Capítulo 8 – La reconciliación

1251 Words
Aún resguardados en el baño Margarita y Vladímir conversan. Ella envía el segundo video a Héctor. —Y listo. Enviado. —Ese teléfono va a explotar —bromea Vladímir. —¿Lo quieres tú también? —No, está bien así. —No sé —Margarita se acerca—, por si algún día me extrañas y quieres recordar —le toca la entrepierna. Vladimir sonríe. —Espero que si algún día tú me extrañas a mi no te pongas a ver el video, mejor mándame un wasap. Ella también sonríe y de pronto se pone seria. —Discúlpame por aprovecharme un poco. —A sido un verdadero placer. Aquí estoy para cuando quieras. Para una venganza, para una sola noche, para un trío o una orgía. Para lo que gustes Margarita. Ya sin cachondeo: no quiero darte un sermón, pero creo que necesitas a alguien que sepa valorarte sin necesidad de… —Volvamos que te estás perdiendo tu exposición. A sido un placer conocerte. —Lo mismo digo. # # # # # Margarita se encoje de hombros como una niña tímida que acaba de realizar una travesura muy grande. Samanta ha a aguardado impaciente desde que los vio entrar a los lavabos. —Chica mala —dice Samanta con una sonrisa de complicidad—. Tienes que contármelo todo. —Para qué contártelo si puedo mostrártelo. Lo tengo todo grabado —mueve el móvil un instante—. Pero después. —Vaya, eso sí no me lo esperaba. —Pero bueno, un anticipo. ¿Qué tal fue? —Pues, muy, muy, muy bueno. Créeme lo que te digo. —No si te creo. Que fama tiene. —Estoy tan relajada. —¿Nada como un buen polvo? —Exacto. El teléfono de Margarita se enciende y vibra. Ella lo mira para cerciorarse de que es lo que imagina. —¿No vas a contestar? —No, que se aguante. Es Héctor que le envié el video y ahora se está subiendo por las paredes. —¿Le enviaste el video a Héctor? —pregunta desconcertada Samanta. —Pues claro. —Pero, por qué…—Samanta se fuerza a relajar el rostro—. Pensé que te gustaba Vladimir y que… —Sé disfrutar un buen palo, perdón un buen polvo cuando lo hecho. Sé reconocer que Vladímir está buenísimo. Puede que yo sea una loca y un poco puta, no lo niego, pero cando me enamoro voy a muerte. Y estoy enamorada de Héctor, ese es el papi que me rompe el coco —se señala la sien—. Solo quería darle celos y adivina por donde —le muestra el móvil—. Veintitrés llamadas perdidas y no sé cuántos mensajes. ¿A qué ahora no le gustan tanto las relaciones abiertas? —Seguro funciona —Samanta fuerza una sonrisa. —¿Quieres que te espere para tomarnos algo en otro lugar? Ya sé que aquí hay casi de todo, pero al final estás trabajando y no quiero molestar más de lo necesario. —No es ninguna molestia. Pero estoy más cansada de lo que esperaba, supongo que es la acumulación del cansancio de la semana. Dejamos la copa para otro día. Tú también estarás cansada. Vaya nochecita que llevas. —Nos vemos luego —Margarita se despide con dos besos—. Gracias por todo. Ha sido una noche muy buena. # # # # # Llegando a casa Margarita ve el Land Rover, sabe que es Héctor incluso antes de que él la descubra y salga fuera del coche. Ella continúa su camino, finiendo que no lo ha visto. Con tres pasos ágiles él la agarra del brazo y la zarandea. —¿Qué cojones, Margarita? —¡Qué susto, no te había visto! Pero mira lo que trajo el gato. —Pero, ¿qué cojones, Margarita? —¿Qué te pasa Héctor? Te veo muy…atacado. Perdona, ya sabes que se me sale el cubaneo. —No juegues conmigo, Margarita. No juegues conmigo. —Ni tu conmigo Héctor. No me dijiste que era una relación abierta. Pues decidí abrir las piernas. —¿Y tenías que mandarme el videíto? —Bueno, no eso no. Es que se me ocurrió que tal vez así podías aprender algo. —Margarita… —Héctor la acerca a su cuerpo clavándole la mirada—…, Margarita. —Así me llamo. ¿Me sueltas el brazo, por favor? Héctor respira su olor, la mezcla de perfume y sexo que emana de ella. Le gusta porque le enciende la sangre de ira y pasión. —Móntate que nos vamos. —¿A dónde? —A casa. # # # # # Samanta llega a casa cansada, la exposición había demorado más de lo previste. Siempre habían invitados que se negaban a irse a desprenderse de la botella como si aquello fuera un bar. Y ella estaba preocupada. Quería saber el desenlace de la historia. Héctor estaba llamando a Margarita y por lo satisfecha que estaba ella parecía que estaba dolido, pero estar dolido no significaba que volverían. Claro que no, como ban a volver después de semejante espectáculo. Claro que no. Con la confianza renovada subió las escaleras, pero la confianza se le hizo trizas como el jarrón que Margarita había empotrado contra el suelo. Y es que desde allí se escuchaban los gritos de placer de Margarita. Sin dudas era ella. Contra todo pronóstico se habían reconciliado. ¿Cómo era aquello posible? Sintió rabia de pronto. Rabia contra Héctor por perdonarla. Rabia contra Margarita por ser jodidamente irresistible. Rabia contra Bruno por permitir que la relación se enfriara. Rabia contra ella por estar tan cachonda por el hermano equivocado. Sintió que necesitaba canalizar esa rabia, esa impotencia. Al entrar al cuarto, Bruno le mira. —¿Estás despierto? —pregunta ella. —Si, quería espérate despierto. Y bueno con esa música de al lado se me hace difícil dormirme. Llevan así tremendo rato. ¿Qué tal la exposición? —Muy buena para mi, aburrida para ti. —Mira que subo el volumen y de todas formas se cuela. Samanta deja caer los tirantes del vestido n***o. Se levanta la falda y camina de rodillas por encima de Bruno. Se sienta a horcajadas sobre él. —Con tantos brindis creo que yo sola me he tomado una botella de champán. Al menos estoy cerca. Fóllame con ropa. Empótrame contra la pared —dice mirando la pared del respaldo de la cama, la misma que separa ambos cuartos. —¿Desde cuándo la bebida te da por follar? Mas bien te quedas dormida. —¿Desde cuándo tu novia te pide que te la folles le haces un cuestionario en lugar de metérsela por el culo? —¿Y a ti que mosca te ha picado? —¿Y a ti? ¿No se te para? —No, solo no estoy interesado en esta competencia de orgasmos y gemidos escandalosos. —Yo no quiero ninguna competencia, solo quiero follar. —Y yo quiero que te acuestes a dormir que no te asienta la bebida. A ver si mañana vuelves a hablar normal. —Estoy hablando normal. —Nunca dices follar y mucho menos que te la meta por el culo. Evitas ponerle nombre. Sabes cómo pedirlo sin tener que decir “follar”, ni nada por el estilo. Tú no hablas como una camionera. Enojada Samanta se baja de encima de él. Agarra su ropa de dormir y se encierra en el baño.
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