Capítulo 10 – La misma cara

1428 Words
Héctor pasa por el pasillo, la puerta del cuarto de su hermano está abierta. Observa que no hay nadie, y un móvil está sobre la cama. La idea se le ocurre en un instante. Entra y toma el móvil. Por la carcasa negra asume que es el de Bruno. Lo enciende y se lo lleva a la cara. Funciona, entra con la identificación facial. Bendita sea la tecnología, piensa Héctor. Una suerte tener la misma cara. Abre la aplicación del banco, entra también. Con su propio móvil le hace una foto al de su hermano. Información que necesitará luego, el nombre de la gestora del banco y su número, el número completo de la cuenta bancaria. En una de las cuentas Bruno tiene doscientos mil euros. La friolera cantidad de doscientos mil euros. Mientras sale a prisa dejando el móvil en el mismo sitio se pregunta ¿de dónde saca su hermano tanto dinero? ¿en qué trabaja? ¿lo sabe Samanta? Llega hasta la sala sin tropezarse con nadie, pero decide salir en el último momento. Mejor que nadie lo vea. Va al garaje y saca el Land Rover, desde el incidente con Margarita, Bruno prácticamente no lo utiliza, prefiere el Mercedes. Héctor se pregunta cómo es que su hermano no le ha reclamado que él lo utilice. # # # # # Para luego es tarde, piensa Héctor, por ello llama a Gemma la gestora del banco. —BBVA, buenos días. Le habla Gemma ¿en qué puedo ayudarle? —Hola, Gemma, soy Bruno. ¿Cómo estás? —Todo bien, Bruno y tú. No me salió tu número en la pantalla. —Es que no te estoy llamando de mi número. Me he quedado sin móvil, al menos por unos días, es una historia un poco larga que incluye muchas bebidas. Pero para qué entrar en detalles y quejarme tampoco resuelve nada. Lo que necesito es una copia de mi tarjeta de banco. No una nueva, solo una copia de la tarjeta terminada en 2230. También estoy sin tarjeta. —¿Y no prefieres cancelar la anterior y solicitar una nueva? Es más seguro así, si también perdiste la tarjeta. —No, no hay problema porque no la he perdido. Solo se ha quedado completamente destrozada. Pero no se ha perdido. Así que con una copia me apaño. ¿Cuánto crees que demorará en llegar a casa? —Una semana. —Pues perfecto. Hacemos eso. Pídeme una copia. ¡Ah, y en cuánto está el límite de retirada por cajero! ¿Puedes recordármelo, por favor? —Un momento, Bruno, que lo confirmo. Es de tres mil. —Pues necesito veinte mil. —Para esa cantidad tendrás que realizar una transferencia y seguramente tendrás que hacerla en dos partes. —Pero no me parece ya que es mi dinero y lo saco cuando yo quiera. Que maldita costumbre tienen los bancos de creerse dueños del dinero ajeno. —Lo siento Bruno, no es eso. Claro que es tu dinero y puedes disponer de él cundo quieras. Son límites que se establen por seguridad. —Seguridad ni seguridad. Para tocar los cojones más bien. Tu perdona, pero llevo unos días… Prepárame para mañana una retirada de veinte mil, voy a retirarlo en persona. En lo que llega la copia de la tarjeta. —De acuerdo. Así te comento de un nuevo seguro que tenemos para… —Si, muy bien. Mañana lo hablamos. A las diez puede ser. —Perfecto. Ya habré terminado con la visita de las nueve. —Nos vemos. Héctor le cuelga satisfecho. # # # # # A las ocho se planta Héctor en las afueras del banco. Lleva una peluca rubia, espejuelos de sol oscuros y ropa de hippie. Se sienta en el parque frente al banco. Espera mientras van llegando los trabajadores. Está atento a sus conversaciones y a los nombres que dicen. Tiene suerte. Una mujer llama a Gemma, le dice que pasará a las once para que le vea el tema de una hipoteca. Gemma asiente contenta. Y le dice que sí, que la espera y le reservará el turno. Satisfecho Héctor se marcha y vuelve a las diez. Entra, pide permiso y se acerca al buró de la Gemma, que ya conoce. —Buenos días —dice Héctor. —Buenos días, Bruno. —Perdona, pero tengo un poco de prisa. ¿Ya tienes mi dinero? —No es que lo tenga en la cartera. En un momento te lo preparo. —Gracias. Te lo agradezco mucho. Gemma va hasta la caja, un cuarto que es como una caja fuerte detrás de las dos ventanillas que atienden al público para gestiones más rápidas. No demora, enseguida vuelve con el dinero en varios sobres de cartón. Vuelve a tomar asiento y se los entrega a Héctor. —¿Deseas contarlo? —pregunta Gemma. —No es necesario —dice Héctor mientras guarda los sobres a prisa en una mochila negra—. Otro día vemos el tema del seguro que me comentaste ayer porque llevo mucha prisa. Muchas gracias, Gemma. Eres muy maja. —Es mi trabajo, para eso estamos —dice Gemma mientras ya Héctor se levanta. # # # # # Samanta llega a casa temprano. Se ha pasado todo el día muy cachonda. Tan cachonda que le costaba concentrarse y se fue temprano. Su cuerpo pide sexo a gritos. Va directo a la cocina por un vaso de agua como si quisiera sofocar el incendio que lleva por dentro. Bebe a prisa, pero nada cambia. Toma de la cubitera un hielo y se lo pasa por el cuello, luego el canalillo hasta llegar al pezón. Se interrumpe por miedo de que alguien pueda sorprenderla. —Bruno… Bruno… —llama. Nadie contesta. —Margarita… Héctor… Nadie contesta. Que bien se siente pronunciar el nombre que gasta para si de tanto pensarlo. Se traga el hielo. Camina hasta la escalera y vuelve a llamar: —Bruno… Sube las escaleras acariciando suavemente el pasamos de madera pulida. —Margarita… Incluso se lamenta de no tener copia del video de Margarita con Vladímir haciéndolo en el baño. De tenerlo a mano, de seguro terminaría masturbándose mientras miraba a esos dos, en especial a Margarita. Nunca había tenido una experiencia con una chica, nunca ni tan siquiera había besado a una amiga en una noche de marcha. Pero esa tarde de tener aquel video sabe que se masturbaría, más mirando a Margarita que a Vladímir. Siempre podía poner una peli porno, pero no era eso lo que su cuerpo le pedía. No era sexo de extraños lo que le excitaba. Al final tendría que rebuscar en su memoria las imágenes que en ese momento le perecieron muy obscenas y fuera de lugar. Las imágenes que Margarita insistió en enseñarle. Ahora las quería. Las evocaba. Entra al cuarto y sin cerrar la puerta. Se desviste despacio. Deseando que alguna persona tenga acceso a su ventana que permanece con las cortinas descorridas y pueda verla. Pueda verla y lo disfrute como ella desnudándose lentamente excitada ante la posibilidad. Completamente desnuda toma una silla del pasillo, la arrastra de las dos patas traseras y la coloca en medio del cuarto, cerca de la puerta. Se sienta con las piernas abiertas como Margarita en la pica del baño. Su mano tiene que ocupar el lugar que ocupó Vladímir aquel día. Enrosca las piernas en las patas delanteras de la silla cuando se penetra a sí misma con dos dedos. —Héctor… —susurra. Se arquea hacia atrás. El cuello cruje cuando mueve la cabeza en círculos con los ojos cerrados. Siente amplitud con los movimientos. Deja reposar el cuello sobre el respaldar con la cabeza inclinada hacia atrás. Con la mano izquierda se agarra un seno y lo aprieta. Se masturba despacio. Samanta se acaricia el abdomen. Endereza la cabeza y se encuentra a Héctor en el pasillo, de pie frente a su puerta mirándola. Lleva una mochila negra colgada de una sola asa. Traga en seco ante el descubrimiento, pero no quiere correr ni esconderse. Había fantaseado con un observador y ahí lo tenía. Un observador que recorre con la mirada su cuerpo de arriba abajo y de abajo arriba. Ella retira la mano de su interior y se la lleva a los labios. Se lame los dedos brillantes de sus jugos con mirada de fiera caliente. Mantiene las piernas abiertas para él, para que él la mire por dentro, y él lo hace. Luego se levanta y de un manotazo cierra la puerta en sus narices.
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