Capítulo 2- Es lo que hay

1320 Words
Samanta se pasea en la habitación, luego de la cuarta ronda se acerca a Bruno. Le abre los ojos al hablarle, pero baja el volumen, no quiere que Héctor los escuche. —Últimamente siempre están pasando cosas… —dice Samanta—. Cosas raras, por llamarlas de algún modo. Primero la loca del bate. —¿Yo no puedo creer que todavía estés pensando en esa…loca? Al menos la llamas tal cual, loca. —Ni te creas que me convenciste, solo lo dejé estar por no seguir discutiendo. Porque yo si me esfuerzo porque esta relación funcione. —En primer lugar, ya está bueno. Piensa lo que quieras con respecto a la loca del bate. En segundo lugar, yo también me esfuerzo porque esta relación funcione. —Muy bien, y ahora cómo justificas el hecho de que no me hayas dicho nada de que tenías un hermano, un hermano gemelo. ¿A ti te parece normal? —Tampoco te dije que no lo tuviera. —Esa justificación es una puta mierda y lo sabes. —dice Samanta y se retira a la ventana de la habitación. —Es verdad, tienes razón. Pero no se te ocurre pensar que si yo no te he dicho algo que es relativamente importante es por algo. Es por algo muy gordo y que no tiene que ver contigo. Exceptuando su presencia sin avisar. ¿En qué te afecta a ti? Samanta calla. Recuerda que Bruno se había librado de todo rastro de su hermano. En medio de su enojo no se había detenido a pensar que algo muy grave debió haber ocurrido. —Dime —insiste Bruno—. ¿En qué te afecta a ti? Podemos seguir perfectamente con nuestras vidas. A lo mejor, no dudes que un buen día mi hermano se vaya de la misma forma que apareció. Piensa lo que quieras, pero no me apetece dar explicaciones ni mucho menos pedir perdón. Tengo un hermano del que no hablo, ni voy a hablar. Es lo que hay. Me voy a dormir. Bruno se quita la camisa y le da la espalda. Samanta lo mira: su novio guapísimo, inteligente y adinerado. El hastió y el aburrimiento que estuvo haciendo sombra en los meses anteriores. Luego recuerda el encontronazo con su hermano gemelo en la isla de la cocina. Pero cuando se percata ya Bruno lleva el pijama de algodón, tan modosito. Trata de ignorar sus recuerdos que vuelven, acechantes. Trata de ignorar la humedad que ya empapa sus bragas. # # # # # —¿Estas evitándome? —pregunta Héctor desde el sofá. Se voltea cuando escucha los pasos de Samanta bajando las escaleras. —Solo me faltaba esconderme en mi propia casa —dice Samanta, pero se arrepiente del tono de las palabras, se arrepiente de todo. Pero en realidad sí que había estado escondiéndose un poco. Aprovechando su horario abierto se había quedado en cama descansando, pero luego vencida por el aburrimiento quiso salir del cuarto y no lo hizo para no encontrárselo. —¡Vaya, tu propia casa! —Ya sé no es mi casa —se acerca Samanta, va hasta el sofá para hablarle de frente—. Lo que quiero decir es que yo también vivo aquí. Bueno, tú vives aquí, pero hasta hace nada yo ni sabía que existías y ahora... No me estoy escondiendo. —Yo pensaba que estabas avergonzada por el incidente en la isla, pero como no dijiste nada. Luego pensé que te había gustado y querías repetir. Después de todo es casi, casi como hacerlo con él. —Yo pensaba que me estaba acostando con mi novio, no que estaba siendo infiel. Ustedes dos son como dos malditas gotas de agua. En cambio tú, en el mejor de los casos te estabas aprovechando de una extraña, en el peor, le estabas metiendo mano a la novia de tu hermano por simple maldad. —Si, hay tanta maldad en mí. —¿Sabes? Que te den por culo. Fue un simple polvo. —Muy simple no fue. Recuerdo que dijiste: “Vaya, hacia rato que no me dabas un revolcón como este” —la imita forzando una vocecita ridícula. —Ahgrrrrrr —grita Samanta con los dientes apretados y se va. # # # # # Samanta baja a la cocina y se encuentra a una chica. La extraña está descalza, solo lleva una camisa blanca que evidentemente era de Héctor. Bebe un vaso de leche. Samanta enternece en sus muslos tonificados. —Hola, soy Margarita. Entonces Samanta tiene se ve obligada a mirarle a la cara. Su rostro le es familiar. —Hola, soy Samanta —dice mientras continúa pensando de dónde la conoce. —Por cierto, disculpa por lo del coche. —Ya. Estaba exprimiéndome el cerebro, intentando recordar dónde te había visto. Eres la loca del bate —dice Samanta sin pensar. Margarita se atraganta con un buche de leche a causa de la risa. —¿La loca del bate? —Disculpa, pero menudo mal rato nos hiciste pasar. —No, si lo de la loca del bate está bien —dice Margarita—. Me lo merezco. —Y lo peor es que hasta hoy aún no le creía que tal vez le estabas reclamando algo, que podías ser una ex. La verdad es que no tenía una sospecha clara, ya que Bruno juraba y perjuraba que no te conocía, pero por mi cabeza ha pasado de todo. Yo no sabía que Bruno tenía un hermano gemelo hasta hace unos días. —Yo sí —dice con naturalidad Margarita. —¿Sabías que tenía un gemelo? —Samanta no da crédito. Acaso Héctor era más sincero en sus relaciones con las locas desquiciadas que Bruno en la suya, la que ella consideraba una relación seria, estable y feliz. —Bueno, te explico: Hace cuatro semanas cuando conocía a Héctor. —¡¿Cuatro semanas?! —El desconcierto de Samanta solo va en aumento —. Perdona, continúa. —Cuando lo conocí, él me mencionó que tenía un hermano gemelo, pero no sabía que eran tan idénticos y además lo mencionó de pasada. No le di importancia. Y luego me trajo a esta casa. —¿Te trajo aquí? —Y no había nadie. —Estábamos de vacaciones para Valencia. —Pues no vi a nadie. Y luego me llevó a pasear en el Land Rover. Samanta abre los ojos desorbitados, pero no quiere interrumpir cada dos por tres. —Y entonces de repente deja de llamarme, de ir a verme, de contestarme el teléfono. Así sin más. Parecía que teníamos química, digo la tenemos, somos una explosión, en serio, y de repente todo se enfrió y me quedé como: ¿what the f**k? Entonces voy caminando y veo el coche. El Land Rover. Yo vivo a dos cuadras de ahí. Y pensé: mira este cabrón, míralo con otra, se va a enterar. Cogí un cabreo, que volvía a mi casa y agarré el bate de mi hermano —mi hermano juega al beisbol todos los fines de semana—, y bueno… pasó lo que pasó. Pero cuando ustedes llegaron y le vi la cara me di cuenta de que no tenía ni pajolera idea de quien era yo y de que me podía buscar un problema, así que me di el piro. De nuevo, lo siento. Cuando vi la cara de pánico de Bruno, supe que lo que me había dicho Héctor era verdad y me había equivocado de hermano. ¿Tú nunca los has confundido? —Yo, yo, yo, no —tartamudea Samanta. —¡Qué tonta soy! Si me dijiste que no sabías que Bruno tenía un hermano gemelo. ¿Pero, qué tiempo llevan ustedes? —Tres años. —¿Y no te dijo que tenía un hermano gemelo? ¡Qué fuerte! —Ya ves. —Los hombres son un caso perdido.
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