso que ya no se puede hacer nada —las palabras de Gia eran entrecortadas, tratando de contener el nudo en su garganta. —En tus manos está hacer algo o al menos intentarlo —Lulú expresó de manera espontánea, y al ver su cara de asombro agregó—: Si de verdad sientes algo por Santino, es hora de que lo demuestres. Antes de que otra haga quiera llenar el vacío que has dejado durante casi tres años. «¡NUNCA!», el corazón de Gia gritó. No le gustó la advertencia que se escondía detrás de las palabras de Lulú.
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