Velorio

1039 Words
Ver a las personas llorar y suplicar era algo que nunca había soportado. Así que me salí del lugar y me quedé en la puerta para comenzar a saludar a cada persona que llegaba. Aunque sabía que todo ese teatro estaba de más, ya que muchos estaban felices por lo que me había pasado, debía hacerlo por cortesía. A veces me pregunto quién inventó esa mierda de la cortesía y pienso que en mi mundo perfecto todo se arreglaría con sangre. Cada momento que pasaba sentía que me asfixiaba el tener que ver cada maldito ramo de flores que llegaba en honor a ella; no mejoraba la situación. Eso me hacía preguntarme por qué mierda estaba allí, pero la mirada de mi padre no me dejaba irme. Y las cosas no mejoraron, porque llegaron amigos y otros familiares de ella, unos que no sabía que existían. Así se extendió el evento y no supe en qué momento a la madre de Vera se le ocurrió que era buena idea invitarme a hablar. Lo único que recuerdo es que la Observé, transmitiéndole las profundas ganas que tenía de desgarrarle el cuello en ese momento. Algo que pareció entender, ya que se disculpó con los presentes alegando que me encontraba muy perturbado por los sucesos y le cedió mi turno a otra persona que se moría por hablar estupideces sobre lo buena persona que era Vera. Eso casi me saca una profunda carcajada. “Buena persona”.” Como si ese título sirviera de algo cuando te meten una bala en el cerebro. Las horas transcurrieron bastante tortuosas para mí, que no hacía más que observar el reloj. No sé a quién se le ocurrió que tenía que velarla hasta las cinco de la tarde. Pero no pude más. A las tres les dije que procedieran. Toda su familia estaba estupefacta y hasta quisieron tratar de intervenir, así que tuve que ser más directo. He dicho que la vamos a enterrar ahora. El que no esté de acuerdo con mi decisión, que se pare ante mi. Todo quedó en silencio, ya que nadie se atrevería jamás a enfrentarse a mi. Una a una fueron saliendo las personas. Me acerqué a Vera, deslicé mis dedos por sus labios y pensé que era un desperdicio que se los llevara a la tumba, puesto que eran un buen atributo. Ese pensamiento retorcido me hizo esbozar una leve sonrisa. Fue un placer haber compartido contigo, hermosa. Nos vemos en el infierno. Esas palabras fueron una sentencia. Tomé la tapa del ataúd y la cerré. Luego me quedé allí observando cómo su cuerpo era trasladado. Cuando llegaron al lugar, ya los esperaba el cura, algo a lo que yo no le veía sentido. ¿Cómo dos o tres palabras dichas por un hombre podían liberar tu alma y perdonar tus pecados? Estaba seguro de que alguien inventó esa estupidez para alargar esos momentos. Si tan solo ese cura supiera cuántas personas había enterrado yo “para liberar sus pecados”. No me quedó más que resignarme a escuchar esa sarta de estupideces, lo cual se hizo eterno. Hasta que por fin el ataúd descendió hasta su lugar final, ese hueco al que un día iremos todos. Gracias a Dios, ese fue el momento en que todos mis enemigos decidieron retirarse y darme un respiro, o eso pensé. —Cuando el ataúd de mi hija fue sepultado, sentí ira y dolor, así que me acerqué a Ivanov. ¡Quiero que esto sea vengado de la peor manera posible, ya que no soportaré que sigas de brazos cruzados! —Solo eso bastó para detonar toda la furia que tenía contenida. ¿Quién mierda se creía este señor para darme órdenes a mí? Lo tomé del cuello y lo alcé en el aire. Hasta hace un momento lo respetaba o, mejor dicho, le tenía lástima, pero me equivoqué. A mí nadie me dice lo que debo o no hacer. Así que voy a dejarle claras las cosas: 1— Que usted sea el padre de Vera no significa que pueda pasar los límites. 2— Evite respirar el mismo aire que yo. Si quiere mantenerse con vida. 3—Yo, y solo yo, decido si vale la pena tomar venganza o no. 4—Espero que hagan su vida muy lejos de mí. No traten de contarme ni de buscarme, Porque lo lamentarán. Lo solté bruscamente, haciendo que cayera al suelo. Largo de aquí. La madre de Vera levantó a su esposo del piso y lo ayudó a caminar para salir del lugar; solo en ese momento pude volver a respirar. Entonces decidí que seguir aquí no tenía sentido, así que les hice una seña a mi equipo con la cabeza para partir del lugar, dejando así cerrado este capítulo de mi vida. En el camino les pedí a los chicos que se desviaran a una de mis propiedades, la que tenía un campo de tiro. Cuando llegué, me quité el saco, arremangué la camisa, tomé un arma y la comencé a descargar justo en el corazón de cada uno de los maniquíes, imaginando que así sería como mataría a mis enemigos. Había llegado la hora de ponerme a trabajar, así que dejé eso y me dirigí al galpón, donde lo primero que hice fue revisar planos para preparar mi estrategia. Aunque tenía en mente una y mil maneras para vengarme, nada parecía complacerme. Asesinar era algo de siempre, algo para lo que todos nosotros estábamos preparados, pero ¿qué tal si el golpe fuera otro? Uno más fuerte, más contundente, uno que no esperaran, pero que los desestabilizara incluso más que antes. Más que cuando se revolcaban en el piso llorando a un ser querido. Uno permanente, uno que los hiciera vivir en la miseria. ¿Qué tal si imponía respeto de una vez por todas? Pensando en eso, me retiré a mi casa. Eran las dos de la mañana y aún no había encontrado la forma de hacerlos pagar como realmente merecían, pero sabía que no estaba lejos. Ya había decidido que sería de forma definitiva. El problema era cómo ejecutarlo. Al entrar a mi habitación, me desvestí. Contrario a lo que pensé, me dormí.
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