Cuando llegué al hospital, fui directo a la sala de espera y allí la vi. Estaba recostada de una pared, con los ojos cerrados, y su cuerpo era cubierto por uno de esos cortos pijamas que ella suele usar. Sentí una mano en mi hombro y vi a mi suegro. —¿Le han dicho algo? —pregunté. Él solo negó con la cabeza, porque no podía hablar sin quebrarse. Le di un abrazo y lo dejé para ir con Kari. Me quedé frente a ella hasta que sintió mi presencia y abrió los ojos, los cuales mostraron sorpresa y unos segundos después se llenaron de lágrimas, así que la abracé sin emitir palabras, y ella se aferró a mi cuerpo como si su vida dependiera de ello y lloró. Verla así me partió el alma, pero tenerla en mis brazos hizo que me sintiera en casa. Entonces confirmé que para mí nada había cambiado. —Shhh

