Margarita entra bailando un reguetón cubano, escucha la música desde los audífonos. Da par de vueltas en la entrada y avanza. Bruno la ve desde la cocina. Es la primera vez que la ve, solo había escuchado su risa a través de las paredes y sus pasos por el corredor. O muy tarde en la noche o muy temprano en la mañana. Madrugaba más que él y que Samanta. Era como una especie de fantasma que habitaba allí. Margarita hace bailar el cabello n***o y largo por delante de la cara, con un golpe de trasero cierra la puerta.
Entonces ella levanta la cabeza y lo descubre mirándola. Se quita los audífonos y los guarda en el bolso. Avanza directo hacia él. Sospecha que es Bruno, pero tampoco puede estar cien por cien segura. Sospecha que es Bruno por la mirada de sorpresa, pero esa misma mirada le da pie para hacer de las suyas.
—¿Qué cojones fue eso de que cada uno por su lado, Héctor?
—No… —intenta hablar Bruno.
—No me vas a dejar porque no me da mi gana americana —dice ya frente a él manoteándole en la cara—. Bruno la mira con los ojos desorbitados. Sin dudas es él, no sabe reaccionar ante lo impredecible. Le agarra de la cara con las dos manos y le besa, le besa con fuerza jugando con la lengua dentro de la boca de él, buscando ser desagradable—. A Margarita no la deja nadie, nadie. ¿Te queda claro? ¿O busco el bate?
Ella le da unos segundos y luego estalla en carcajadas en su cara. Bruno tarda unos segundos más en reponerse y asumir que estaban jugando con él.
—Disculpa, no pude resistirme —dice Margarita abrazándole como a un colega luego de una novatada. Entonces Bruno suelta una débil sonrisa de alivio—. Parece que esta es nuestra presentación oficial —le da la mano—. Margarita, mucho gusto, alias: la loca del bate.
Bruno ríe.
—Bruno, sin alias, o eso espero. Samanta te contó lo de…, bueno que te bautizamos como “la loca del bate”, que tonto soy, por supuesto, de qué otra forma ibas a saberlo —respira hondo apoyándose de las manos—. Me has puesto nervioso.
—Suelo tener ese efecto en la gente. Sé lo de la loca del bate, Samanta me llamó así sin querer, se le fue, el primer día, bueno el segundo día que me vio. En realidad, fue muy gracioso. Pero ya somos amigas, hasta me llevó a su trabajo.
—¿Te llevó a su trabajo? ¿A la galería?
—No a la Nasa —se burla ella—. Claro que a la galería.
—No, es que no lo sabía.
—Ustedes tienen que trabajar eso de la comunicación de pareja.
—¿Por qué lo dices? —pregunta Bruno poniéndose a la defensiva.
—Pues salta a la vista. Ella no te dice que ya somos amiguísimas, tú no le dices que tienes un hermano gemelo. ¡Qué es muy fuerte eso, eh!
—¡Ah ya, por eso!
—Pues por eso.
—Supongo que tienes razón —dice Bruno bajando la guardia y los hombros.
—Sé que tengo razón. Pero, en fin, disculpa.
—¿Por estropearme el Land Rover o por lo de hoy?
—No sabía que besaba tan mal que tenía que pedir disculpas. Joder, que yo pensaba que lo hacía muy bien —dice Margarita finiendo estar enfadada y golpeando con el puño cerrado la encimera de la cocina.
Bruno vuelve a reír.
—Eres de lo que no hay.
—Espera, ¿qué es eso que veo ahí? —dice señalando a las mejillas de Bruno—. Te has puesto colorado.
—Lo dicho. Eres de lo que no hay, Margarita. Te invito a una copa.
—Bien por ti. ¡Cómo te descargo!
Bruno abre la vitrina de cristal y luego la mira.
—¿Vino o cerveza?
—Algo más fuerte: ron, a lo cubano. Espera que yo traigo una botella.
Margarita sube las escaleras de dos en dos y vuelve con una botella de Habana Club añejo siete años.
—Algo más fuerte —dice ella mostrándole la botella.
—¿Preparamos unos cubatas? —dice Bruno intentando ir a la nevera.
—Si le echas Coca Cola te mato. Al strike.
—Bien —se conforma Bruno y saca dos vasos. Margarita los llena hasta la mitad.
—Eso es un triple por lo menos.
—Un brindis: por la loca del bate y el hombre más sexy del mundo.
—Por la loca del bate —dice él y brindan.
—Vamos, confiésalo: tú y Héctor se han cambiado para acostarse con la novia del otro.
—¿Héctor te ha dicho eso?
—No le estoy preguntando a Héctor, te estoy preguntando a ti. ¿Se han cambiado para acostarse con la novia del otro? —Insiste, y se acerca mirándolo con los ojos desorbitados como si así pudiera evitar que él mintiera. Pero solo logró hacerle reír una vez más.
—No.
—Pendejos…
—¡¿Qué?! ¿Si tú tuvieras una hermana gemela se acostarían con los mismos tipos, se cambiarían los novios?
—Por supuesto —se descalza, da un salto y se sienta sobre la isla. Divertida, mueve los pies en el aire y juega con el ron de su vaso—. Si yo fuera gemela…, lo primero y más importante era que nos turnábamos para ir a la escuela. Una semana cada una, o un mes. Así la otra podía dormir, pasear, vaguear libremente. Después fotocopiamos el título y listo. Lo segundo era cambiarnos el novio. Si mi hermana, claro está, tuviera tan buen gusto como yo, eso sí. ¿Te sirvo más?
—¿Intentas emborracharme?
—Me has pillado.
Héctor entra y unos segundos después lo hace Samanta. Los recién llegados apenas han dado par de pasos en la sala. Todos se miran en silencio hasta que Margarita grita:
—¡Mi amor has llegado!
—Tú amor ha llegado —se acerca y le besa tocándole el trasero.
—¿Qué hacen?
—Estamos limando asperezas —contesta Margarita—. ¿Nos acompañan?
—Gracias. Yo estaré arriba para cuando termines de limar asperezas, o de emborrachar a Bruno, o para cuando se te suba el Habana Club a la cabeza —dijo tocándole la entrepierna.
—Que bien me conoces. ¿Y tú Samanta?
Samanta que hasta ahora quería desaparecer avanza lentamente.
—Yo también me voy arriba, a darme una ducha bien larga que he tenido un día de aquellos —dice y besa a Bruno apenas rozándole los labios.
—¡Vaya par! —se queja Margarita.
—Para la próxima —se justifica Samanta y se dirige a las escaleras. Héctor la sigue. Suben a la vez, lo más separados que pueden, sin mirarse y sin hablar entre ellos. Cada uno va con sus molestias.
Samanta porque no se fía de los borrachos, ni de la espontaneidad de Margarita. ¿Qué sabe ella en realidad? No mucho, pero y si termina diciéndole a Bruno algo como: “Follemos aquí, en la cocina y llámenos a Samanta para que nos mire. No pasa nada, no te preocupes que a ella le gusta”. O también algo como: “Estoy muy caliente y como no tengo paciencia para llegar arriba a done está hasta Héctor, qué tal si te follo a ti mismo. Es más o menos lo mismo”. Eso último serían solo celos.
A Héctor le daba igual que Margarita se emborrachara y que hasta se quejara un poco de él y los dolores de cabeza que él le daba. Le daba igual que Bruno aflojara algún secreto del pasado, confiaba en que sería mínimo. Pero si le molestaba lo relajado que vio a Bruno. Prefería verlo tenso, molesto al borde de explotar. Dejaba ir a Samanta para quedarse charlando con su novia tranquilamente. No eran celos, no iba a empezar a ser celoso ahora y menos de Margarita. Le molestaba, aunque no sabía exactamente por qué.
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Margarita y Bruno vaciaron la botella. Cuando ya no quedaba más, Margarita se acerca a Bruno, se acurruca en su pecho y levanta su cara quedando muy cerca de la de él. Bruno no se atreve a tocarla, aunque quiere. Solo mira lo bella que es. Además, divertida. Héctor no se merecía a una chica así. Ni por un ratico.
—Voy arriba a desfogarme. Tú deberías ir también y echarle un buen palo a Samanta.
—¿Un palo?
—Follar locol, follar. Pero déjame decirte algo.
—Dime algo.
—Yo pensaba que eras un muermo, pero me equivocaba.
—¡Viva, Margarita no me considera un mermo! Gracias Margarita por tanta consideración.
—Cállate ya.
—Ha sido un placer conocerte —dice ella y lo besa. No un beso como el primero intentando ser desagradable, un beso tierno, sueve. Bruno esta vez le responde con otro beso igual de tierno y un poco más apasionado.