ARIANA No estoy preparada para ver a Adrián cuando entra en la oficina. Me lanza una mirada y camina hacia su escritorio. Está agitado por algo, eso es evidente. ¿Por qué? Mi corazón golpea contra mi caja torácica. ¿Hice algo mal? ¿Ya se cansó de mí? ¿O tal vez tuvieron una pelea de amantes? Mi cabeza duele de tanto adivinar y de todos los escenarios horribles que mi cerebro está imaginando. Voy a la puerta de la oficina y la cierro silenciosamente. No quiero que escuchen esta conversación. —Oye —digo, con una voz más frágil de lo que pretendía. —Oye —responde. Está revolviendo papeles en su escritorio, una señal segura de que algo anda mal. Es uno de sus gestos característicos: lo hace cuando necesita ocupar sus manos porque su cerebro va a mil por hora. —Eh… —Cruzo los brazos so

