Era obvio que la familia del idiota de mi ex no se quedaría tranquila hasta que no me molestaran. Los vi acercarse desde el otro lado del salón. La música seguía sonando, pero varias conversaciones comenzaron a apagarse poco a poco. En un lugar como ese, todos sabían reconocer cuándo estaba a punto de estallar un problema. Dejé de sonreír. Coloqué con calma la copa que tenía en la mesa y me giré hacia ellos, como si estuviera esperando su llegada. —Me imagino que vienen a felicitarme. La mujer me miró con odio, los labios tensos y los ojos brillando de rabia. —¿A felicitarte? Déjame pensar por cuál empezar. ¿Tengo que felicitarte por ser una maldita o por ser una perra? Algunas personas alrededor fingieron seguir conversando, pero todos estaban escuchando. Sonreí. —La verdad es qu

