—Tú lo que eres es un singao —grita Margarita al salir de la habitación de Héctor—. Un singao y un come pinga.
Héctor la sigue hasta el distribuidor que conecta las tres habitaciones de la planta superior.
—No, a lo cubano no, que no te enteras —continúa gritando mientras se aleja con dirección a las escaleras—. Gilipollas, cabrón. Vete a tomar por culo.
—Me entero Margarita, créeme que me entero. Ya estoy familiarizado con tus groserías.
—Si, soy muy grosera —Margarita se detiene en la punta de la escalera. Regresa—. Pero bien que te gusta cuando te lo grito en la cama.
—Pero… ¿A qué viene esto? Yo no te he criticado. Pero de que estoy familiarizado con tus groserías lo estoy. Te montas unas películas. Mira que te gusta complicar las cosas.
—¡Ah, yo complico las cosas! Tienes esa cara de concreto. Tú te crees que soy monga, yo no vine en una cajita de fósforos.
—¿De qué hablas? —pregunta las manos a l altura de su propia cara y los dedos engarrotados de la ira.
—¿Qué pasa? —pregunta Bruno asomándose con Samanta en la puerta. Su habitación es la contigua.
—Métete en tus cosas —responde Héctor.
—¿Estás bien, Margarita? —pregunta Samanta.
—¿En serio? —reclama Héctor
—No tengo ningún interés en sus asuntos, pero con la que están montando —dice Bruno.
—Pues díselo a Margarita, tu nueva amiga, es ella la lianta. Estaba muy normal, me fui al baño y cuando volví se puso como una loca. Bueno, es que ella es una loca.
—Si, yo soy la lianta —dice Margarita—. También fui yo quien te cogió la polla y se la metió en el coño a la zorra esa que trabaja conmigo.
—Estas malinterpretando las cosas —dice Héctor reponiéndose de la sorpresa.
—¡Ah, sí cómo no! —Margarita empuja a Héctor de la puerta y entra a la habitación. Toma el móvil dónde hacía unos instantes había descubierto los mensajes que se había cruzado con Claudia, una compañera de trabajo. Vuelve al distribuidor con el móvil—. Es un video s****l, un video s****l explícito. ¿Cómo es que voy a malinterpretarlo?
Margarita pone el video donde Héctor y la chica follan, los gritos de Claudia son excesivos. Margarita apunta el teléfono a la cara de Héctor. Él intenta quitarle el teléfono, pero ella se las ingenia para burlarlo y mostrarle también el video a Bruno y a Samanta. Finalmente, luego de varios intentos Héctor logra recuperar su móvil y pausa el video.
—¿Has registrado mi móvil? ¿Cómo sabes la contraseña?
—La contraseña es 54321. No eres ningún genio sabes.
—Bueno, bien. Olvidando el tema de que no eres quién para revisarme el móvil. Tengo que aclararte algo. Nunca acordamos que íbamos a ser exclusivos. Tú podías hacer lo mismo.
—Pues muchas gracias.
Margarita mira alrededor buscando algo. Encuentra un jarrón que adorna el pasillo sobre una mesa estilo antiguo. Lo toma y se lo lanza a Héctor. Este reacciona a tiempo esquivando el jarrón que se hace trizas contra el suelo.
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Samanta continua con los preparativos de la exposición de Vladimir, a tan solo dos días, sin estar concentrada al cien por ciento, ya que pensaba en Margarita. Cuando Vladimir descubrió a Margarita en la tienda, le pareció una terrible coincidencia. Margarita no era precisamente la amistad que exhibes orgullosa. Pero a Vladimir terminó fascinándole. Incluso, luego le llamó con una excusa vaga, pero solo quería preguntar por ella e insistir con la invitación. Samanta tuvo celos dos minutos: como alguien tan sofisticado como Vladimir podía estar tan interesado en alguien tan vulgar como Margarita. Ella misma había sido testigo presencial de muchas chicas que terminaban suspirando y rechazadas por Vladimir. Y aunque le gustaba ir de malote, eran tantas las pretendientas que el por ciento de aceptación se mantenía bajo. Los celos se le pasaron a Samanta cuando se le ocurrió que podía acercar a Margarita a Vladimir. ¿Por qué? Pues por los mismos celos. Solo que esta vez el motivo era Héctor. No quería sentir celos de su novia, no quería sentir esos deseos irrefrenables de acostarse con él, pero allí estaban los dos sentimientos. Y mandaban, sí que mandaban, le bombardeaban con esas ideas. Acercar a Margarita a Vladimir para alejarlo de Héctor. Un martillazo más para hundirles la relación. Sospechaba que la discusión que había presenciado no bastaba. Al final. ¿Cómo había conocido a Margarita? Pues con un bate golpeando el coche que pensaba era de Héctor. Y volvieron a pesar de ello. Sospechaba que la relación de ellos dos tenía más idas y venidas que una montaña rusa.
Toma el móvil y le escribe a Margarita.
Samanta:
Adivina quién me preguntó por ti.
Margarita:
XD
Samanta adivina su mal humor detrás del XD, pero tiene que insistir.
Samanta:
Vladimir me ha insistido para que me acompañaras la noche de la exposición. Es este sábado. Espero que no tengas planes. Lo podemos pasar muy bien y a mí también me gustaría mucho que pudieras venir.
Margarita:
Aunque ya no esté con Héctor?
Samanta:
Héctor me la suda. Te insisto porque me agradas.
Margarita:
Que me pongo?
Samanta sonríe satisfecha.
Samanta:
Puedo prestarte algo. Si te interesa. Noche de chicas.
Margarita:
Noche de chicas. Me interesa.
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Samanta va a buscar a Margarita a la puerta como habían acordado quedado, aunque Margarita aún conservaba la llave de la casa, el objetivo común de las chicas era que Samanta se cerciorara de que Héctor no la viera ni entrar ni salir.
Bruno le había dicho a Samanta que no la acompañaría a la exposición: aprovecharía para trabajar hasta tarde y luego vendría directo a casa. En realidad, casi nunca iba a las exposiciones. Esta ocasión Samanta no le insistió, fue un alivio para él.
A Héctor, Samanta no lo había visto desde la discusión dos días antes. En la casa gobernaba el silencio. Las chicas suben a la habitación, sonríen y van casi de puntillas como dos niñas que planean una travesura. Y la habían planeado, aunque cada una a su forma y por su parte, no en conjunto.
Nada más entran al cuarto, Samanta pone música desde el móvil para apagar sus voces en caso de que Héctor llegue, y también para amenizar.
—Adelante —Samanta señala el armario—. Lo que gustes.
Margarita se queda anonadada con el interior. Pasa la mano por el borde de las prendas de izquierda a derecha. La dueña los tiene ordenados por temporadas y luego por colores.
—Quiero quedarme a vivir en este armario —confiesa Margarita—. ¿Ya sabes que te vas a poner tú?
—Si, es este del final —le muestra un vestido n***o—. El resto está a tu disposición.
Margarita pega dos salticos de emoción.
—¡Qué bellesura! ¡Qué bellesura! Quiero algo sexi y sexi. Ayúdame tú.
Samanta finge que piensa, aunque ya había pensado que le gustaría que la chica llevase. Saca un vestido rojo sangre, sabe por experiencia que predominará la ropa negra. El juego divierte a Samanta es como tener una muñeca grande y guapa a la que vestir y maquillar para que sea la reina de la fiesta.
—Permíteme —Samanta y toma el vestido aún en la percha. Se posiciona detrás de Margarita y le coloca la prenda pegada al cuerpo.
El vestido tiene una abertura larga entre las piernas. Samanta mira por encima del hombro de Margarita y apoya la barbilla ligeramente.
—Espectacular. Te queda muy bien el rojo. Bueno, en realidad con este tipo que tienes todo te queda espectacular. Hasta el uniforme de camarera.
—Gracias.
—Me imaginé que te gustaría. Nunca me lo he puesto. Mira, aún tiene la etiqueta.
—No, no, entonces no —Margarita le despega el vestido del cuerpo y le devuelve la percha.
—Insisto —dice Samanta—. Recuerda que lo elegí para ti. Este vestido se merece salir de fiesta y no estar ahí guardado.
—Eso sí. Grita salir de fiesta y tener una aventura loca.
—¿Estás pensando en algo? —Intenta sonsacarle algo Samanta.
—Pues sí, pero cada cual sabe sus cosas.
—Muy bien, de acuerdo. Chica misteriosa.
—Te prometo que te lo cuento cuando sea un hecho y no un plan —dice Margarita—. Para que se me dé.