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Entre caricias y chocolates
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UNA HORA DESPUÉS:
Las palabras de Lulú sacudieron sus sentimientos, al igual que la cabeza. No podía dejar de pensar en la posibilidad de que Santino estuviera con otra mujer. Sabía que era completamente egoísta, pero la verdad eso le importaba muy poco.
Por eso en ese momento se encontraba frente al volante del auto de su abuelo; aunque Giovanni había insistido en llevarla a donde quisiera, le daba un poco de vergüenza que se enterara de que iba a visitar a su esposo.
Tenía más de cinco minutos parada en el estacionamiento, con un susto en la boca del estómago. Ya que tenía miedo de no ser bien recibida, después de escuchar temprano hablar a Santino con su abuelo.
«¡Vamos, Gia no es hora de actuar como una cobarde!», se animó.
Miró su reflejo en el espejo retrovisor, y se dio cuenta de que por más que había usado un toque de maquillaje en sus ojos se reflejaba claramente que estuvo llorando. Se pasó la mano por el cabello, y colocó los mechones sueltos detrás de sus orejas para tratar de apaciguarlos un poco.
«¿Por qué demonios he salido como una loca?», se cuestionó.
Y a los pocos se dio la respuesta, recordando que a Santino le gustaba su versión más sencilla. La que estaba dentro de todo lo fashionista que ella podía ser. Sacudió la cabeza, dio un respiro, cuadró los hombros para darse valor y luego se bajó del auto.
A medida que aceleraba el paso; quedaba maravillada con la nueva fachada del restaurante. Simplemente, era espectacular, sencillo, moderno pero no menos elegante. Sin embargo; le dio un poco de melancolía al observar que no quedaba nada de lo que recordaba de niña.
Al momento que cruzó la entrada se encontró con unos ojos grises gélidos mirándola desde los pies hasta la cabeza.
—Si viniste por la vacante de repostera, debiste entrar por la parte de atrás —la chica pelirroja, le dijo con un tono de desdén.
—¡¿Perdón?! —Gia parpadeó un par de veces, estaba un poco aturdida por las palabras de la chica que ni siquiera la conocía.
Pretendía decir algo más, pero en ese momento hizo su aparición Lía, quien fue su amiga y compañera de trabajo durante el tiempo que trabajo en el restaurante familiar. Al reconocerla dio un paso hacia ella y le dio un fuerte abrazo.
—¿De verdad estás aquí?
—¡Por supuesto que lo estoy! —contestó correspondiendo a su abrazo, después soltó una risita y negó con la cabeza, ya que no entendía por qué la mayoría de las personas que había visto desde que había llegado a Italia reaccionaban de la misma manera.
—¿Lía? —se escuchó una voz que interrumpió el momento—. Sabes muy bien que no están permitidas las visitas en las instalaciones, y menos en la hora de trabajo.
—No tienes que recordarme las normas del lugar, tengo más años que tú trabajando aquí —le respondió ella.
Sin embargo, la pelirroja no apartaba la vista de Gia.
—Tampoco es bueno que recomiendes a tus amigas, eso sería un poco profesional —agregó.
Eso fue todo lo que pudo soportar Gia.
—¿Disculpa? ¿Eres dueña del restaurante o trabajas aquí?
—Ninguna de las dos cosas —respondió Lía apresuradamente.
—No —intervino la joven mirando con rabia a Lía—, soy la encargada del área de marketing y publicidad.
—Ah, entiendo —Gia chasqueó los dientes— ¿Pero aquí mismo?
—Sí, pero con mi empresa —dijo con orgullo—. Tengo una oficina habilitada aquí, porque el mismo dueño lo sugirió.
Aquella noticia no le cayó bien a Gia, quien recordó una vez más las palabras de Lulú.
—Entiendo —miró a los lados y luego agregó—: Por cierto… ¿En dónde está él?
Al terminar de hacer la pregunta miró a Lía, dando dos pasos hacia dentro.
—¿Qué es toda esa confianza? No puedes entrar a aquí de esa manera —la pelirroja usó un tono de voz de ofendida.
—Toda la confianza que me da ser Gia Fontano, dueña de este restaurante y visitar a mi esposo, Santino —expresó y cerró fuertemente los puños.
Al terminar de asimilar la información, la chica palideció.
—¿Su esposa? —inquirió frunciendo el ceño— ¿La que lo abandonó?
Gia dio un paso para acercarse a ella y hacerle saber un par de cosas, pero su amiga le tomó del brazo.
—Ven, no vale la pena —intervino Lía— Mejor ve a sorprender a Santino.
—Sí —fue el turno de ella de mirar a la pelirroja desde los pies hasta la cabeza—, en este momento pienso que es lo mejor.
Los sentimientos de Gia eran encontrados, tenía rabia, celos y unas ganas enormes de llegar a Santino y besarlo delante de todos, decirles con ese gesto que estaba de vuelta. Sacudió la cabeza en negación por ese pensamiento.
—No le hagas caso a Fabiola.
La voz de Lía la trajo de vuelta a la realidad.
—Tiene un más de un año tratando de que Santino le preste un poco de atención —concluyó su amiga después de una risita,
—Todavía no entiendo qué hace aquí —Gia manifestó un poco aturdida— ¿Trabaja o no para el restaurante?
—Bueno… —Lía le abrió la puerta de cristal del área de cocina que antes no estaba—. En realidad es una chica mimada —al decir aquello, se arrepintió y se aclaró la garganta—. Su padre es realmente el dueño de la empresa publicitaria… —suspiró—. Hay que reconocer que Fabiola es buena en lo que hace…
—Pero aún no contestas a mi pregunta —le cortó con curiosidad.
—Ella venía todos los días con la excusa de trabajo, buscando su oportunidad con Santino…
—¿Y? —Gia se estaba desesperando.
—Él se vio en la necesidad de crearle un espacio… y desde entonces está aquí —contestó encogiéndose de hombros.
En ese momento los celos se apoderaron de ella, y en su cabeza ya estaba planeándolo todo.
—Llévame con Santino ahora mismo, por favor.
—Eso es lo que estoy haciendo, pero él no está ahí —Lía de nuevo se echó a reír.
—¿Qué pasa? —quiso saber Gia.
—Ahora entiendo por qué tiene días encargándose él mismo de la cocina.
—No entiendo.
—Al parecer la cocina es el refugio para el desamor.
Gia solo entornó los ojos, y la jaló de la manga de la camisa para que apresurara el paso. A medida que avanzaban, el olor de la comida se hacía más fuerte. Enseguida la boca se le hizo agua, y los latidos de su corazón comenzaron a acelerarse. Encontró a Santino de espaldas preparado varios platos al mismo tiempo. Recuerdos del pasado asaltaron su cabeza, las ganas de abrazarle la iban a traicionar.
—Lía… —dijo sin mirar aún—. Me han dicho que una amiga tuya ha venido por el puesto de repostera.
Al parecer los chismes de pasillos no habían sido remodelados, por eso le hizo señas a la joven de que no le contestara.
—Puedo hacer una prueba, si lo deseas —expresó con un tono de burla.
Santino al escuchar aquellas palabras se quedó inmóvil, segundos después se giró lentamente.
—¿Gia? —susurró su nombre con aquel tono grave, y observándola con sus ojos exóticos.
Su respiración quedó atorada en sus pulmones, durante algunos segundos. Porque no se esperaba aquella mirada gélida de su parte, para darse valor se aclaró un poco la garganta y enderezó la espalda.
—Sí —le hizo gesto con las manos—, como puedes ver estoy aquí.
Santino caminó hasta el lavaplatos, abrió la llave y se enjuagó las manos. Al momento de terminar, se secó las manos con su delantal. Nadie decía una palabra en aquella cocina, tampoco era que se atrevían. Pues la tensión entre Gia y Santino era palpable.
—Lorenzo… —llamó.
Nadie decía una palabra en aquella cocina, tampoco era que se atrevían. Pues la tensión entre Gia y Santino era palpable.
—¿Sí? —este contestó enseguida.
—Encárgate de esto un momento —luego miró hasta donde Gia se encontraba y agregó—: Acompáñame a la oficina.
A ella no le quedó más remedio que aceptar, aunque lo hizo de mala gana. Mientras le seguía el paso se dio cuenta de que todo para ella era nuevo, tenía que reconocer que Santino había hecho un buen trabajo.
Al llegar hasta la oficina, le abrió la puerta de manera caballerosa.
—Entra —le ordenó.
Le temblaron las piernas al escuchar aquella voz grave, tragó grueso. En ese momento recordó el porqué no se permitía estar a su alrededor, contestar sus llamadas, leer sus mensajes telefónicos, tampoco sus correos. La verdad era que podía flaquear ante él en cualquier momento. Ese hombre, solo con una caricia, podía hacerle olvidar todo. Incluso que se había burlado de ella durante mucho tiempo.
No había dado un paso muy bien, cuando escuchó la voz de una mujer.
—¡Oh, estás aquí! —exclamó la recién llegada que se detuvo en seco cuando vio a Gia, chasqueó los dientes—. Veo que estás ocupado, ¿tardarás mucho?
—No lo creo —contestó Santino mirando a su esposa—, pero dime: ¿en qué puedo ayudarte?
—Déjalo —Fabiola dijo sin importancia—, yo estaré aquí cuando te desocupes —le guiñó un ojo y se retiró contoneando las caderas.
Gia sintió que en ese momento que quería cometer un asesinato, respiró profundo. Ya que en ese momento, había tomado una decisión. La idea le había rondado la cabeza durante todo el trayecto. No estaba dispuesta a perderlo todo, no al menos sin intentarlo primero.