Cuando subí, recosté mi cabeza en el asiento y cerré fuertemente los ojos, pero no lo soporté y lloré. No podía más, quería ser fuerte, enfrentar a Pavel, reclamar mi lugar, pero no podía. Es más, tampoco me sentía con derecho de desplazarlo a él, que había estado toda la vida con Ivanov. Yo solo quería llorar la muerte de mi esposo, quería estar a solas con su cuerpo y dejarme morir a su lado. —Aleksandra, ¿qué tienes?, tú no eres así, ni siquiera por la muerte de tu hermano reaccionaste similar. ¿Dónde quedó la gran Aleksandra Koslov? Me harté de que él me reprochara. —Esa maldita Aleksandra murió el día en que me convertí en una Ivanov. Entiende de una maldita vez que quien se murió era mi esposo, el hombre con el que compartía mi vida, con el que despertaba cada mañana. Déjame en

