La lluvia no cesaba.
Caía sin tregua sobre los tejados grises, sobre las hojas marchitas, sobre la ciudad que parecía contener el aliento.
Luna observaba desde su rincón preferido —el alféizar junto a la ventana del cuarto— con una manta vieja cubriéndole los hombros y una taza de café que hacía tiempo se había enfriado en sus manos.
No lloraba, ya no podía. Sentía que las lágrimas se le habían secado hace semanas, como si su cuerpo hubiera aprendido a callar incluso en eso.
Algo dentro de ella había cambiado y lo peor de todo era que no sabía cuándo, ni cómo.
Matías solía ser diferente o eso quería creer. Recordaba sus primeras salidas como escenas de una película romántica: los paseos por el parque, las risas compartidas en la madrugada, el modo en que él la miraba como si nada más en el mundo importara.
“Me haces bien, Luna”, le decía y ella, con el corazón lleno de ilusiones, le creía.
Pero esa versión dulce de Matías se había ido desdibujando como una acuarela bajo la lluvia.
Primero vinieron los silencios incómodos, junto a las miradas duras cuando hablaba con alguien más, después, las preguntas disfrazadas de cariño: “¿No crees que ese chico te mira demasiado?”, “¿Por qué le mandas mensajes a esta hora?”.
Luna al principio se reía, restaba importancia, trataba de convencerlo —y convencerse— de que todo estaba bien, pero en realidad, no lo estaba.
Los días se volvieron grises, las conversaciones tensas y cada vez que Luna intentaba marcar un límite, Matías respondía con una mezcla de disculpas y manipulación que la dejaban aún más confundida.
Hasta que llegó ese día.
Lo recordaba con una claridad brutal.
Había salido de la facultad y se encontró con Tomás, un viejo amigo de la secundaria, justo en la puerta.
Charlaban sobre profesores, anécdotas del colegio, nada fuera de lo común, pero Matías apareció de la nada, como si hubiera estado observando desde la sombra.
Su expresión era una máscara de furia contenida.
No dijo nada en ese momento. Solo la tomó del brazo con fuerza y se la llevó, fingiendo una sonrisa frente a Tomás.
La discusión empezó en el auto: Gritos, reproches y acusaciones infundadas.
Luna intentó defenderse, explicar que no había hecho nada malo. pero la voz de Matías subía y subía, hasta que explotó.
El golpe llegó sin aviso.
La mejilla le ardió como fuego y el silencio posterior fue más ruidoso que cualquier grito.
Luna se quedó paralizada. No por el dolor, sino por el miedo, por la sensación de que esa persona que tenía frente a ella ya no era el mismo y después vino lo peor. Algo, que Luna ni siquiera podía poner en palabras.
Un abuso silencioso y cruel, una invasión forzada a su cuerpo y su alma.
Ella no quería. Él no escuchó y continuó sin piedad, sin importarle nada 😞
Desde ese día, algo se rompió definitivamente dentro de ella.
Se volvió una sombra. Iba a clases con la mirada baja, evitaba a sus amigos, se alejaba incluso de Valeria, su mejor amiga desde la infancia.
Valeria lo notó enseguida. Le escribía todos los días, le insistía para verse, para hablar. Pero Luna siempre encontraba una excusa, una razón para no enfrentar la verdad.
Hasta que un día, simplemente desapareció.
Hizo las maletas sin mirar atrás. No dejó notas, ni explicaciones.
Se fue a otra ciudad, alquiló una pequeña habitación en una pensión humilde y cambió de número.
Necesitaba respirar, empezar de nuevo aunque no supiera cómo.
Al principio, pensó que el silencio la iba a proteger. pero con el paso de los días, entendió que el dolor no se quedaba atrás solo por cambiar de lugar.
Estaba en su piel, en sus pensamientos, en cada reflejo que le devolvía el espejo
y sin embargo, algo la mantenía a flote: Valeria.
A pesar de todo, a pesar de no entender lo que había ocurrido, Valeria nunca dejó de buscarla, cuando al fin Luna volvió a conectarse, semanas después.
Encontró decenas de mensajes suyos: Algunos llenos de enojos, otros de preocupados, pero todos llenos de amor.
“Donde sea que estés, sabés que te voy a esperar.”
“Lo que sea que te haya pasado, no estás sola.”
“Perdóname si no supe verlo antes.”
Esas palabras fueron un bálsamo y lentamente, Luna comenzó a responder... No todo. No lo que realmente la había roto.pero lo suficiente, como para sentir que no estaba completamente sola en el mundo.
Valeria ya se había mudado a Barcelona para entonces.
Siempre había soñado con vivir allá, con estudiar arte, con llenar su vida de color.
Luna se alegró por ella, aunque le dolía no tenerla cerca.
Se escribían cada semana, incluso en ocasiones hablaban por video llamada, aunque Luna evitaba que se le viera el rostro completo.
Las marcas ya no estaban, pero el dolor seguía ahí, latiendo.
Hablar con Valeria era como volver a casa, aunque fuera por un ratito.
y por primera vez en mucho tiempo, Luna empezó a pensar en sanar.
No sabía cómo ni sabía si alguna vez podría perdonarse por haber callado, por haberse dejado destruir. pero sí comprendía una cosa: no podía seguir cargando todo sola.
Una noche, mientras la lluvia seguía cayendo, tomó su cuaderno y empezó a escribir.
No era un diario, no era una carta. Solo eran palabras, palabras rotas, sueltas, desordenadas. pero suyas...Por fin suyas.
Y aunque todavía no tenía el valor de contarlo todo, sabía que algún día lo haría que Valeria merecía saber la verdad, que ella misma merecía contarla.
Porque el silencio que la había envuelto durante tanto tiempo estaba empezando a resquebrajarse como el cielo después de la tormenta.