El disparo
Una ambulancia, por favor… Vera se está desangrando.
La escena me descolocó mucho más de lo que yo hubiera imaginado. Mi mente se quedó en blanco. No hallaba qué hacer. Mis manos temblaban mientras intentaba tapar la herida, presionando con fuerza, como si eso pudiera detener lo inevitable, pero era imposible. La sangre no salía solo de un lugar, parecía brotar de todas las partes de su cuerpo, empapando el suelo, mis manos, mi ropa.
Todo sucedía demasiado rápido y, al mismo tiempo, sentía que el tiempo se había detenido solo para torturarme.
Mi hijo estaba perdido. No reaccionaba. Sus ojos estaban abiertos, pero vacíos, como si no pudiera comprender lo que estaba ocurriendo frente a él. Yo tampoco quería aceptarlo, pero alguien tenía que hacerlo. Así que me tocó subir a la tarima, colocarme a su altura y tomar el pulso de Vera. Sus dedos aún estaban tibios; sin embargo, no había latido. Cerré sus ojos con cuidado, con una lentitud que dolía, y confirmé lo que más temía.
Ya no había nada que hacer.
—No… no, padre, debe haber algo que hacer —gritó Maxim con la voz rota, desesperada—. ¡No puede ser!
Lo miré con el corazón hecho pedazos.
—Maxim… está muerta.
El silencio cayó como una losa pesada. Nadie más corrió, gritó o intentó esconderse. En ese instante todos comprendieron algo terrible: el objetivo nunca fue la fiesta, ni la multitud. El objetivo había sido solamente ella.
Algunos invitados quisieron quedarse, apoyar a la familia, acompañar el dolor, pero el equipo de seguridad no lo permitió. Con firmeza, aunque también con respeto, les pidieron que se retiraran. Necesitaban despejar el lugar para que la familia pudiera vivir su duelo en paz, lejos de miradas curiosas y murmullos innecesarios.
Los gritos y los lamentos de la familia de Vera no se hicieron esperar. Cuando el disparo sonó, todos se habían escondido debajo de las mesas, paralizados por el miedo. Por esa razón, no supieron de inmediato que era su hija la que había muerto. Solo cuando todo se calmó, cuando el eco del disparo se apagó, el grito desgarrador de Maxim los estremeció y les anunció la verdad.
Sus padres subieron a la tarima corriendo. La encontraron en el piso, sin vida, mientras él aún sostenía su cabeza entre sus manos, como si se negara a soltarla.
—No… no… hija, no… —repitió su madre, cayendo de rodillas.
Esos gritos atravesaron a Maxim como cuchillas. Con cuidado, con una delicadeza que contrastaba con el caos de su interior, la soltó y se alejó unos pasos para darles privacidad. No podía soportar ver ese dolor, porque era el reflejo del suyo.
Se dirigió a la barra, tomó una botella de whisky y la llevó directo a su boca. Bebió sin medir, sin respirar, como si el alcohol pudiera apagar lo que sentía. Luego observó a su alrededor. Ya no había invitados ni curiosos. Solo su equipo de seguridad y ambas familias permanecían allí, atrapadas en una escena que nadie olvidaría jamás.
¿Qué había pasado aquí?
Esa pregunta no dejaba de rondar su mente.
—Jefe —dijo uno de sus hombres, acercándose con cautela—, disculpe que lo interrumpa… ¿Qué hacemos con la señorita?
—Busquen un maldito médico —respondió con frialdad—. Que se encargue de preparar el cuerpo mientras yo afino los detalles de su velorio.
Actuó en piloto automático. No pensó, no sintió, solo hizo. Comenzó a hacer llamadas, reservó la sala velatoria, coordinó todo lo necesario. Cada palabra que decía sonaba lejana, ajena, como si no fuera él quien hablaba.
Una hora después observaba cómo el cuerpo de Vera era colocado en un ataúd. Ya no había nada más que hacer en ese lugar. Así que subió a su camioneta y se dirigió a su casa.
Al llegar, lo recibió la soledad. Una maldita soledad que ya no le agradaba. Una con la que había jurado acabar ese año. Ese pensamiento lo llenó de furia. Comenzó a destrozar todo a su paso. No hubo nada en la casa que se salvara de su ira desbordada.
Juró que no iba a llorar, pero no pudo cumplirlo. Cuando ya no quedó nada más por romper, se dejó caer contra una pared y resbaló hasta el piso. Allí estalló en llanto. Maldijo la hora en que realizó la fiesta, la hora en que la conoció y, en realidad… lo maldijo todo.
Quiso encerrarse, no saber de nadie, desaparecer. Pero no pudo. Sin importar cuán destrozado estuviera, no podía demostrarlo. Había responsabilidades que cumplir. Había que darle un entierro digno a Vera.
Como pudo, se levantó y fue a darse una ducha. Ya estaba por amanecer, así que no tenía sentido acostarse a descansar. El agua fría cayó por su cuerpo, tensando cada rincón. Allí, en ese pequeño espacio, se permitió gritar.
—¡No… no! ¡Maldita sea! —golpeó la pared—. ¡Te voy a vengar, te lo juro!
Golpeó una y otra vez hasta que entendió que nada de lo que hiciera encerrado en ese maldito lugar solucionaría nada.
Se envolvió en una toalla y fue a su clóset. Tomó un traje n***o y se lo colocó mientras pensaba en todo y en nada al mismo tiempo. El sonido de su celular lo sacó de su ensoñación.
—Hijo, debes presentarte en la funeraria. El cuerpo de Vera está listo.
—Está bien, papá. Ya salgo para allá.
Con un nudo en la garganta y el corazón destrozado, subió al auto, seguido de un amplio grupo de escoltas. No podía dejar de pensar en qué había podido hacer diferente para evitarlo. Y la respuesta era clara: nada. No había nada que alguien pudiera hacer para evitar que la mataran.
El camino se le hizo corto. No deseaba salir del auto, pero el compromiso no era solo con el cuerpo, sino con la familia… y más aún con los mafiosos. Se colocó las gafas y bajó. Aún no había llegado nadie, y eso le causó alivio.
Hasta que entró.
Allí estaba el maldito ataúd de madera.
Un escalofrío recorrió cada fibra de su ser, recordándole que, aunque lo negara, aún era humano. No avanzó de inmediato. Lo estudió, como si dentro hubiera una bomba a punto de estallar. Así era exactamente como se sentía.
Se quitó los lentes, pasó las manos por su rostro y caminó. Uno… dos… tres pasos fueron suficientes. Vio su cuerpo inerte dentro de esa caja. Verla allí, tan linda, casi sonriente, lo golpeó con fuerza.
Se acercó y pasó sus dedos por su rostro.
—Hola, hermosa…
Su piel estaba fría y tiesa, como si en vez de horas llevara meses muerta. Entonces lo comprendió. Se había ido de verdad. Se permitió derramar un par de lágrimas.
—Perdona mi estupidez… nunca debí ponerte en esta situación —susurró—. Descansa en paz, Vera.
Sus dedos recorrieron su pecho, ya cubierto por el vestido rojo que llevaba puesto. Se detuvo en su dedo, donde aún estaba el anillo que hacía poco le había dado. Lo observó como si ese objeto tuviera todas las respuestas, como si pudiera hacer real algo que su mente se negaba a aceptar.
Tal vez era una fantasía. Tal vez un sueño del que despertaría.
Pero no fue así.
Lo comprobó cuando llegaron los padres de ella y, destrozados, se acercaron a abrazar a su hija. Allí comprendió que ese día le habían arrebatado todo.